Noah Gordon - La Bodega

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Tras ocho años de silencio, vuelve el indiscutible maestro de la novela histórica
Languedoc, Francia, finales del siglo XIX. Josep Álvarez descubre de la mano de un viticultor francés el arte de la elaboración del vino. Desde ese momento, su vida estará determinada por esta pasión. A pesar de su juventud, Josep ha conocido el amor, las intrigas políticas y el trabajo duro, experiencia que, junto a su temprana vocación, caracterizará su destino. Tras participar contra su voluntad en un complot que convulsionará la ya turbulenta escena política del momento, huye a Francia, donde trabajará para un viticultor. Pese a su temor de caer en manos de la justicia, decide un día volver a su hogar. Luchando contra los elementos, Josep emprende una aventura tan ardua como fascinante: la elaboración de un buen vino. En torno a él, los habitantes de Santa Eulàlia: la joven viuda Marimar y su hijo Francesc, Nivaldo, el tendero de origen cubano, Donat, el hermano obrero, todos ellos personajes que pueblan esta rica novela. La bodega contiene la esencia anterior de Noah Gordon: historias personales de fuerza, personajes vitales, retratos fidedignos de una época, plasmados con una sensibilidad y acierto que ha admirado a miles de lectores a lo largo de los años.
La bodega es el tributo de Noah Gordon a nuestro país, una apasionada novela acerca del fascinante mundo del vino.

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El del suelo estaba postrado a cuatro patas. Uno de los gigantones, con los pantalones bajados, le agarraba la nuca con una mano, y con la otra, por debajo, le alzaba las nalgas desnudas.

En aquel primer instante, Josep los vio como si fueran un retablo. Los que estaban de pie lo miraron asombrados. El del suelo era más joven que los demás, acaso de la misma edad que él. Josep notó que tenía la boca abierta y el rostro contorsionado, como si gritara en silencio.

El que tenía agarrado al joven no lo soltó, pero los otros dos se volvieron hacia Josep, quien también se dio la vuelta.

Y saltó por la puerta.

No estaba preparado para aquel salto. Cuando sus pies tocaron el suelo había perdido ya el equilibrio y sintió como si la tierra lo golpeara con dureza. Cayó de rodillas y luego golpeó el suelo con el estómago y resbaló sobre las cenizas acumuladas junto a las vías. La caída lo había dejado sin aire hasta tal extremo que durante unos segundos aterradores tuvo que boquear en busca de oxígeno.

Luego no pudo más que permanecer tumbado en el suelo mientras los vagones pasaban con su traqueteo.

El tren entero fue pasando y se alejó mientras Josep maldecía en su interior a Guillem por haberlo dejado solo y vulnerable. Primero desapareció el ruido de la locomotora, y luego los chasquidos de los vagones se suavizaron y se desvanecieron en la lejanía.

25

Un extraño en tierras lejanas

A partir de entonces, ni se le ocurrió volver a montarse en un tren y empezó un gélido y soñoliento deambular tortuoso a pie hacia el norte, pidiendo trabajo cada vez que llegaba a algún lugar. La costumbre lo hizo inmune al rechazo y al final apenas oía las ya esperadas negativas. Dejó de centrar sus esperanzas en la idea de encontrar con qué mantenerse para construir un futuro sólido y pronto empezó a concentrarse en las necesidades diarias de encontrar comida y un lugar seguro donde dormir. Cada día se sentía más como un extraño. Al entrar en la provincia de Rosellón la gente hablaba un catalán parecido al de Santa Eulalia, pero a medida que avanzaba hacia el norte el lenguaje adoptaba cada vez más expresiones francesas. Ya en la provincia de Languedoc, todavía era capaz de entender a los demás y hacerse entender, pero su acento y los titubeos lo señalaban de inmediato como inmigrante.

Nadie tenía problema alguno en aceptar dinero español, pero a Josep le dominaba la clara comprensión de que debía alargar al máximo sus pocas pesetas, de modo que nunca pensó en pagar alojamiento. Buscaba las catedrales, que podían estar abiertas a los feligreses por la noche y ofrecían una penumbrosa iluminación y bancos en los que tumbarse. Durmió también en algunas iglesias grandes, aunque descubrió que la mayoría estaban cerradas por la noche. En una de ellas, el sacerdote lo llevó a la mañana siguiente a la casa de la parroquia y le dio de comer unas gachas, mientras que en otra un cura furioso lo despertó con grandes sacudidas de hombro y le mandó trasladarse a la parte oscura. Cuando no tenía más remedio, se envolvía en la manta y dormía en el suelo, bajo el cielo, pero intentaba evitarlo porque toda la vida había temido a las serpientes.

