Noah Gordon - La Bodega

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Tras ocho años de silencio, vuelve el indiscutible maestro de la novela histórica
Languedoc, Francia, finales del siglo XIX. Josep Álvarez descubre de la mano de un viticultor francés el arte de la elaboración del vino. Desde ese momento, su vida estará determinada por esta pasión. A pesar de su juventud, Josep ha conocido el amor, las intrigas políticas y el trabajo duro, experiencia que, junto a su temprana vocación, caracterizará su destino. Tras participar contra su voluntad en un complot que convulsionará la ya turbulenta escena política del momento, huye a Francia, donde trabajará para un viticultor. Pese a su temor de caer en manos de la justicia, decide un día volver a su hogar. Luchando contra los elementos, Josep emprende una aventura tan ardua como fascinante: la elaboración de un buen vino. En torno a él, los habitantes de Santa Eulàlia: la joven viuda Marimar y su hijo Francesc, Nivaldo, el tendero de origen cubano, Donat, el hermano obrero, todos ellos personajes que pueblan esta rica novela. La bodega contiene la esencia anterior de Noah Gordon: historias personales de fuerza, personajes vitales, retratos fidedignos de una época, plasmados con una sensibilidad y acierto que ha admirado a miles de lectores a lo largo de los años.
La bodega es el tributo de Noah Gordon a nuestro país, una apasionada novela acerca del fascinante mundo del vino.

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El viñedo de Maria del Mar tenía aún mejor aspecto que cuando era Ferran Valls quien lo trabajaba, pese a que el difunto marido había sido un buen peón. Josep había arado los caminos entre las vides con la mula y Maria del Mar se había encargado de mantener las hileras libres de malas hierbas con su azada. Obtuvo una buena cosecha de uvas y trabajaron mucho para recolectarla. Francesc, tan joven que apenas recordaba nada de la cosecha del año anterior, caminaba entre ellos mirándolo todo. En más de una ocasión su madre le habló con brusquedad.

– No pasa nada con el niño, Marimar. A mí me gusta que esté por aquí -le dijo Quim Torras, exhibiendo su sonrisa fácil mientras vaciaba una cesta en la carretilla.

Ella no le devolvió la sonrisa.

– Tiene que aprender a no pisotearlo todo.

No mimaba a Francesc, pero Josep la había visto abrazarlo y hablarle con ternura. Pensó que se las arreglaba muy bien para criar al muchacho sin un padre y sin dejar de trabajar constantemente con dureza.

Poco después, cuando Quim se fue a su retrete, Josep se dirigió a ella:

– Me han dicho que el comprador de vino te tima.

Agachada sobre una parra sobrecargada de fruta, ella estiró la espalda y lo miró sin ninguna expresión.

Josep siguió adelante:

– Bueno. Cuando Clemente Ramírez venga a Santa Eulalia con sus barriles de vinagre vacíos, me gustaría decirle que he comprado la tierra de los Valls, además de las viñas de mi padre. Así, tendrá que pagar la tarifa normal por tu vino.

– ¿Y por qué quieres hacer eso?

Josep meneó la cabeza y se encogió de hombros.

– ¿Y por qué no?

Ella lo miró directamente a los ojos y le hizo sentir incómodo.

– No quiero nada a cambio -dijo con brusquedad-. Ni dinero ni… nada. Clemente es malvado. Me haría feliz hacerle pagar.

– ¡Soy tan buena campesina como cualquier hombre! -dijo ella con amargura.

– Mejor que muchos. Cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver cuánto trabajas y lo bien que te va.

– Vale -dijo ella al fin, y se dio la vuelta.

Josep sintió un curioso alivio al volver al trabajo, aunque pensó con amargura que no hubiera estado de más una simple palabra de agradecimiento.

Dos días después, por la mañana llovió durante varias horas cuando empezaban a recolectar la cosecha de Josep, pero no era más que una suave humedad que perlaba las uvas y las embellecía. Los tres vecinos colaboraron con amabilidad, familiarizados ya con sus respectivos ritmos. Acostumbrado a trabajar solo, Josep casi lamentó que todos sus racimos hubieran pasado ya por la gran prensa y el mosto estuviera a salvo en las viejas cubas de fermentación del cobertizo que quedaba detrás de su casa. Dio las gracias a sus vecinos y se dijo que tanto él como sus pequeñajos habían tenido un buen comienzo.

Cuando Ramírez y sus dos ayudantes aparecieron con su gran carromato cargado de toneles, el comprador de vino se mostró torpe en sus palabras de condolencia y efusivo al felicitar al nuevo dueño del viñedo.

Josep le dio las gracias.

– De hecho, también me he quedado la viña de los Valls.

Clemente echó atrás la cabeza y lo miró fijamente, con los labios apretados.

