Sophie Love - Por y Para Siempre

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“Una novela muy bien escrita que describe la lucha de una mujer (Emily) para encontrar su verdadera identidad. La autora ha hecho un trabajo magnífico en la creación de los personajes y en sus descripciones del entorno. El romance está ahí, pero sin sobredosis. Se merece puntos extra por este fantástico comienzo de una serie que promete ser de lo más entretenida.”--Books and Movies Reviews, Roberto Mattos (de Por Ahora y Siempre)¡POR Y PARA SIEMPRE es el segundo libro de la serie romántica LA POSADA DE SUNSET HARBOR, que se inicia con el primer libro POR AHORA Y SIEMPRE!Emily Mitchell, de 35 años, acaba de dejar su trabajo, su apartamento y su exnovio en Nueva York y, necesitada de un cambio en su vida, se ha marcado a la casa abandonada de su padre en la costa de Maine. Tras invertir los ahorros de su vida en restaurar el viejo hogar histórico, y con una relación naciente con el cuidador del edificio, Daniel, Emily se está preparando para abrir la Posada de Sunset Harbor con la llegada del Día de los Caídos.Pero no todo va según lo planeado. Emily aprende muy pronto que no tiene ni idea de cómo gestionar un hostal, y la casa, aún a pesar de sus esfuerzos, sigue necesitando arreglos nuevos y urgentes que no se puede permitir. Su codicioso vecino sigue decidido a darle problemas, y lo que es peor: justo cuando su relación con Daniel empieza a florecer, Emily descubre que éste oculta un secreto, uno que lo cambiará todo.Con sus amigos urgiéndole para que vuelva a Nueva York y su expareja intentando volver a ganarse su corazón, Emily tiene que tomar una decisión que cambiará su vida. ¿Intentará resistir y aceptar una vida en un pueblo pequeño en la vieja casa de su padre? ¿O le dará la espalda a sus nuevas amistades, a sus amigos, a su vida y al hombre del que se ha enamorado?POR AHORA Y SIEMPRE es el primer libro de un deslumbrante debut que se inicia con una serie en el género romántico, una serie que te hará reír, llorar, que te hará seguir leyendo hasta bien entrada la noche… y que conseguirá que vuelvas a enamorarte del romance.El segundo libro estará disponible en breve.

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―En un segundo ―dijo Daniel, dándole un empujoncito con el hombro―. Se acerca el desfile.

Emily miró calle abajo y vio a la banda del instituto local formando, listos para empezar la procesión. El tambor empezó a marcar el ritmo y se vio seguido rápidamente por los instrumentos de viento tocando «La Marcha de los Santos». Observó encantada mientras la banda pasaba frente a ellos, seguida de las animadoras vestidas con conjuntos a juego en rojo, blanco y azul, que recorrieron toda la calle dando volteretas hacia atrás y levantando las piernas.

Después desfiló un grupo de preescolares con las caras de mejillas redondeadas y angelicales pintadas. Emily sintió un pinchazo al verlos. Para ella tener niños nunca había sido una gran prioridad y no había tenido prisa alguna en convertirse en madre considerando la relación abismal que mantenía con la suya propia, pero ahora, al ver a aquellos niños en el desfile, comprendió que algo había cambiado en su interior. Ahora había un nuevo deseo, un pequeño anhelo que tiraba de ella. Miró a Daniel y se preguntó si él también lo sentía, si la imagen de aquellos niños adorables le hacía sentir lo mismo. Pero, como siempre, la expresión de Daniel era indescifrable.

El desfile continuó. Después les tocó a un grupo de mujeres de aspecto duro del equipo de roller derby local y pasaron saltando y corriendo sobre sus patines, seguidas de un par de zancudos y de una gran carroza echa con papel maché de la estatua de Abraham Lincoln.

―Emily, Daniel ―dijo una voz a sus espaldas. Era el alcalde Hansen junto a su ayudante Marcella, que parecía bastante agobiada―. ¿Estás disfrutando de la fiesta? ―preguntó el alcalde―. Si no recuerdo mal no es tu primer año, pero quizás sí sea el primero que recuerdas.

Soltó una risita inocente, pero Emily se agitó incómoda. Intentó adoptar una postura tranquila y feliz.

―Tienes razón. Por desgracia no recuerdo haber venido de niña, pero desde luego ahora la estoy disfrutando. ¿Qué tal tú, Marcella? ―añadió, intentando apartar la atención de sí misma―. ¿Es tu primer año?

Ésta asintió una vez de manera decidida y eficiente, y después volvió a centrarse en su portapapeles.

―No le hagas caso ―dijo el alcalde Hansen con una risita―. Es adicta al trabajo.

Marcella alzó la mirada sólo un segundo, pero fue suficiente para que Emily leyera la frustración en sus ojos. Estaba claro que la actitud relajada del alcalde la frustraba. Emily podía simpatizar con ella; ella misma había estado en la misma posición hacia tan solo seis meses, mostrándose demasiado seria y estresada y movida principalmente por la cafeína y el miedo al fracaso. Mirar a Marcella era como asomarse a un espejo y ver un reflejo de su juventud. Sólo podía esperar que Marcella aprendiese a relajarse y que Sunset Harbor la ayudase a suavizar la tensión que se había adueñado de ella aunque fuera sólo un poco.