De entrada decidió comprar sólo pan y buscar panaderías en las que pudieran venderle a buen precio las baguetes de días anteriores. Aquellas barras enseguida se endurecían como si fuesen de madera y Josep se veía obligado a serrar trozos con su navaja y mordisquearlos por el camino como si fueran huesos.

En una calle de Béziers se detuvo ante la visión de un gran grupo de hombres de miradas apagadas, vestidos con la ropa de listas típica de los presos. Llevaban los tobillos encadenados, arrastraban los pies y emitían un tintineo al caminar. Iban cargados con palas, mazos y pesados martillos, y unos se dedicaban a golpear las piedras para partirlas en guijarros que los demás esparcían para formar el pavimento del camino.

Había unos guardias uniformados que llevaban armas de fuego de mayor alcance que cualquiera de las que Josep había disparado en el grupo de cazadores; pensó que un balazo de aquellas armas podía partir a un hombre por la mitad. Los guardias de mirada dura parecían aburridos, mientras que sus prisioneros, bajo su constante vigilancia, trabajaban a un ritmo constante, aunque con parsimonia, con el rostro inexpresivo y el tronco superior activo, pero sin mover apenas los pies por culpa de las gruesas cadenas.

Josep se los quedó mirando, paralizado. Sabía que si lo atrapaban, lo esperaba un destino parecido.

Fue esa noche, mientras dormía en la catedral de Saint Nazaire, en Béziers, cuando tuvo por primera vez aquel sueño. Ahí estaba el gran hombre entrando en el carruaje; Josep veía sus rasgos con claridad. Ahí, los miembros del grupo de cazadores siguiendo al carruaje por los paseos oscuros y nevados; cada vez que doblaban una esquina, Josep encendía una cerilla. Entonces uno de los tiradores se ponía a su lado, disparando sin parar, y Josep veía cómo impactaban las balas y se clavaban en la carne de aquel hombre, horrorizado.

Un hombre, cuyos rezos había interrumpido Josep con sus gruñidos, lo despertó de una sacudida.

Aquel día salió de Béziers y se adentró en el campo, entre las montañas. En las zonas rurales sólo se podía comprar comida en pequeñas tiendas que a menudo no tenían pan de ninguna clase, de modo que se veía obligado a adquirir queso o embutido y le parecía que se le estaba derritiendo el dinero. En una ocasión, en una sucia y pequeña posada le dieron permiso para lavar los platos y le pagaron con tres escuálidas salchichas y un plato de lentejas hervidas pero, por lo general, estaba siempre agotado y muerto de hambre.

Cada día se fundía con el siguiente, y Josep iba confuso, caminando en la dirección que sus pies quisieran tomar. Once días después de cruzar la frontera sólo le quedaba una peseta en el calcetín, un billete arrugado y con una esquina arrancada. Encontrar trabajo antes de verse obligado a gastarla se convirtió en lo más importante de su vida.

A veces se mareaba por falta de alimentación adecuada, y le entraba un miedo creciente a que al final el hambre le obligara a robar algo que no pudiera pagar, una baguete o un trozo de queso, un inevitable robo desesperado tras el que le caerían cadenas en los tobillos y listas en la ropa.

El cartel marcaba dos direcciones: una flecha señalaba hacia el este bajo el lema Béziers, 3 leguas, y la otra, hacia el oeste con la inscripción Roquebrun, 1 legua.

Le sonaba el nombre de aquel pueblo.

Recordó a los dos franceses que habían ido a Santa Eulalia a comprar vino a granel. Uno de ellos había dicho que era de Roquebrun. El mismo al que le había gustado su forma de trabajar. ¿Fontaine? No, así se llamaba el más alto. El otro era más bajo y fornido. ¿Cómo se llamaba?

No conseguía recordarlo.

Sin embargo, media hora después acudió a su mente y lo pronunció en voz alta:

– Mendes. Léon Mendes.

Vio Roquebrun antes de llegar, un pueblo cómodamente recostado en la ladera de una montaña pequeña. A medida que se acercaba, Josep observó que estaba rodeado por tres lados por el meandro de un río que terminó cruzando por la joroba de un puente de piedra. Corría un aire suave y el follaje era de un verde potente. Las orillas del río estaban flanqueadas por naranjos. El pueblo estaba limpio y bien cuidado, con mimosa florecida en invierno por todas partes: algunas de aquellas ligeras flores parecían aún como pájaros rosados, pero la mayoría habían adquirido ya su aspecto de blanca ventisca.

Un hombre ataviado con delantal de piel barría los adoquines delante de una zapatería, y Josep le preguntó si conocía a Léon Mendes.

– Por supuesto.

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