Espido Freire - La Flor Del Norte

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Novela histórica que nos descubre la desgarradora vida de Kristina Haakonardóttir, la joven princesa de Noruega convertida a la fuerza en infanta de Castilla al desposarse con don Felipe, hermano de Alfoso X El Sabio. Kristina partirá desde sus frías tierras del norte en un viaje hacia Castilla para acabar, fi nalmente, en una Sevilla que comienza a florecer y que le sorprende con costumbres, colores y sensaciones nuevas para ella. Pero todos sus descubrimientos estarán impregnados de sufrimiento y agonía por un destino inevitable a la que su misteriosa enfermedad la conduce. La pobre Kristina morirá traicionada y repudiada lejos de su hogar, entre un pueblo que siempre la vio como la Extranjera. «Me llamo Kristin Haakonardóttir, hija y nieta de reyes, princesa de Noruega, infanta de Castilla. Me llamaban La flor del norte, El regalo dorado, La extranjera, y, en los últimos meses, La pobre doña Cristina»

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De la hija del rey de Suecia sólo tuvo esa hembra, llamada Kristin, como yo, al parecer tan retorcida y cruel como su madre.

Mi abuelo Haakon III se encontró de la noche a la mañana en una corte hastiada de guerras, pero siempre dispuesta para una más, con la obligación de unificar el país, pero con unos lendmenn y unos jarls sin la menor intención de avenirse, con una madrastra odiosa y con el consejo de su padre, muerto en pecado, de que lograra el apoyo de la Iglesia.

– Durará dos días y regresará llorando con su mamá -era el pensamiento general-. Es demasiado joven, carece de experiencia, sólo ha visto del mundo lo que se ha encontrado en este palacio.

Era cierto; pero, precisamente, el mejor lugar para aprender de política era aquel palacio, y había contado con los mejores maestros.

El niño al que Margrat maltrataba había aprendido que para sobrevivir más le valía abrir mucho los ojos y mantener la boca cerrada. A diferencia de su padre, tan dotado para el lenguaje, él era más bien callado, incluso algo tosco. Poseía un sólido sentido común y gran habilidad para el pacto, porque carecía de orgullo y no le importaba ceder.

Metódico y riguroso como era, se aplicó en sanar todas las heridas abiertas en los años anteriores. Alejó a su madre, Astrid, de las intrigas palaciegas, y la mandó de nuevo a las islas Feroe, con una sustanciosa cantidad de regalos para el convento en el que se había criado su padre, y que se encontraba casi derruido y abandonado.

El resultado fue tan satisfactorio que Haakon descubrió que si a la guerra se iba por honor, o por codicia, a la paz se iba a través del dinero. Con su actitud calmosa y varios presentes entregados en los momentos oportunos, se atrajo la simpatía de los obispos, que ya nunca flaquearían en su apoyo.

Se sentía muy solo. Su padre había contado con un buen consejero, el tío obispo. Su abuelo, el rey Sigurd, se había acompañado de toda una horda de juristas, barones y militares. Él pasaba de puntillas por aquel palacio, al que había llegado cuando ya sabía que no pertenecía a ese mundo, y se maravillaba de que tanto trabajo, y tan pesado, recayera sobre sus jóvenes espaldas.

– Quizás no sea tan mal rey, si se le da tiempo -comenzaban a decir los lendmenn, que encontraban, por fin, un poco de equilibrio en un tiempo destartalado, en el que se habían olvidado los ritos, las fiestas, los modales.

– Hemos de reconciliarnos con los bagler -anunció un día, y el silencio mortal que siguió a esta frase reveló la profundidad del rencor entre las dos facciones.

Los nobles y los plebeyos enriquecidos que formaban parte de la corte itinerante y empobrecida de Haakon III se consideraban birkebeiner hasta la médula, incluso los que de manera muy reciente habían abrazado esa facción. Más organizados, con mejor formación estratégica y militar, debían al rey Sverre una estructura similar a la de un ejército, pero con la capacidad de maniobra que necesitaba un país como Noruega y un grupo armado que había integrado a docenas de mercenarios en sus filas.

Los bagler, «los que caminan con bastones», se encontraban tan agotados como los birkebeiner, y mucho más diezmados. Si había algún momento propicio para finalizar la guerra, era ése. Felipe Simonsson, el caudillo, era no sólo sobrino del anterior rey bagler, sino también del obispo de Oslo, el mismo que había coronado al rey Sverre.

– Matemos, pues -dijo el abuelo-, dos pájaros de un tiro.

