Noah Gordon - La Bodega

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Tras ocho años de silencio, vuelve el indiscutible maestro de la novela histórica
Languedoc, Francia, finales del siglo XIX. Josep Álvarez descubre de la mano de un viticultor francés el arte de la elaboración del vino. Desde ese momento, su vida estará determinada por esta pasión. A pesar de su juventud, Josep ha conocido el amor, las intrigas políticas y el trabajo duro, experiencia que, junto a su temprana vocación, caracterizará su destino. Tras participar contra su voluntad en un complot que convulsionará la ya turbulenta escena política del momento, huye a Francia, donde trabajará para un viticultor. Pese a su temor de caer en manos de la justicia, decide un día volver a su hogar. Luchando contra los elementos, Josep emprende una aventura tan ardua como fascinante: la elaboración de un buen vino. En torno a él, los habitantes de Santa Eulàlia: la joven viuda Marimar y su hijo Francesc, Nivaldo, el tendero de origen cubano, Donat, el hermano obrero, todos ellos personajes que pueblan esta rica novela. La bodega contiene la esencia anterior de Noah Gordon: historias personales de fuerza, personajes vitales, retratos fidedignos de una época, plasmados con una sensibilidad y acierto que ha admirado a miles de lectores a lo largo de los años.
La bodega es el tributo de Noah Gordon a nuestro país, una apasionada novela acerca del fascinante mundo del vino.

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El zapatero le dijo que los viñedos de Mendes estaban en un llano del valle, a unas cuantas leguas de Roquebrun. Señaló el camino que debía tomar Josep.

La bodega, tan bien cuidada como el pueblo, estaba compuesta por una residencia y tres edificios anexos, todos ellos de piedra y cubiertos de tejas. La casa y uno de los anexos quedaban suavizados por la hiedra, y toda la tierra que se extendía desde allí -dos laderas empinadas y un valle liso- estaba sembrada de vides.

Llamó a la puerta, pero tal vez con demasiada timidez, pues nadie contestó. Mientras intentaba decidir si debía llamar de nuevo, una mujer de mediana edad, cabello blanco y rostro redondo y rojizo abrió la puerta.

– Oui?

– Madame, por favor, quisiera ver a Léon Mendes.

– ¿De parte de quién?

– Josep Álvarez.

Lo miró con frialdad.

– Espere, por favor.

Al cabo de un rato llegó aquel hombre a la puerta, exactamente como lo recordaba Josep, un tipo bajo y rollizo, vestido con elegancia -quizás incluso algo remilgado- y peinado a la perfección. Se quedó junto a la puerta y miró a Josep con gesto interrogatorio.

– Señor Mendes, soy Josep Álvarez. -Hubo un largo silencio-. ¿Puede ser que me recuerde, monsieur? Hijo de Marcel Álvarez, de Santa Eulalia.

– ¿En España?

– Sí. Usted visitó nuestro viñedo en otoño. Me dijo que era un buen trabajador, excelente. Le pedí trabajo.

El hombre asintió lentamente. En vez de invitar a Josep a entrar en la casa, salió él y cerró la puerta firmemente. Se quedó plantado en la piedra grande y lisa que señalaba el umbral, con una mirada velada.

– Eso sí. Ahora te recuerdo. Te dije que no tenía trabajo para ti. ¿Has recorrido toda esa distancia con la esperanza de que tu aparición me haría cambiar de opinión?

– Ah, no, monsieur. Es que… Es que tenía que irme, la verdad. Le aseguro que estoy aquí por…, por casualidad.

– ¿Tenías que irte? ¿O sea que has… cometido un error? ¿Has hecho algo que te haya forzado a huir?

– ¡Ah, no, señor! No he hecho nada malo.

Otra larga pausa.

– ¡No he hecho nada malo! -Cerró la mano en torno al brazo del hombre bajo, pero Léon Mendes no dio un paso atrás ni un respingo-. He sido testigo de algo malo hecho por otros. He visto algo muy malo, un asesinato, y quienes lo cometieron saben que lo he visto. Tuve que irme para salvar la vida.

– ¿De verdad? -preguntó Mendes, en tono suave. Soltó de su brazo la mano de Josep y dio un paso hacia él. Sus ojos serios y oscuros parecían a punto de perforarlo-. Entonces, ¿eres una buena persona, Josep Álvarez?

– ¡Lo soy! -exclamó Josep-. Lo soy, lo soy.

De pronto, con terror, con una enorme sensación abrumadora de vergüenza, rompió a llorar con un llanto ronco y salvaje, como un crío. Le pareció que duraba años, una eternidad. Apenas se daba cuenta de que Mendes le estaba palmeando un hombro.

– Me lo creo -le dijo con amabilidad. Esperó a que Josep recuperase el control de sí mismo-. Supongo que lo primero es que comas algo de inmediato. Luego podrás dormir. Y por último… -Arrugó la nariz y sonrió-. Te daré un trozo del jabón más fuerte que haya por ahí y en el río encontrarás una buena cantidad de agua para enjuagarte.

