En un abrir y cerrar de ojos, la partida les cayó encima.
– En cuanto pueda iré a buscarte a Kilmarnock.
– ¿Lo harás?
– Por supuesto.
La noche antes de la separación, Mary dijo:
– Si no puedes…
– Podré.
– Pero… si no puedes, si por alguna razón la vida nos separa, quiero que sepas que los míos criaran a los niños hasta que sean hombres.
Más que tranquilizarlo, las palabras de Mary lo fastidiaron y alimentaron su pesar por haber sugerido que se marcharan.
Se tocaron lentamente todos los lugares conocidos del cuerpo, como dos ciegos que quieren guardar la memoria en sus manos. Fue una unión triste, como si supieran que lo hacían por ultima vez. Después, ella se durmió sin decir nada y él la abrazó sin pronunciar palabra. Había muchas cosas que deseaba decirle, pero no pudo.
Al filo del amanecer los dejó a bordo del Aelfgifu, una nave con la estructura estable de un barco vikingo, aunque de apenas sesenta pies de eslora y una cubierta al aire libre. Tenía un mástil de treinta pies de altura, una gran vela cuadrada y el casco de gruesas planchas de roble superpuestas. Las naves negras del rey mantenían a los piratas en alta mar y el Aelfgifu costearía tocando tierra para descargar y cargar, y también a la primera señal de tempestad. Era el tipo de embarcación más seguro.
Rob permaneció en el muelle. Mary mostraba su expresión inflexible, la armadura que usaba cuando se acorazaba contra el mundo amenazador.
Aunque el barco apenas se mecía en la marejada, el pobre Tam ya estaba verde y acongojado.
– ¡Debes seguir trabajándole la pierna! -gritó Rob, haciendo al mismo tiempo movimientos de masaje.
Ella asintió, para que supiera que lo había entendido. Un tripulante levantó la guindaleza del amarre y la nave se soltó. Veinte remeros hicieron un movimiento simultaneo y el Aelfgifu se dejó llevar hacia la potente pleamar.
Como buena madre que era, Mary había acomodado a sus hijos en el mismo centro del barco, donde no podían caer por la borda.
Se inclinó y le dijo algo a Rob J. mientras izaban la vela.
– ¡Buena suerte, papá! -gritó la vocecilla, obediente.
– ¡Ve con Dios! -respondió Rob.
Y en breve desaparecieron, aunque Rob no se movió y forzó la vista para verlos. No quería irse del muelle, pues tenía la impresión de haber llegado de nuevo a un lugar en el que había estado a los nueve anos, sin familia ni amigos.
Ese año, el nueve de noviembre, una mujer llamada Julia Swane se convirtió en el principal tema de conversación de la ciudad al ser arrestada por brujería. Se la acusaba de haber transformado a su hija Glynna, de dieciséis años, en un caballo volador, para después montarla tan brutalmente que la chica quedó permanentemente lisiada.
– De ser verdad, es algo atroz y malvado hacerle eso a la propia hija -dijo el patrón de la casa a Rob.
Rob echaba terriblemente de menos a sus propios hijos, y también a la madre. La primera tempestad marina se presentó más de cuatro semanas después de su partida. Seguramente para entonces habían tocado tierra en Dunbar, y Rob rezó para que, estuvieran donde estuviesen, esperaran a que pasaran los temporales en lugar seguro.
Otra vez volvió a vagar solo, visitando de nuevo todas las partes de Londres que conocía y los nuevos panoramas que habían surgido desde su niñez. Cuando se detuvo delante de la Casa Real -que en otros tiempos le parecía la imagen perfecta de la munificencia regia-, se maravilló de la diferencia entre su sencillez inglesa y la estridente exquisitez de la Casa del Paraíso. El rey Eduardo pasaba la mayor parte del tiempo en su castillo de Winchester, pero una mañana, desde fuera de la Casa Real, Rob lo vio caminar en silencio entre sus hombres de confianza, pensativo y en actitud meditabunda. Eduardo representaba más de los cuarenta y un años que tenía. Se comentaba que su pelo se había vuelto blanco cuando era joven, al oír lo que Haroldo Pie de Liebre le había hecho a su hermano Alfredo. A Rob le pareció que Eduardo no era ni remotamente una figura tan majestuosa como Alá, pero recordó que el sha estaba muerto y el rey Eduardo seguía vivo.