Unos meses más tarde, gracias a la intensa labor de diplomacia que el abuelo había desplegado, los obispos regresaban del exilio. Haakon III gozaba, oficialmente, del favor de la Iglesia, y el obispo de Oslo le miraba con ojos de adoración, como una enamorada. Devolvió los bienes que su padre se había anexionado, les dio libertad respecto al rito que deseaban seguir, y puede decirse sin ánimo de mentir que no hubo un rey más querido, más mimado y aclamado por los sacerdotes que el hijo de aquel impío Sverre.

Con el regreso de los obispos, la reconciliación con los bagler era cosa hecha.

– Salvo que… salvo que… -dijo el obispo de Oslo, con los ojos entrecerrados- deberíais entregar una muestra de alianza, de buena voluntad, para que los de una y otra facción se sientan hermanos.

Se encontraban en la cena mensual que habían convertido en costumbre; era viernes y observaban la vigilia con un potaje de col, aunque algunos de los caballeros removían su plato con la cuchara, y aguardaban con paciencia el final del encuentro, confiando en que las cocinas albergarían algo más sabroso.

– Que vos debéis aspirar a un enlace más alto se da por descontado -continuó el obispo, y el rey Haakon recordó por un instante la manera en la que su madrastra le mostraba un confite y luego se lo arrebataba-, y ellos, además, no pueden ofrecer una doncella bagler en edad adecuada. Muchas son niñas aún. Pero vuestra hermana Kristin aún está soltera.

– No veo con malos ojos casarla con vuestro sobrino Felipe -dijo mi abuelo-. Son de edad afín y de rango semejante.

Ambos continuaron sentados a la mesa, cada cual perdido en sus ambiciones y esperanzas, mientras los lendmenn se escabullían, hambrientos o aburridos, porque eran hombres de acción y las urdimbres propias de las bodas y los pactos no les interesaban.

Para eso hemos servido siempre las mujeres, para acercar las mesas y los lechos y que haya acuerdos entre quienes ni han comido ni han dormido juntos. Por eso me han educado en no sentir más repugnancia por los enemigos que por aquellos que han errado y han salido de su equivocación. Nunca se sabe en qué manera un enemigo puede volverse un aliado, y por lo tanto un marido, un cuñado, un yerno. Ni tampoco cuándo el pacto de alianza será roto y no habrá ya más familia que la del marido, porque la guerra habrá estallado de nuevo. La historia de mi familia abunda en casos de princesas que han sido entregadas a facciones rebeldes y, aun así, han sabido ser respetadas.

Aquella Kristin, en cambio, no deseaba ese destino.

– ¿Qué? -vociferó su madre, indignada, y sus gritos se escucharon por todo el palacio-. ¿Vas a entregar a mi hija a un bagler piojoso, para que en cuanto se alcen de nuevo en rebeldía la maltrate y la humille, y yo no pueda verla jamás? ¡Antes pasarás por encima de mi cadáver!

– Así se hará si es necesario -repuso el abuelo, con indiferencia.

– ¡Kristin es nieta del rey de Suecia!

– Ahora mismo, le resulta más conveniente ser la hermana del de Noruega. Su abuelo no puso tantos inconvenientes a que su hija se casara con un birkebeiner.

– Yo sabía ya entonces que me convertiría en reina. Si mi hija se casa con Felipe Simonsson, ¿qué será de ella? ¿Cómo continuará su linaje?

– Con honor, como lo ha hecho el de los bagler -resopló Haakon, que ya comenzaba a hartarse-. Madre Margrat, Kristin no podría hacer mejor boda sin abandonar el país ni aunque lo deseáramos. Nombraré a Felipe corregente. Será, por debajo de ti y hasta que me case, la mujer de más rango de Noruega, y si muero sin herederos varones, sus hijos subirán al trono. ¿Qué más puedo ofrecerle?

Kristin lloraba desconsolada, entre hipidos estremecedores. Su horror a la idea de casarse con Felipe Simonsson no se comprendía, salvo que su madre le hubiera calentado la cabeza con ideas grandiosas para su futuro.

– No permitiré esa boda -anunció, finalmente, la reina Margrat.

El abuelo Haakon suspiró.

– Intentad ser razonables. Kristin sería venerada como una santa por haber puesto fin a esta rivalidad de años. A ella le cabría el orgullo de iniciar un apellido y una familia nueva. Necesitamos sellar de alguna manera el acuerdo, y ellos insisten en esta boda. Nos conviene a todos.

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