– Tienes suerte de conservar la cabeza sobre los hombros. Podría haber acabado metida en un cubo. -Se acercó a él-. ¿Te ha advertido? ¿Te ha aconsejado que no sigamos imprimiendo carteles y panfletos?
– No. Para qué. Nos odia, como odiaba a su hijo.
Kuan sonrió.
– No te lamentes tanto, Chang An Lo. Yuesheng murió haciendo lo que debía, y ahora es feliz.
– Lo será aún más cuando logremos la libertad para esta desdichada China -murmuró Chang con furia. Aspiró el aire perfumado-. Y el padre de Yuesheng contribuirá a que ese día llegue antes. Lo quiera o no.
– Pareces cansado, amigo -le dijo Alfred Parker, deteniéndose para limpiar de restos de tabaco el fondo de la pipa-. Tienes los ojos hinchados.
Theo se pasó la mano por ellos. Los sentía irritados, arenosos.
– Sí, la verdad es que no me encuentro muy bien. Llevo varios días sin dormir bien.
– No estarás preocupado por aquello de Mason, ¿verdad? Creía que me habías dicho que lo habías solucionado.
– Sí, no es por eso. Es que tengo que corregir los exámenes finales, y me quedo trabajando hasta tarde.
Además, las últimas tres noches las había pasado a bordo de barquitas de papel, flotando en el río. Observando la oscuridad horas y horas. La última de ellas había llovido a cántaros. Con todo, las «capturas» nocturnas iban bien, y a Theo le sorprendía constatar lo rápidamente que crecía su parte de plata al final de cada salida. Y eso sólo podía significar una cosa: que cada vez se aventuraban más, que los cargamentos eran mayores, que asumían más riesgos. Confiaban en su palabra. Y él confiaba en la de Mason.
No era de extrañar que pareciera cansado.
Parker y él se encontraban en la tetería preferida de Theo. El periodista le había pedido que se vieran, y había aceptado su propuesta de quedar ahí, venciendo sus escrúpulos sobre higiene y corrección. El té sin leche no era precisamente su idea de lo que debía ser un té, pero comentó que le interesaba conocer una tetería china tradicional, y ampliar de ese modo su comprensión de los nativos. Theo se echó a reír al oírlo. Tal vez su compatriota fuera buen periodista en relación con los asuntos europeos en China, pero jamás llegaría a comprender a los autóctonos. Cuando la joven delgada, vestida con su cheongsam de cuello alto, les trajo la tetera sencilla, de barro cocido, y sirvió la bebida rojiza en las diminutas tazas, Alfred le sonrió tan efusivamente que ella meneó la cabeza y, con ella, señaló hacia el piso de arriba. Theo sabía que a su amigo no le cabía en la cabeza que ella pensara que le estaba proponiendo mantener una relación sexual, y que le estaba indicando que las muchachas de vida alegre se encontraban en las habitaciones de la primera planta, dispuestas a ofrecerle la luna y las estrellas. Por un puñado de dólares, claro está.
A su alrededor, en las mesas bajas, de bambú, zumbaban las voces discordantes de los mercaderes y los banqueros chinos, e incluso las de algunos diplomáticos japoneses, bien vestidos y bien alimentados, todo hombres, a quienes no afectaba la escasez de alimentos.
El lugar era alegre, colorido, y contagiaba a los clientes la sensación de que eran afortunados. Farolillos de un rojo intenso, leones dorados, vistosos pájaros cantores encerrados en jaulas profusamente decoradas, ahuyentaban las preocupaciones, mientras una muchacha de cabellos más negros que un ala de cuervo tocaba una dulce melodía con su chin, el laúd chino. El chasquido de las fichas de mah-jongg no cesaba ni un instante. Por lo general, Theo se sentía en paz allí, pero ese día algo era distinto. No sabía cómo pero parecía haber perdido la calma. La «paz» se encontraba muy lejos de él en ese momento.
– Y dime, Alfred, ¿qué es eso tan urgente? ¿Qué es eso de lo que tanto te interesa hablar?