A partir del día de San Miguel, el otoño fue frío y constantemente azotado por los vientos. El invierno prematuro se presentó cálido y lluvioso.
Pensaba en los suyos, lamentando no saber en qué momento exacto habían llegado a Kilmarnock. Por pura soledad pasaba muchas noches en El Zorro, aunque trataba de dominar la sed, pues no quería meterse en pendencias, como había hecho en su juventud. Claro que la bebida le producía más melancolía que alivio, porque sentía que se estaba convirtiendo en su padre, un hombre de tabernas. Eso lo obligaba a resistirse a las rameras, aunque las mujeres disponibles le parecían más atrayentes por la coraza con que se revestía. Rob se decía, amargamente, que a pesar de la bebida no debía transformarse enteramente en Nathanael Cole, el adúltero putañero.
Las Navidades señalaron un momento difícil, pues se trataba de una festividad que debía pasarse en familia. El día de Navidad comió en El Zorro: queso con grasa de cerdo y pastel de carnero rociado con una copiosa cantidad de hidromiel. Camino de casa encontró a dos marineros dando una soberana paliza a un hombre cuyo sombrero de cuero estaba en el barro. Rob vio que llevaba puesto un caftán negro. Uno de los marineros sujetaba los brazos del judío a la espalda mientras el otro le propinaba terribles puñetazos.
– ¡Basta, condenados!
El que pegaba interrumpió la tarea.
– Vete, que todavía estás a tiempo.
– ¿Qué ha hecho?
– Cometió un crimen hace mil años, y ahora devolveremos a Normandía el cadáver de un apestoso hebreo franchute.
– Dejadlo en paz.
– Ya que te gusta tanto, veremos cómo le chupas la polla.
El alcohol siempre le producía una furia agresiva y estaba preparado. Su puño se estrelló en la cara dura y fea. El cómplice soltó al judío y se alejó de un salto mientras el marinero derribado se ponía en pie.
– ¡Hijo de mala madre! ¡Beberás la sangre del Salvador en la copa de este puñetero judío!
Rob no los persiguió cuando se dieron a la fuga. Al judío, un hombre alto y de edad mediana, le temblaban los hombros. Su nariz sangraba y tenía los labios aplastados, y parecía llorar más por humillación que por dolor.
– ¿Qué pasa aquí? -preguntó un recién llegado, un hombre de barba y cabellos crespos, pelirrojo Y con una red de venitas moradas en la nariz.
– No demasiado. Tendieron una emboscada a este hombre.
– Mmm. ¿Estás seguro de que no fue él el instigador?
– Sí.
El judío recuperó el dominio de sí mismo y el habla. Era evidente que expresaba gratitud, pero habló en rápido francés.
– ¿Entiendes ese idioma? -preguntó Rob al pelirrojo, que meneó despectivamente la cabeza. Rob quería hablarle al judío en la Lengua y desearle un Festival de Luces más pacifico, pero no se atrevió a hacerlo en presencia de un testigo. De inmediato, el judío levantó su sombrero del barro y se alejó, lo mismo que el transeúnte.
A orillas del río Rob encontró una pequeña taberna y se recompensó con vino tinto. Como el lugar era oscuro y estaba mal ventilado, se llevó la botella a un muelle, para beber sentado en un pilote que acaso hiciera su padre, mientras la lluvia lo empapaba y el viento lo abofeteaba y las amenazadoras olas grises se encrespaban en las aguas que corrían a sus pies.
Estaba satisfecho. ¿Qué día mejor que aquel para haber evitado una crucifixión?
El vino no era de una buena cosecha y le picó la garganta al tragarlo, pero le gustó.
Era el hijo de su padre y sabía gozar de la bebida cuando se entregaba a ella.
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