Collen McCullough - Angel

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Harriet Purcell tiene veintiún años y acaba de diplomarse como técnica en radiología. Con un sueldo más propio de un hombre en el Sidney de los años sesenta, desoye los consejos de su padre, quien le advierte que «sólo los locos, los bohemios y las prostitutas se atreven a vivir en Kings Cross». Así, decide independizarse y se muda a la casa de huéspedes de la señora Delvecchio, situada en ese barrio de mala nota. Allí descubre que su casera, a parte de los alquileres de sus extraños inquilinos, cuenta con otra fuente de ingresos mucho más provechosa: lee las cartas, el horóscopo y escruta las profundidades de su preiada bola de cristal…
Pero es la pequeña Flo, hija de la señora Delvecchio y médium en las sesiones que esta organiza, quien definitivamente roba el corazón de Harriet. A medida que la jóven se adentra en los secretos de los hombres, el amor y las cartas del tarot, va descubriendo también que seguir los dictados del corazón no siempre resulta fácil, y que proteger a quienes más amamos puede convertirse en la tarea más ardua.
Angel es el luminoso relato del despertar de una joven a la vida adulta. Una tierna y deliciosa historia de amor con los más divertidos y bohemios personajes…

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Le sonreí y lo saludé con un suave «Hola». El pobre estaba sentado, encorvado, al borde de su estrecha cama; cuando le hablé, me miró: sus ojos reflejaban los atroces dolores que sentía. Luego, cuando me reconoció, el dolor se desvaneció para ser reemplazado por la furia.

– ¡Se lo has contado! -chilló, dirigiéndose a la señora Delvecchio Schwartz, que estaba de pie en el umbral-. ¿Cómo te atreviste a decírselo a ella?

– Harold, trabajo en un hospital, por eso la señora Delvecchio Schwartz me lo contó. He venido para ayudarte, así que, ¡venga, no digas tonterías, por favor! No puedes orinar, ¿no es así?

Su rostro estaba crispado, se abrazaba el vientre como para protegerlo, su espalda estaba curvada como un arco, temblaba un poco y se balanceaba hacia delante y hacia atrás. Luego asintió con la cabeza.

– ¿Cuánto tiempo llevas así? -pregunté.

– Tres semanas -murmuró.

– ¡Tres semanas! ¡Oh, Harold! ¿Por qué no se lo has contado a nadie? ¿Por qué no fuiste al médico?

Se echó a llorar como respuesta, quebrada ya su resistencia: las lágrimas se deslizaban una a una desde la base de sus gafas, como cuando se exprime un limón seco para sacarle un poco más de zumo. Me volví hacia Pappy.

– Tendremos que llevarlo a Urgencias del Hospital Vinnie ya mismo -le dije.

A pesar del dolor, se echó hacia atrás y se irguió como una cobra.

– No iré al St. Vincent, ¡es un hospital católico! -dijo entre dientes.

– Entonces lo llevaremos al Hospital de Sydney -mascullé-. En cuanto te apliquen la cánula, te sentirás tan aliviado que te preguntarás por qué no pediste ayuda mucho antes.

El mero hecho de imaginar a Harold con la cánula hizo que la señora Delvecchio Schwartz comenzara otra vez a aullar de risa. Me volví hacia ella.

– ¿Quiere salir ya mismo de aquí? -le ladré-. ¡Haga algo útil! Traiga algunas toallas viejas, por si descarga, y luego consiga un taxi. ¡Muévase de una vez!

Alentándolo a ponerse en pie, pero cargando su peso entre las dos, Pappy y yo logramos que Harold se enderezara un poco. El dolor no le permitía erguirse, y tampoco quería apartar las manos del bajo vientre. Cuando llegamos a la planta baja, el taxi estaba esperando.

El médico residente y la Hermana de Urgencias del Hospital de Sydney se quedaron mirando fijamente a Harold cuando les contamos los detalles.

– ¡Tres semanas! -exclamó el médico sin el menor tacto, pero enseguida se contuvo al advertir las miradas furiosas que le dirigimos la Hermana de Urgencias, Pappy y yo.

Nos quedamos mirando cómo acostaban a Harold en una camilla y se lo llevaban, y después salimos y tomamos el tranvía de Bellevue Hill.

– Lo tendrán de aquí para allá -dijo Pappy mientras subíamos-. No lo veremos por casa hasta que le hayan hecho las citoscopias, le hayan puesto unos cuantos PIVs y Dios sabe qué más.

– Tú tampoco crees que sea orgánico -dije.

– No, se le ve demasiado bien. Tiene buen color, y lo que le provoca los dolores es su vejiga dilatada. Tú sabes cómo se manifiestan los problemas renales, los cálculos o el cáncer pélvico. Debe de tener un desequilibrio electrolítico. No es orgánico.