―Bueno ―continuó el alcalde―, toca volver al trabajo. Tengo que dar unas medallas, ¿no, Marcella? La ceremonia de premios de la carrera de huevos con cuchara o algo así.

―Las Olimpiadas para Menores de Cinco ―contestó Marcella con una exhalación.

―Eso es ―repuso el alcalde Hansen, y los desaparecieron entre la multitud.

Daniel sonrió.

―Es imposible no enamorarse de este pueblo enloquecido ―comentó, rodeando a Emily con el brazo.

Ésta se acurrucó contra él, sintiéndose a salvo y protegida. Juntos miraron cómo desfilaba la conga, saludando a sus amigos cuando pasaron frente a ellos: Cynthia, de la librería, con su cabello naranja chillón y la ropa que nunca iba a juego; Charles y Barbara Bradshaw, de la pescadería; Parker, de la tienda al por mayor de fruta y verduras orgánicas.

Y entonces Emily distinguió a alguien entre el público que le heló la sangre en las venas. Allí de pie, vestido con unos pantalones a cuadros de golf y un suéter verde lima que a duras penas le cubría la barriga cervecera, estaba Trevor Mann.

―No mires ―susurró entre dientes, buscando la mano de Daniel para sentirse más segura―. Pero el señor Vecino Desdeñoso se ha unido a la fiesta.

Daniel, por supuesto, miró en su dirección al instante, y como si tuviera alguna clase de sexto sentido, Trevor lo notó. Los miró a ambos de reojo y sus ojos oscuros destellaron con malicia.

Emily hizo una mueca.

―¡Te he dicho que no mirases! ―regañó a Daniel mientras Trevor se abría paso hasta ellos.

―Sabes, hay una norma no escrita ―siseó Daniel en respuesta―, de que si le dices a alguien «no mires», lo primero que hará esa persona es mirar.

Era demasiado tarde para huir. Trevor Mann se echó sobre ellos, emergiendo de entre la multitud como alguna especie de horrible bestia con bigote.

―Oh, no ―gimió Emily.

―Emily ―la saludó Trevor con su falsa voz amistosa―, no te habrás olvidado de esos impuestos que debes, ¿verdad? Porque te aseguro que yo no.

―El alcalde me ha dado una prórroga ―contestó Emily―. Estabas en la reunión, Trevor, me sorprende que te lo perdieses.

―No me importa si el alcalde Hansen ha dicho que no hay prisa en que los pagues, eso no depende de él, sino del banco. Y me he puesto en contacto con ellos para hablarles de tu ocupación ilegal de la casa y del negocio ilegal que llevas en ella.

―Eres un capullo ―intervino Daniel, cuadrando los hombros de manera protectora frente a él.

―Déjalo ―dijo Emily, poniéndole la mano en el brazo. Lo último que necesitaba era que Daniel perdiera el control.

Trevor sonrió con suficiencia.

―La prórroga del alcalde Hansen no durará eternamente, y desde luego no tiene ningún peso legal. Y voy a hacer todo lo que esté en mi poder para asegurarme de que tu hostal se hunde y nunca vuelve a salir a flote.

CAPÍTULO TRES

Emily miró cómo Trevor se alejaba entre la gente.

En cuanto hubo desaparecido Daniel se giró hacia ella con un marcado ceño en el rostro.

―¿Estás bien?

Emily no pudo contenerse; se dejó caer contra su amplio pecho, apretando la cara contra su camisa.

―¿Qué voy a hacer? ―jadeó―. Los impuestos me arruinarán el negocio antes incluso de empezar.

―Ni hablar ―dijo Daniel―. Eso no pasará. Trevor Mann nunca ha mostrado interés alguno en tu propiedad hasta que apareciste y la convertiste en algo de deseable. Simplemente está celoso de que tu casa sea mucho mejor que la suya.

Emily intentó reírse de su broma, pero lo único que consiguió fue emitir un gorgoteo húmedo. La idea de dejarlo y volver a Nueva York como un fracaso pesaba en su mente.

―Pero tiene razón ―repuso ella―. El hostal nunca funcionará.

―No hables así ―la regañó Daniel―. Todo irá bien. Yo creo en ti.

―¿De verdad? ―preguntó―. Porque yo casi no lo hago.

―Bueno, pues quizás sea el momento de empezar a hacerlo.

Emily alzó la vista para mirarlo a los ojos y su expresión decidida le hizo sentir que quizás sí que pudiera hacerlo.

―Ey ―dijo Daniel, y sus ojos brillaron de repente llenos de travesuras―. Tengo algo que quiero enseñarte.

No parecía nada desanimado por la melancolía de Emily. La cogió de la mano y tiró de ella entre el público, llevándola en dirección al puerto deportivo. Se dirigieron juntos hacia la dársena.

―¡Tachán! ―exclamó, haciendo un gesto hacia el precioso barco restaurado que se mecía sobre el agua.

La última vez que Emily había visto aquel barco, a duras penas estaba en condiciones para echarse a la mar, pero ahora brillaba como si fuese nuevo.

―No me lo puedo creer ―tartamudeó―. ¿Has arreglado el barco?

Daniel asintió.

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