Rafael Fiol Mateos - Pedro Casciaro

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Pedro Casciaro fue uno de los primeros que siguió a san Josemaría en el Opus Dei. Ordenado sacerdote, comenzará el Opus Dei en México, donde impulsará también importantes proyectos de promoción social. El relato de su vida constituye una bella historia de servicio, buen humor y sentido de fidelidad.

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Don Josemaría, en aquellas entrevistas de dirección espiritual, lo dejaba hablar y lo escuchaba con mucha atención, sin interrumpirlo. Le preguntaba por sus padres, por sus estudios y por su lucha interior de la última semana. Al final hablaba él, para darle los consejos oportunos.

EL ORATORIO DE LA RESIDENCIA

Un día de marzo de 1935 la conversación se desarrolló de modo distinto: don Josemaría habló desde el principio. Su alegría contagiosa, su optimismo y su buen humor parecieron a Pedro mayores de lo habitual: estaba gozoso, radiante. La causa era que el obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay[26], había concedido autorización para reservar el Santísimo Sacramento en el oratorio de la residencia.

Pedro no entendía muy bien todo lo que esto suponía, porque no estaba al corriente de los ordenamientos canónicos vigentes acerca de la reserva eucarística. Pero le parecía que el obispo podía haber dado antes aquel permiso, pues le constaba cómo se vivía la fe en DYA y veía en el Padre un sacerdote santo, inteligente y piadoso, plenamente merecedor de que se depositara en él esa confianza.

No expuso al Padre esas consideraciones, pero sí le hizo preguntas propias de quien no está muy al corriente de estas cuestiones: si el Santísimo se quedaba también por las noches en las iglesias y cuánto tiempo podía quedarse solo el Señor, porque había visto que a veces en los templos no había nadie. El sacerdote fue contestando a sus preguntas, dándole una lección de fe y de amor a la Eucaristía, que lo impulsó a tener más devoción a Jesús sacramentado. Varias ideas de aquella conversación las encontraría más adelante en Camino:

No seas tan ciego o tan atolondrado que dejes de meterte dentro de cada Sagrario cuando divises los muros o torres de las casas del Señor. —Él te espera.

¿No te alegra si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!?

Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz. Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! (“Nuestra” Misa, Jesús...).

No dejes la visita al Santísimo. —Luego de la oración vocal que acostumbres, di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada. —Y tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano[27].

Don Josemaría le habló también del nuevo sagrario y le transmitió, emocionado, este anhelo: «El Señor jamás deberá sentirse aquí solo y olvidado; si en algunas iglesias a veces lo está, en esta casa donde viven tantos estudiantes y que frecuenta tanta gente joven, se sentirá contento rodeado por la piedad de todos, acompañado por todos. Tú ayúdame a hacerle compañía...»[28].

El joven aspirante a arquitecto quedó profundamente conmovido al palpar la devoción del Padre a Jesús eucarístico y decidió tomar una resolución: como la Escuela de Arquitectura quedaba relativamente cerca de la academia DYA, «me comprometí gustoso a ir tantas veces como pudiera para hacer un poco de oración delante del Sagrario, y también a comenzar la costumbre de “asaltar” Sagrarios»[29]. Seguramente fue ese el día —según contaba después— en que san Josemaría le enseñó la oración de la comunión espiritual, que desde entonces recitó a menudo[30].

Las palabras de aquel joven sacerdote tuvieron una eficacia insospechada. A la vuelta de los años, Pedro comentaba que, muchas veces, cuando releía las homilías del Padre sobre la Eucaristía o escuchaba su catequesis, cuando estuvo en México, le venía a la memoria la primera vez que lo oyó hablar de la maravilla del amor de Cristo de haber querido permanecer entre los hombres, en todos los sagrarios del mundo[31].

Con el tiempo, Pedro fue profundizando en la devoción de san Josemaría a Jesús sacramentado y pudo comprender mejor su inmenso gozo cuando el obispo le concedió aquella autorización. Daba gracias a Dios por esa gran lección, por haberle confiado esa noticia y por haberla vivido tan de cerca: el primer sagrario de un centro del Opus Dei.