Josep asintió.

– Ah… ¿Tú y ella…?

– No. Le he comprado la viña.

– Y entonces, ¿adónde irá ella?

– A ningún lado. Seguirá cultivando uva aquí.

– Ah. ¿O sea que trabajará para ti?

– Eso es.

Clemente lo miró de soslayo y sonrió. Abrió la boca para decir algo más, pero captó algo en el rostro de Josep.

– Bueno -concluyó-. Voy a vaciar primero estas cubas. Tendré que hacer varios viajes y luego hay que ir a la viña de los Valls. Será mejor empezar a bombear el mosto, ¿eh?

A mediodía, cuando él y sus hombres estaban sentados a la sombra del carromato masticando pan, Josep pasó a su lado.

– ¿Sabías que en una de las cubas hay un trozo de madera podrido? -le comentó con alegría.

– No -contestó Josep.

Clemente se lo enseñó, en unos cuantos listones de la cuba de roble. Era normal que no lo hubieran visto, pues toda la madera estaba oscurecida por el paso del tiempo.

– Puede que aguante sin gotear una o dos temporadas más.

– Eso espero -respondió Josep, en tono sombrío.

Maria del Mar, ocupada en sus viñas cuando llegaron a la tierra de los Valls, los saludó con un movimiento de cabeza y siguió trabajando.

Tras cargar el último mosto de las cubas, Ramírez dejó sus caballos a un lado de la carretera, y él y Josep se apoyaron en el carromato para arreglar sus asuntos. Josep repasó las cuentas varias veces antes de aceptar el fajo de billetes.

Unas cuantas horas después, cuando llegó al viñedo de los Valls, Maria de Mar seguía arrodillada en medio de una hilera de vides.

Josep puso mucho cuidado en apartar correctamente la parte de dinero que le correspondía a ella. Marimar asintió sin mirarlo y aceptó los billetes con un silencio que él entendió como una prueba más de su rabia y frialdad, tras lo cual murmuró una despedida y se alejó.

A la mañana siguiente, al salir de casa para empezar la jornada estuvo a punto de tropezar con algo que alguien había dejado ante su puerta. Era un plato grande y llano, lleno de tortilla de patatas, caliente todavía, tan recién hecha que aún olía a cebolla y a huevo. Un trozo de papel, sujeto con una piedra pequeña, descansaba sobre la tela limpia que envolvía la tortilla.

Por un lado del papel había un recibo en el que constaban los 92 céntimos que el marido de Marimar había pagado por un rastrillo de hoja estrecha en una tienda de Vilafranca.

En el centro del dorso había seis palabras garabateadas con la caligrafía apretujada e inclinada, propia de una mujer que raramente necesitaba escribir:

Gracias de parte de los dos.

Una mañana de invierno, Josep iba cargando tres cubos en cada mano para fregarlos en el río cuando vio a Francesc sentado al sol en la parte delantera de la propiedad de su madre.

Al muchacho se le iluminó la cara:

– ¡Hola, Josep!

– Hola, Francesc. ¿Qué tal estás hoy?

– Estoy bien, Josep. Esperando que maduren las olivas para poder escalar los árboles otra vez.

– Ya lo veo -contestó Josep con gravedad.

Quienes cultivaban aceitunas de variedades tempraneras llevaban recogiéndolas desde noviembre o diciembre, pero aquéllas eran tardías. Los grandes olivos se cargaban mucho de frutos sólo cada seis o siete años, y éste era uno de los que apenas tendrían una exigua recolecta de olivas cuyos colores iban del verde claro a un morado negruzco cuando maduraban. No eran para hacer aceite, sino para comer. Maria del Mar había extendido unas telas debajo de cada árbol para capturar las que maduraban y caían al suelo, y luego usaría un palo para varear y recoger las que quedaran en los árboles. Era el modo más eficaz de recogerlas cuando ya estaban listas para conservar en sal o en salmuera, pero a Josep se le ocurrió que aquel proceso de maduración tenía que resultar de una lentitud mortificante para un muchacho que se moría de ganas de trepar por los olivos.

27

Invierno

– ¿Me puedo sentar un rato contigo? -preguntó, siguiendo un impulso repentino.

Al ver que Francesc asentía, soltó los cubos y se dejó caer al suelo.

– Necesito estos árboles. Tengo que practicar la escalada porque algún día espero ser el enxaneta de los castellers -dijo Francesc, con seriedad.

– La cumbre -respondió Josep, preguntándose si, habida cuenta la deformidad de la cadera del chico, se trataba de una ambición realista-. Espero que lo consigas. -Echó un vistazo en busca de Maria del Mar, a la que no vio por ninguna parte-. ¿Y a tu madre qué le parece esa idea?

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