Kate Furnivall - La Concubina Rusa

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Año 1928. Exiliadas de Rusia tras la revolución bolchevique, Lydia Ivannova y su madre hallan refugio en Junchow, China.
La situación de los rusos, expulsados de su país sin pasaporte ni patria a la que regresar, es muy difícil. La ruina económica las acecha y Lydia, consciente de que tiene que exprimir su ingenio para sobrevivir, recurre al robo.
Cuando un valioso collar de rubíes (regalo de Stalin) desaparece, Chang An Lo, amenazado por las tropas nacionalistas a la caza de comunistas, interviene en la vida de Lydia y la salva de una muerte segura.
Atrapados en las peligrosas disputas que enfrentan a las violentas Triadas (organizaciones criminales de origen chino) de Junchow, y prisioneros de las estrictas normas vigentes en el asentamiento colonial, Lydia y Chang se enamoran y se implican en una lucha atroz que les obliga a enfrentarse a las peligrosas mafias que controlan el comercio de opio, al tiempo que su atracción sin fin se verá puesta a prueba hasta límites insospechados.

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– Hola, señor Mason. No sabía que le interesara la fotografía.

Mason se sobresaltó, y estuvo a punto de soltar el ejemplar, pero casi al momento recobró la compostura y volvió la cabeza, despacio. Su expresión era amable, pero el traje oscuro le daba un aire autoritario y distante.

– ¡Vaya! No esperaba encontrarte aquí, Lydia. Estoy muy sorprendido. ¿No deberías estar en casa haciendo los deberes?

– He venido a buscar unos libros.

– Pues date prisa. La señora Barker quiere cerrar.

– Sí, ahora voy.

Pero pasó los dedos, lentamente, por una hilera de libros de poesía que le quedaban delante, esperando a ver si el señor Mason dejaba el libro de fotografía en su sitio, como, en efecto, hizo.

– ¿Sabe lo que de verdad me apetecería, señor Mason? -Ni siquiera se molestó en mirarle a los ojos.

– ¿Qué?

– Un helado.

Su interlocutor logró esbozar una sonrisa.

– Entonces permíteme que te invite a tomarlo, Lydia.

Había empezado a llover de nuevo, una lluvia fina y afilada, cuando aún no había llegado a casa. En la buhardilla encontró a su madre, que se preparaba para salir esa noche, y sintió una punzada de decepción. Ah, sí, el empleo nuevo. Por un momento lo había olvidado. El trabajo como bailarina. Con él pagaría el alquiler y, además, era lo que quería, ¿no? De modo que no debía quejarse, aunque tampoco le apetecía quedarse sola. Esa noche no. Valentina tenía mucha mano haciéndose nuevos peinados, y los ojos le brillaban de impaciencia.

No podía ser sólo por el trabajo.

– ¿Va a venir Alfred esta noche también? -Lydia recogió del suelo una de las horquillas de su madre y despegó dos largos pelos negros de ella, que se enrolló en un dedo.

Su madre tarareaba un fragmento de la Quinta Sinfonía de Beethoven, pero se calló para aplicarse el carmín en los labios que Lydia tanto le gustaba.

– Sí, cielo, va a pasar a recogerme. -Volvió la cabeza a un lado y a otro, frente al espejo, para ver el resultado-. Viene al hotel siempre que trabajo, y compra todos mis bailes. Es un amor.

– Qué ilusa eres, mamá.

– No seas ridícula -replicó su madre-. Nos está ayudando. ¿De dónde te crees que ha salido la cena de esta noche? -Señaló un gran pedazo de pastel de carne que reposaba en una fuente, junto a un melón y a una barra de pan francés-. Deberías estar agradecida.

Lydia no dijo nada, se sentó a la mesa y abrió uno de los libros de poesía que había sacado de la biblioteca. Hojeó sus páginas y, como si acabara de ocurrírsele, dijo:

– ¿Por qué no le invitas a subir un momento? Quiero darle las gracias personalmente.

Valentina dejó de empolvarse el cuello. Volvía a llevar el vestido azul marino, el que Alfred le había dicho que tanto le gustaba, pero Lydia estaba segura de que, a él, una tela de saco y un poco de ceniza le habrían parecido bien si las hubiera llevado su madre.

– ¿Por qué? -preguntó, desconfiada-. ¿Qué estás tramando?

– Nada.

– Tú siempre tramas algo, dochenka. Mira si no esta tarde, con el comisario. Te hablaba en serio cuando te he dicho que eres tan salvaje que merecerías unos buenos azotes.

– Lo sé, mamá.

Valentina se puso un collar de esmalte.

– ¡Qué bonito, mamá! ¿Es nuevo?

– Mmmm.

