Peter Sloterdijk - El imperativo estético

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Un libro que perfectamente se puede considerar como el canon estético de Peter Sloterdijk.
En el presente libro, Peter Sloterdijk toca todos los géneros modernos de las artes, desde la música hasta la arquitectura, desde el uso de la luz hasta las artes vivas, desde el diseño hasta la tipografía. Transita por todos los campos de lo visible y lo invisible, de lo audible y lo inaudible, en un arco histórico que se extiende desde la Antigüedad hasta Hollywood. Cuando aplica su particular método de distanciamiento del discurso a la contemplación de obras y géneros artísticos, los objetos descritos se muestran súbitamente bajo una luz diferente, y con su despierto y combativo sentido de la actualidad nos conduce lejos, muy lejos de los caminos trillados del comentario artístico.
A lo largo de sus páginas se despliega la manera singularísima, a un tiempo jovial y seria, con que el gran filósofo alemán analiza los fenómenos estéticos más dispares, caracterizando lo estético del arte y de las artes.

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Damas y caballeros: quisiera dar la última palabra a un autor al que hace unas semanas el público alemán recordó con ocasión del centenario de su muerte. Friedrich Nietzsche fue probablemente el primero en referirse a las posteriores dificultades de escuchar música clásica de una manera que habla directamente a la conciencia contemporánea. En el aforismo 153, «El arte apesadumbra el corazón del hombre», señala el autor de Humano, demasiado humano:

Cuán intensa es la necesidad metafísica y cuán difícil se le hace a la naturaleza separarse finalmente de ella puede desprenderse del hecho de que aun en el librepensador, cuando se ha emancipado de todo lo metafísico, los efectos máximos del arte producen fácilmente una resonancia de la cuerda metafísica ha mucho enmudecida, incluso rota, como por ejemplo en un pasaje de la Novena sinfonía de Beethoven en el que se siente flotar sobre la tierra en una cúpula sideral, con el sueño de la inmortalidad en el corazón: todas las estrellas parecen titilar en torno a él y la tierra hundirse cada vez más. Si toma conciencia de este estado, de seguro siente en el corazón una profunda punzada y suspira por el hombre que le devuelva a la amada perdida, llámese religión o metafísica. En tales momentos se pone a prueba su carácter intelectual [8].

¿Dónde estamos cuando escuchamos música?

En el camino de ida y en el camino de vuelta

La filosofía conoce una locura, de la que la psiquiatría nada sabe. Piensen en Hannah Arendt, intelectual juiciosa donde las haya, que escribió un serio tratado sobre la pregunta «¿Dónde estamos cuando pensamos?», o en Valentín y Basílides, los teólogos gnósticos de la Antigüedad tardía, que emplearon buena parte de sus energías en hallar una respuesta a la pregunta «¿Dónde estamos cuando nos encontramos en el mundo?». Los pensamientos extraños excluyen las ideas nobles tan poco como la locura el método. Pero que también haya beneficios racionales de la locura que son más que distorsiones del lenguaje, es una de las lecciones que cabe extraer de las reflexiones musicales profundas.

En los últimos años, el oído ha venido a hablar filosóficamente, como si este hijastro de la teoría del conocimiento de repente hubiera interesado a multitud de atentos padres adoptivos. De hecho, la filosofía occidental de la luz y la visión tuvo en sus días de esplendor, entre Platón y Hegel, una relación desdeñosa con las realidades del oído. Un rasgo fundamental de la metafísica occidental era su ontología ocular, fruto de la sistematización de una visión exterior e interior. El sujeto del pensamiento se presentó como vidente no sólo de cosas y arquetipos, sino finalmente también de sí mismo como alma que ve –una manifestación local de la visión absoluta–. Podríamos llamar a los miembros del gremio visionarios argumentativos. Quizás haya también que ver en esto –desde que los Jóvenes Hegelianos hablaron del «fin de la metafísica»– un síntoma de que la inflación mediática de imágenes se acercó a un máximo fuera del cual la absolutización de la visión ya no podía sostenerse [9]. El prejuicio occidental en favor de los ojos a costa de los oídos ya no aturdía a todos los participantes en la discusión sobre lo que los griegos llamaban las grandes cosas. Ante este avance, se podía vivir con la sospecha de que el popular pietismo auditivo era parte de una renovada revolución conservadora con que un tipo humano como el viejo europeo, que reclamaba los restos de interioridad, intentaba retrasar en unas generaciones su hundimiento en la desinteriorizada civilización de los medios.