– Me pediste que indagara en el pasado de Christopher Mason, ¿recuerdas? Ya me has dicho que habéis solucionado vuestras diferencias, pero, aun así…
Theo se echó hacia delante.
– ¿Has encontrado algún esqueleto en su armario?
– No exactamente.
– ¿Entonces qué?
– Sólo unas pocas irregularidades.
– ¿Cómo por ejemplo?
– Para empezar, no es lo que parece. Sus padres regentaban una pequeña ferretería en Beckenham, Kent. De modo que no es el exportador-importador que dice ser.
– Vaya, vaya, de modo que el progenitor de Mason era hombre de delantal. Interesante.
– Y hay más.
Theo sonrió.
– Alfred, eres un diamante de muchos quilates.
Parker volvió a interrumpirse para cargar la pipa.
– Su primer trabajo lo obtuvo en el departamento de aduanas y aranceles de Londres. Y se dice que no hacía ascos a comerciar con ciertos productos de contrabando que confiscaba: coñac francés, perfume, cosas así.
– ¿Por qué será que no me sorprende?
– Finalmente fue trasladado al departamento de planificación, pero sólo tras un conato de escándalo que lo salpicaba a él y a la esposa. Parece que a la mujer le gustaba el trato duro… y él se lo proporcionaba. -Parker, incómodo, arrugó la frente-. No son cosas propias de un tipo decente.
A Theo le conmovió la ingenuidad de su amigo. Había algo tan indefenso en él… Su propia inocencia había muerto de un disparo hacía diez años en una oficina de Kensington, y desde entonces siempre había esperado encontrarse con el lado malo de la gente. Así parecía ser. Invariablemente. Por eso le gustaba enseñar. Los niños eran material en bruto, y para ellos todavía había alguna oportunidad. Y también estaba Li Mei, por supuesto. Li Mei le daba esperanzas.
Pero Parker era un tipo raro, porque sus cantos más brillantes seguían intactos, ni apagados ni desportillados por la realidad. Algo poco frecuente en los tiempos que corrían. Y bastante vivificante, a su modo. Además, ese día se veía distinto, más radiante que nunca.
– Y -Parker prosiguió, bajando la voz- dejó su trabajo en planificación tras sólo dieciocho meses.
– Dame más datos.
– Rumores, nada definitivo, entiéndelo bien.
– Sigue, sigue, hombre.
– Sobornos.
– Ah.
– Dinero por debajo de la mesa. Edificios que se construían donde no debían construirse, y esas cosas. Y dejó el cargo de un día para otro y se embarcó rumbo a Junchow. Sólo Dios sabe cómo consiguió meterse en el departamento de educación aquí, pero al parecer se le da bien lo que hace, aunque quienes están a sus órdenes no lo tengan en buena estima. Con todo, no he logrado sacarles nada más. Tendrán miedo a perder el trabajo, supongo.
– ¿No lo tendrías tú?
Parker pareció sorprendido.
– Por supuesto que no. No si viera que existe corrupción.
La joven llegó entonces con otra tetera humeante, y volvió a llenarles las tazas.
– Xie xie -dijo Parker-. Gracias.
A Theo casi se le atragantó el té.
– ¡Muy bien dicho, Alfred!
– Bueno, me ha parecido que, mientras esté aquí, es buena idea aprender algo de su dialecto. Para mi trabajo va a resultarme útil y, además, quiero impresionar a una persona.
Theo vio que su amigo se ruborizaba.
– Alfred, eres un perro astuto. ¿Quién es la afortunada? ¿La conozco?
– Sí, de hecho creo que sí. Es la madre de una de tus alumnas.
– No será Anthea Mason.
Parker pareció ofendido.
– Por supuesto que no. La dama en cuestión se llama Valentina Ivanova.
Apenas pronunció el nombre, una sonrisa tímida asomó a sus labios.
– Por el amor de Dios, Alfred -exclamó Theo-. Debes estar loco. Estás pidiendo problemas a gritos.
Parker parpadeó, perplejo ante lo inesperado de la respuesta.
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