Al cabo de dos días, por la mañana, Josep estaba en la pronunciada ladera de una de las colinas. Tenía una nueva casera, una atractiva viuda a cuyo difunto marido pertenecía la ropa que llevaba, gastada ya, pero limpia, aunque le caía demasiado ancha en la cintura y muy corta, tanto de piernas como de mangas.

Llevaba en las manos un cuchillo de podar y una azada, y estaba estudiando las largas hileras de vides. La tierra era más rojiza que en los terrenos de su padre, pero igual de pedregosa. Léon Mendes le había contado que cabía esperar que aquellas cepas podadas echaran hojas y zarcillos antes que las de su padre, debido al clima atemperado del valle de Orb. Sabía que no conocía aquellas variedades de uva y estaba impaciente por comprobar las diferencias, tanto en las hojas como en el fruto.

Se sentía renovado.

Pensó que no se debía tan sólo al hecho de que hubiera comido y dormido bien. La fuerza le llegaba directamente del suelo, igual que en Santa Eulalia. Estaba en una viña, bajo un sol benevolente, dedicándose a actividades que sabía hacer bien por costumbre y, de vez en cuando -si no oía hablar aquel lenguaje tan afrancesado, ni se entretenía en pensar que en aquellas tierras no había pequeñajos pellejudos que alimentaran las vides bajo la tierra rojiza-, conseguía relajarse lo suficiente para casi imaginar que estaba en su casa.

CUARTA PARTE

La tierra de los Álvarez

Pueblo de Santa Eulalia

2 de octubre de 1874

26

Viñas pintadas

El primer otoño tras su regreso a casa, Josep sintió una nueva felicidad cuando las vides de Santa Eulalia empezaron a cambiar. Era algo que no ocurría cada año y él no sabía qué provocaba aquella transformación: ¿las cálidas tardes de finales de otoño en España, sumadas a las noches más frías? ¿Cierta combinación del sol, el viento y la lluvia? Fuera lo que fuese, aquel octubre volvió a pasar y algo en su interior reaccionó al cambio. Las hojas de Tempranillo adquirían de pronto una variedad de tonos que iba del naranja al rojo brillante; las de Garnacha, de un verde resplandeciente, se volvían amarillas con los peciolos marrones; en las de Samso la hoja aumentaba el verdor y el peciolo se volvía rojo. Parecía como si las viñas desafiaran la muerte cercana, aunque para él era sólo un nuevo principio y se dedicaba a caminar entre las hileras dominado por un quedo entusiasmo.

Su primer cultivo propio en sus propias tierras fue mayor y más pesado de lo habitual en aquellas viñas apretujadas de su padre, pues muchas de las uvas adquirieron el grosor de un pulgar, con un oscuro color morado, y en todas las variedades estallaba el jugo aportado por la abundancia de lluvias caídas exactamente en los momentos menos apropiados. A los campesinos que vendían su vino joven a granel y bien barato no les importaba demasiado que el mosto fermentado no fuera exactamente maravilloso. Nivaldo hacía buen negocio en la tienda y aquellos con quienes Josep se cruzaba en el pueblo parecían sonreír más de lo habitual y caminaban con pasos enérgicos.

Josep habló con Quim Torras sobre la posibilidad de organizarse para trabajar juntos en la cosecha, y el vecino se encogió de hombros:

– ¿Por qué no?

Tras mucha reflexión e indecisión, también se atrevió a entrar en el viñedo de los Valls, más allá del de Quim, y a hacer la misma proposición a Maria del Mar. Tardó bien poco en estar de acuerdo y, tanto por su afán como por el modo en que se le despejaba la cara, Josep supo que la perspectiva de cosechar y pisar la uva sin ayuda se le hacía muy dura.

De modo que los tres se pusieron a recoger la uva en equipo, sorteando a la carta más alta el orden en que abordarían las viñas. Quim sacó la jota de corazones, Maria del Mar el nueve de picas y Josep el siete de diamantes, de modo que corría el mayor riesgo de que una tormenta tardía de granizo, o una lluvia muy fuerte, le estropeara la fruta sin darle tiempo a pasarla por la prensa.

Sin embargo, el tiempo aguantó y empezaron a vendimiar las uvas de Quim. Aunque los tres tenían la misma extensión de tierra, la de los Torras dio una cosecha más ligera. Como agricultor, era malo y perezoso. Los hierbajos asfixiaban las vides y él siempre tenía algo que hacer que le impedía tomar la azada: pasear y jugar con su buen amigo, el padre Ricardo, o vadear el río para comprobar cuánto había bajado el agua, o sentarse en la plaza y discutir sobre lo que convenía hacer para arreglar la fea puerta de la iglesia. La mitad de sus cepas eran de Garnacha, vides muy viejas que daban una uva negra muy pequeña. Cuando Josep arrancó algunas para saciar la sed le pareció que el sabor era profundo y delicioso, pero notó que Maria del Mar se esforzaba por disimular el desdén cuando las miraba. Los tres vecinos ignoraron la asfixiante abundancia de malas hierbas; cortaron los racimos y empujaron las escasas carretillas de fruta hasta la prensa comunitaria, y Quim se dio por satisfecho.

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