¡Oh, Pappy, cómo me gustaría que te dedicaras a la enfermería general! Pero no me atreví a verbalizar ese pensamiento.

Así que, por el momento, estoy libre de Harold; aunque también estoy cada vez más preocupada. Mi instinto clínico me dice que este hombre terriblemente reprimido está al borde de la represión definitiva. Ya no le basta con retener las heces; el dolor y la humillación que eso le provoca ya no son suficientes, así que ha pasado a retener la orina. Más allá de la retención de la orina, lo único que le queda por clausurar es su vida misma. ¡Oh, Dios! ¡Maldita sea la señora Delvecchio Schwartz por reírse de él! Si ella no aprende a controlarse, uno de estos días el hombre terminará por matarse. Ruego que se limite a eso y no la tome con Jim, con Pappy o conmigo. Pero ¿cómo podría cualquiera de nosotros razonar con una fuerza de la naturaleza como la señora Delvecchio Schwartz? Ella se rige por sus propias leyes. Asombrosamente sabia, abismalmente estúpida. El caso es que si él se suicida, ella quedará desolada, compungida, inconsolable. ¿Por qué no lo ha visto en las cartas? ¡Si está allí! ¡Está allí! Harold y el diez de espadas. La ruina de La Casa.

Sábado, 10 de diciembre de 1960

Hoy invité a Toby a almorzar, y de hecho vino. Necesitaba el sábado por la mañana para ir a comprar algunos accesorios especiales para su refugio, así que tuvo que quedarse en Sydney porque Nock & Kirby es la única tienda que vende lo que él quiere.

– De todas formas ya perdiste el sábado, así que te puedes quedar a comer conmigo antes de subirte al tren -dije triunfalmente.

El menú fue un pastel hecho con atún y setas aliñado con una salsa fresca de orégano. La cubierta de patatas la mezclé con toneladas de mantequilla y pimienta rosada molida, y luego agregué una guarnición de ensalada preparada con aceite de nuez diluido en agua y vinagre añejo.

– Si sigues cocinando así, tendré que casarme contigo en cuanto me haga famoso -dijo, con la boca llena-. ¡Esto está muy bueno!

– Como no te harás famoso hasta después de tu muerte, estoy a salvo -dije, dedicándole una sonrisa-. Cocinar es divertido, pero sospecho que no me lo parecería si tuviera que hacerlo todos los días como mi madre.

– Apostaría a que ella lo disfruta -dijo, trasladándose a la poltrona, frente a Marceline, que no recibió de él más que una mueca.

– Si es así, es porque le encanta ver a sus hombres bien alimentados -dije, con cierta aspereza-. Su menú es más bien elemental: bistec con patatas fritas, pescado con patatas fritas, pata de cordero asada, cordero guisado, salchichas con mostaza, cuello de cordero estofado, gambas que compra precocinadas en la pescadería; y vuelta a empezar. ¿Por qué no te gusta mi preciosa Marceline?

– No se debe tener animales en casa -dijo Toby.

– ¡Eres el típico cavernícola! Si un perro no se comporta como es debido, hay que pegarle un tiro.

– Una inyección de veneno en la oreja izquierda es un método razonable -declaró solemnemente-. No es una tontería, todo termina en un segundo.

– Eres un verdadero solitario -dije, acercando la poltrona en la que estaba echada la gata.

– Aprendes a serlo cuando las cosas nunca te salen como quieres; y cuando digo nunca quiero decir nunca, no algunas veces.

– Ella terminará por aceptarte, Toby, estoy segura -dije, cálidamente.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó él, desconcertado.

– ¡Lo sabes muy bien! -repliqué yo sin dudar.

– No, de veras no sé. Dímelo tú.

– Pappy.

Se quedó boquiabierto.

– ¿Pappy?

– Claro, tonto, ¡Pappy!

– ¿Por qué iba Pappy a aceptarme? -preguntó, frunciendo el ceño.

– ¡Oh, por favor, Toby! Tal vez pienses que logras esconder fácilmente tus sentimientos, pero no hay que ser un genio para darse cuenta de que amas a Pappy.

– Por supuesto que amo a Pappy -dijo-, pero no estoy enamorado de ella. Debes de estar bromeando, Harriet.

– Pero, ¡es que tienes que estar enamorado de ella! -dije, confundida.

Los ojos empezaban a enrojecérsele.

– Eso es una estupidez.

– ¡Oh, Toby! He visto en tus ojos cómo sufres, a mí no me engañas -estallé yo.

– ¿Sabes, señorita Purcell? -dijo él levantándose rápidamente-, tal vez te consideres una mujer de mundo, ¡pero lo cierto es que eres una de esas tantas mujeres ciegas, estúpidas, ilógicas y obsesionadas con sus propios problemas!

Ésas fueron sus últimas palabras antes de coger la puerta e irse indignado, dejándome con Marceline sentada en el regazo.

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