LOS CÍRCULOS DE SAN RAFAEL[32]

Después de esa conversación, comenzó a asistir a los círculos o clases de doctrina cristiana que impartía don Josemaría. Quienes lo escuchaban, notaban que amaba a Dios de veras, con pasión de enamorado, y que portaba en su corazón el deseo ardiente de acercar al Señor muchas almas. Pedro recordaba: «El Padre aludía con frecuencia, en aquellas charlas, al fuego del amor de Dios: nos decía que teníamos que pegar este fuego a todas las almas con nuestro ejemplo y nuestra palabra, sin respetos humanos; y nos preguntaba si tendríamos entre nuestros amigos algunos que pudieran entender la labor de formación que se llevaba a cabo en la residencia»[33].

En los meses siguientes, Pedro llevó a la academia de Ferraz a cuatro o cinco amigos de la Escuela de Arquitectura, entre ellos, a Ignacio de Landecho. «Desde que, como un provinciano despistado, aparecí en 1932 en la Facultad de Ciencias de la calle de San Bernardo —recordaba Casciaro—, Ignacio de Landecho y yo nos hicimos buenos amigos»[34]. Como hemos anticipado, ambos coincidían en la universidad y en las clases de dibujo del pintor José Ramón Zaragoza. Estudiaban por las noches en el cuarto de Pedro, en la pensión de la calle de Arenal. Iban juntos a las aulas de la facultad y a la Academia Górriz.

Eran amigos de verdad y, como tales, compartían confidencias y sucesos. Pedro ya le había hablado de don Josemaría y de la Academia DYA. Posteriormente lo invitó a ver la residencia. Ignacio accedió, conoció el ambiente de aquella casa y comenzó a asistir a los círculos que daba el Padre. En poco tiempo tomó mucho cariño a la Obra[35].

UN ABRIGO MUY ELEGANTE

Un rasgo característico de Pedro fue su finura de espíritu. La finura de espíritu es una actitud moral que consiste esencialmente en la atención al otro[36]. Esta cualidad perfecciona el espíritu humano, haciéndolo cada vez más delicado. Efectivamente, la persona fina no solo es moralmente recta, sino que capta, percibe con delicadeza, los detalles.

Pedro tenía esta virtud, porque se volcaba en una atención activa a los demás. Tendremos ocasión de recordar muchos ejemplos de este rasgo de su personalidad. Por el momento, puede servir como botón de muestra esta anécdota de su juventud que relata su hermano José María:

Hacia 1935, al llegar a Albacete de vacaciones, recuerdo que le habló a nuestra madre de un abrigo que le había visto llevar a una señora muy elegante días antes en Madrid. Mi madre, con intención, le pidió que le esbozase un dibujo para hacerse mejor idea. Pedro tomó unos papeles e hizo los trazos pertinentes del conjunto y de algunos detalles. Pocos días después llevó mi madre los dibujos a su modista, que encontró perfectos los diseños y le confeccionó sin dificultades la prenda[37].

VERANO EN LOS HOYOS

La santificación del trabajo, aspecto esencial de la espiritualidad del Opus Dei[38], supuso para Pedro un ensanchamiento de sus grandes ilusiones profesionales. En la convocatoria de junio de 1935, después de haber superado los dos primeros años de la licenciatura en Matemáticas, consiguió el ansiado ingreso en la Escuela de Arquitectura. Había logrado un buen nivel de rendimiento académico en sus primeros años universitarios.

Al llegar el verano, Pedro dejó Madrid y se fue a Torrevieja, a la finca familiar de Los Hoyos. Habían pasado seis meses desde su primer encuentro con san Josemaría, al que siguieron las sucesivas conversaciones y los círculos. Durante aquellos tres meses de vacaciones en el litoral mediterráneo, su relación con la Obra consistió en recibir cada mes unas letras del Padre y un ejemplar de Noticias[39].

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