Kate Furnivall - La Concubina Rusa

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Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China.
La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo.
Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura.
Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

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– Eres la emperatriz de la Quebrada del Lagarto -dijo, inclinando la cabeza en señal de sumisión.

– Creía que a los comunistas no les gustaban las emperatrices -replicó ella, sin abandonar la sonrisa, y tendiéndose boca arriba sobre la arena, los pies descalzos acariciando el agua fresca.

A Chang le pareció que se burlaba de él, pero como no estaba del todo seguro, no dijo nada, y se contentó con contemplarla allí entre las sombras, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como si saboreara la brisa fresca que nacía del agua. Tenía el cuerpo delgado, los pechos pequeños, y unos pies demasiado grandes para los gustos chinos. Era tan distinta a las mujeres que conocía… Tan extranjera, tan fiera, una criatura que rompía todas las reglas y que, a la vez, extrañamente, le proporcionaba una paz de espíritu que le hacía querer seguir en su compañía.

– Tengo que irme -dijo.

Ella ladeó la cabeza para mirarlo.

– ¿De verdad?

– Sí, debo asistir a un funeral.

Lydia abrió mucho sus ojos ambarinos.

– ¿Puedo ir contigo?

– Eso no es posible -respondió él, secamente.

La osadía de aquella muchacha era capaz de acabar con la paciencia de los mismísimos dioses.

Se situaron al final de la procesión. Las trompetas resonaban. Chang notaba que la muchacha-zorro estaba detrás de él, percibía su emoción al verse cada vez más cerca. Era pequeña y delgada, como una joven china, y las ropas que le había prestado -la túnica blanca, los pantalones holgados, las sandalias de fieltro, el sombrero cónico de paja- lograban que pasara desapercibida. Con todo, su presencia inquietaba a Chang.

¿Objetaría algo Yuesheng? ¿La aparición de una fanqui en su funeral proporcionaría poder a los malos espíritus que las trompetas y los címbalos ahuyentaban? «Oh, Yuesheng, amigo mío, ciertamente estoy endiablado.»

Incluso el cielo se había teñido de blanco, el color del luto, en señal de dolor por la pérdida de Yuesheng. El carruaje con el ataúd, a la cabeza de la procesión solemne, iba cubierto con telas de seda blanca, y tirado por cuatro hombres, vestidos del mismo color que de ese modo proclamaban su tristeza. Sacerdotes budistas, con sus túnicas color azafrán, hacían sonar los tambores mientras lanzaban pétalos a lo largo del tortuoso camino que conducía al templo. Chang sintió que la mejilla de la muchacha le rozaba el hombro, porque la multitud se apretujaba a su alrededor.

– El hombre de la túnica blanca, larga, y el ma-gua [4]-le susurró-, el que se postra en el suelo tras el ataúd, es el hermano de Yuesheng.

– ¿Y quién es el hombre corpulento de la…?

– ¡Shhh! No hables. Y mantén la cabeza baja. -Chang miró por encima del hombro, y constató que nadie les prestaba atención.

– Ese hombre es el padre de Yuesheng.

Los cánticos de los sacerdotes ahogaron sus palabras.

– ¿Qué lanzan al aire esas personas?

– Son billetes falsos. Para aplacar a los espíritus.

– Qué lástima que no sean de verdad -susurró, al ver pasar uno de cincuenta dólares volando sobre su cabeza.

– ¡Shhh!

Lydia no dijo nada más. Tranquilizaba saber que la muchacha-zorro era capaz de mantener la boca cerrada. Mientras avanzaban lentamente hacia el templo, a la mente de Chang acudieron recuerdos de Yuesheng, y del vínculo que compartieron. Siempre le había pesado que su amigo llevara tres años sin hablar con su padre por la rabia que le tenía. Tres largos años. A sus antepasados no les gustaría que no hubiera cumplido con su deber de respeto filial, pero el padre de Yuesheng no era persona fácil de honrar.