La diferencia entre una relación con el mundo primariamente visual o auditiva tiene un significado inmediato respecto a la inu­sitada pregunta de dónde estamos cuando escuchamos. Para ver algo, el vidente debe situarse a cierta distancia de lo visible. Esta separación espacial y esta posición frontal invita a suponer que existe una brecha entre sujetos y objetos que es no sólo espacial sino también ontológicamente importante. Como última consecuencia, los sujetos se conciben como observadores carentes de mundo que mantienen una como relación exterior con un cosmos siempre apartado de ellos; la subjetividad sería entonces, en analogía con una divinidad predominantemente teórica, primariamente contemplativa y secundariamente activa. Si el mundo de los ojos es un mundo de distancias, la subjetividad ocular lleva aparejada la inclinación a interpretarse como un testigo del mundo en última instancia no implicado en él. El sujeto que ve, se halla «al margen» del mundo como un ojo sin mundo ni cuerpo ante un panorama –contemplación olímpica y teología óptica son dos caras de la misma moneda–. Para los pensadores que, por el contrario, querían interpretar la existencia desde el hecho de la audición, era inconcebible el alejamiento del sujeto observador hasta el imaginario límite exterior del mundo, porque la naturaleza de la audición excluye todo lo que no sea estar en el modo del ser-en-el-sonido. Ningún oyente puede imaginarse estar al margen de lo audible. El oído no sabe de ningún enfrente, no desarrolla una «vista» de objetos distantes, porque tiene «mundo» u «objetos» sólo en la medida en que está en medio del acontecer acústico –también se podría decir: mientras flote o se sumerja en el espacio auditivo–. Una filosofía de la audición sólo sería posible como teoría del ser-en, como interpretación de esa «intimidad», que, en el estado humano de vigilia, es sensible al mundo. El que la liaison entre oído e intimidad no pueda ser exclusiva, nos recuerda el hecho de que los seres humanos reaccionen generalmente a lo audible del mismo modo que a la visión de cosas distantes: objetivador y distraído, no íntimo y sin contacto físico, característico de la autoprotección y el distanciamiento. No es posible, por lo tanto, derivar solamente de la audición la aparición de la intimidad despierta, como tampoco lo es convertir a nadie en un místico diciéndole que es un ser-en-el-mundo.

¿Dónde estamos cuando escuchamos música? La pregunta es lo suficientemente extraña como para evocar la transición de imaginar objetos a vivir en un/os medio/s. Pero el comportamien­to propio de vivir en un medio no lo revelan con frecuencia los signos de participación de los sujetos en todo lo que los rodea, sino la inmersión de estos en sí mismos. Recuerdo las «ausencias» socráticas, que todavía marcan con invisibles signos de interrogación el comienzo de la filosofía europea. Tanto Jenofonte como Platón cuentan que Sócrates tenía la costumbre de volver repentinamente «su espíritu hacia sí mismo» y quedarse «sordo a las palabras que más insistentemente le dirigían»; cuando esto sucedía, continuaba imperturbable con sus ocupaciones del momento. En una ocasión, durante una acampada militar, permaneció veinticuatro horas en el más completo ensimismamiento, inaccesible a toda señal del mundo exterior. Nadie considerará tales episodios como una prueba de musicalidad, pero la pregunta de dónde estaba el pensador durante sus ausencias es difícil de responder sin mención de un mundo de voces y sonidos interiores cuya presencia puede ser más poderosa que cualquier ruido exterior. Si el filósofo se había transportado a una esfera que para los mortales corrientes no parece ser de este mundo, su inmersión en un estado de sordera para los ruidos exteriores es relevante en un sentido acústico profundo. Tal estado está tan esencialmente conectado con lo que llamamos inspiración o ensimismamiento, que no podríamos especificar lo que es el alma sin decir también que es audición autorreferencial. Si Sócrates hubiese hablado de sus raptos, habría dicho que eran estados en los que el mundo queda transitoriamente en suspenso sin que se interrumpa el continuo de la presencia anímica de sí mismo. Oigo voces, luego Dios me hace pensar; algo me susurra algo, así que no puedo no pensar en las grandes cosas. Tal vez Sócrates habría dicho que era un experto en suspensiones discrecionales del mundo. Los trances enstáticos del protofilósofo euro­peo eran un sueño de razón que no producían monstruos, sino voces interiores, ideas y teoremas. Estar lejos de todo lo que acaece, creó la condición para un despertar que nos hace asombrarnos de que exista algo.

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