– Me portaré mejor, ya lo verás. Invita al señor Parker a casa antes de que os vayáis, por favor.

Valentina se pasó un dedo por la mandíbula, como buscando algún defecto.

– Supongo que tienes razón.

Alfred Parker sonrió a Lydia.

– ¡Qué bien!

Llevaba un traje elegante, gris marengo, y se había untado algo brillante en el pelo, que resplandecía. Por primera vez, a Lydia le pareció bastante aceptable. Lástima lo de las gafas. Estaba tomándose el vodka que ella le había servido, y ni siquiera comentó que lo había hecho en una taza. Lydia había vuelto a sentarse a la mesa, con su libro de poemas.

– ¿Tienes muchos deberes?

– Sí.

Se acercó más a ella y se fijó en el libro. El chaleco le olía a tabaco.

– Veo que es Wordsworth.

– Sí.

– ¿Te gusta la poesía?

– Sí.

– Ah.

– Lydochka -intervino Valentina, con una voz educada en exceso-. Creo que querías decirle algo a Alfred.

– Sí.

El invitado esbozó otra sonrisa.

Lydia aspiró hondo.

– Siento haberme portado mal con usted, y quiero agradecerle lo amable que es conmigo. -Miró el collar de su madre-. Con nosotras. Y por eso quiero entregarle esto.

Lo dijo más deprisa de lo que había ensayado mentalmente. Le alargó el pequeño envoltorio de fieltro, atado con el lazo rojo que había sacado de la sombrerera de Sun Yat-sen. Alfred parecía impresionado.

– Lydia, querida, no necesito ningún regalo, en serio.

– Quiero que lo tenga.

Incluso su madre parecía complacida.

– Gracias, qué bien -dijo, mientras aceptaba el regalo y, algo azorado, le daba un beso en la mejilla. Lydia sintió la aspereza de su barba en la piel. Cuidadosamente, Alfred tiró de la cinta y desenrolló la tela, sin duda esperando alguna baratija casera. Cuando vio el reloj de plata brillar en la palma de su mano, su rostro empalideció del todo, y tuvo que sentarse en el sofá.

Fue Valentina la que habló.

– Por Dios, pequeña, ¿de dónde diablos lo has sacado? Es precioso.

– De una casa de empeños.

Alfred Parker manipulaba el reloj, abría y cerraba la tapa, le daba cuerda, ajustaba las manecillas, parecía no cansarse nunca de tocarlo. Sin apartar la vista de él ni un segundo, dijo, emocionado.

– Es el mío.

– Sí.

– ¿Y cómo has sabido en qué casa de empeños estaba?

– Porque fui yo quien lo llevé ahí.

Valentina dedicó a Lydia una mirada asesina por encima del hombro de Alfred, y giró las dos manos, como si quisiera retorcerle el pescuezo.

Despacio, Alfred alzó la vista y la concentró en la muchacha, comprendiendo al fin.

– ¿Me lo robaste tú?

– Sí.

Parker meneó la cabeza.

– ¿Me estás diciendo que me robaste el reloj de mi padre?

– Sí.

Se llevó una mano a la boca, para reprimir las palabras que estaban a punto de salir de ella.

– Claro, por eso me preguntaste si era de mucho valor.

Lydia se sentía peor de lo que esperaba. Le había devuelto el reloj. Entonces, ¿por qué no se iba? ¿Por qué no se iba a bailar?

Pero no, Alfred se puso en pie y se acercó a ella, tanto que le veía los pelos de la nariz.

– Eres una niña muy, muy mala -le dijo con voz tensa, como si le doliera algo-. Rezaré por tu alma. -Con una mano sujetaba el reloj, mientras con la otra se aferraba a la mesa. Se notaba que habría querido decir muchas más cosas, pero no lo hizo.

– Ahora lo ha recuperado -musitó Lydia, sin bajar la mirada-. El reloj de su padre. Creía que se alegraría.

Sin decir nada, Alfred dio media vuelta y abandonó la buhardilla.

– Dochenka, ¡qué tonta eres! -le susurró Valentina-. ¿Qué has hecho?

Eran más de las doce cuando Lydia oyó regresar a su madre. Sus pasos en la habitación silenciosa y oscura resonaron con fuerza, los altos tacones repiquetearon sobre la tarima, pero Lydia siguió en la cama, de cara a la pared, fingiendo estar dormida. Se negó a abrir los ojos incluso cuando Valentina retiró la cortina y se sentó al borde de la cama, donde permaneció largo rato. Sin decir nada. Pero Lydia oía su respiración irregular, el roce los dedos sobre la falda, como si éstos se movieran tan deprisa como sus pensamientos. El reloj de la iglesia dio las doce y media, y tras lo que pareció una eternidad, la una. Sólo entonces Valentina le habló.

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