Una vez en el templo, frente a las estatuas de Buda y Kuan Yin, colocaron el ataúd en el altar. El incienso impregnaba el aire, y los monjes entonaban sus oraciones. Cintas blancas, flores blancas, delicados alimentos, frutas, dulces, todo dispuesto para Yuesheng. Las plañideras se postraban en el suelo del templo como mantos de nieve. Más tarde empezó la quema. En una gran urna de bronce, los monjes elevaban sus oraciones junto con el humo de los objetos de papel quemados, para que el difunto los usara en la otra vida: una casa, herramientas, muebles, una espada y un rifle, incluso un coche y unas fichas de mah-jongg y, lo más importante de todo, láminas de oro y plata. Todo devorado por las llamas.

Chang observaba el humo elevarse hasta convertirse en el aliento de los dioses, y sintió que una sensación de paz empezaba a apoderarse de él. El dolor, agudo como herida de cuchillo, remitía. Yuesheng había muerto como un valiente. Y ahora su amigo estaba a salvo, y cuidarían de él, pues ya había cumplido con su misión.

En ese instante alzó la vista y vio la figura corpulenta que se alzaba frente a las plañideras, y supo que la suya no había hecho más que empezar.

– Tú fuiste quien me trajo el cuerpo de mi hijo, y por ello estoy en deuda contigo. Pídeme lo que quieras.

El padre llevaba una cinta blanca anudada a la frente. Su casaca acolchada y bordada, del mismo color, y sus pantalones, lo hacían parecer más ancho de hombros y de muslos. El fajín que rodeaba su gran cintura estaba decorado con perlas, que formaban la figura de un dragón.

Chang le hizo una reverencia.

– Ha sido un honor servir a mi amigo.

El hombre lo observó con atención. Su gesto era duro, sus ojos, taimados. A Chang no le parecía ver dolor en ellos, pero el padre de su amigo no era de los que revelaban fácilmente sus emociones.

– Le habrían cortado los miembros y los habrían esparcido por cualquier parte si tú no hubieras cargado con su cuerpo y me lo hubieras traído. El Kuomintang lo hace así para asustar a los demás. El espíritu de mi hijo habría tardado muchos años en encontrarlos todos antes de regresar entero con nuestros antepasados. Por eso te doy las gracias.

Ahora fue él quien le hizo la reverencia.

– Mi corazón se alegra por su hijo. Su espíritu se alegrará al saber que ofrece un regalo a cambio.

El padre entrecerró los ojos.

– Lo que quieras te lo daré.

Chang dio un paso al frente, para acercarse más a él, y bajó la voz.

– Su hijo entregó la vida por aquello en lo que creía, que era abrir las mentes del pueblo de China a las palabras de Mao Tse.

– No me hables de eso. -El padre volvió la cabeza, con gesto displicente, y el músculo de la mandíbula se contrajo-. Y di que quieres.

– Una imprenta. -El resoplido sonó con fuerza-. La de su hijo fue destruida por el Kuomintang.

– He dado mi palabra. La imprenta será tuya.

Chang volvió a bajar la cabeza en señal de respeto.

– Honra grandemente la memoria de su hijo, Feng Tu Hong.

El padre de Yuesheng volvió la espalda a Chang, y se alejó, camino del banquete del funeral.

Debía llevar a casa a la muchacha-zorro. Ya había visto suficiente. Si se quedaba, la descubrirían. Los invitados ya no se lamentaban, moviendo las cabezas, sino que las echaban hacia atrás al dar sorbos de maotai, y charlaban como palomas. No tardarían en darse cuenta de su presencia. Miró hacia atrás para ver si seguía a su lado, y se preguntó qué sucedería si le quitaba el sombrero de paja. ¿Los espíritus de fuego de sus cabellos recorrerían la multitud de invitados y extraerían de sus lenguas la verdad: que no habían sido amables con Yuesheng mientras vivía?

– ¿Se lo has pedido?

Era Kuan, su camarada del sótano. Había aparecido de pronto frente a él, vestida de negro, y no de blanco, con un zurrón a la espalda. Chang no esperaba verla en el funeral, pues su trabajo en la fábrica no le dejaba tiempo libre, y apenas la vio se alejó unos pasos de la muchacha-zorro.

– Sí, le he pedido el regalo, y me lo ha concedido.

Los ojos rasgados, oscuros, de Kuan, se abrieron mucho, incrédulos.

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