Volvió a girarse hacia la cómoda, ahora en silencio, y se puso unos pequeños pendientes de plata.
―Tendrá que servir ―dijo, desviando la mirada del reflejo de Daniel en el espejo para mirarse a sí misma, y su expresión pasó de ser la de una chica llena de pánico a la de una mujer de negocios decidida.
Salió con paso firme del dormitorio y se lo encontró todo sumido en el silencio. El pasillo del segundo piso era ahora imponente, con unas preciosas lámparas de pared y una araña en el techo que atrapaba la luz del sol matutino y la reflejaba en todas partes. El suelo de madera se había pulido hasta la perfección, añadiendo un toque rústico pero glamuroso.
Emily miró hacia la puerta que había al final de dicho pasillo, la puerta de la habitación que previamente había pertenecido a Charlotte y a ella. Restaurar aquella habitación había sido lo más difícil de todo, puesto que para ella había sido como borrar a su hermana. Pero todas las cosas de Charlotte estaban ordenadas con cuidado en un rincón especial del ático, y Serena, amiga de Emily y artista local, había creado algunas obras de arte asombrosas con la ropa de su hermana. Aun así, seguía sintiendo un cosquilleo en el estómago al saber que había un desconocido durmiendo al otro lado de aquella puerta, un desconocido al que ahora tenía que servirle el desayuno. En sus fantasías de convertir la casa en un hostal nunca había llegado a imaginar cómo sería realmente, qué aspecto tendría ni cómo se sentiría al respecto. De repente le parecía que no estaba preparada en lo más mínimo, como si fuera una niña jugando a ser adulta.
Recorrió el pasillo hacia las escaleras asegurándose de hacer el mínimo ruido posible. La nueva alfombra color crema era esponjosa bajo sus pies, y no pudo evitar mirarla con adoración. La transformación de la casa había sido una auténtica maravilla que contemplar. Todavía quedaba trabajo por hacer: el tercer piso en concreto era un completo desastre, con habitaciones en las que todavía ni había entrado, y aquello sin mencionar los demás edificios de la propiedad que contenían una piscina abandonada y todo un ejército de cajas que organizar. Pero lo que había conseguido hasta el momento con una pequeña ayuda de la amable gente de Sunset Harbor todavía le sorprendía. La casa le parecía ahora una amiga, una que todavía tenía secretos que compartir. De hecho, había una llave en concreto que estaba demostrando ser todo un misterio; no importaba lo que intentase Emily, no conseguía encontrar qué era lo que abría. Lo había comprobado todo, desde los cajones de los escritorios hasta las puertas de los armarios, pero todavía no lo había encontrado.
Bajó la larga escalera que ahora contaba con unas barandillas pulidas y relucientes, la esponjosa alfombra de aspecto resplandeciente y los afianzadores de cobre que destacaban los colores a la perfección. Pero mientras bajaba admirándolo todo, se percató de que había una mancha en la alfombra: una huella de barro desdibujada. Era claramente la huella de la bota de un hombre.
Se detuvo en el último escalón. «Daniel debe tener más cuidado cuando vaya de aquí para allá», pensó.
Pero entonces notó que la huella se alejaba de ella, dirigiéndose hacia la puerta principal, lo que significaba que la persona había bajado las escaleras. Y si Daniel seguía en la cama, entonces aquella huella sólo podía pertenecer a su huésped, el señor Kapowski.
Emily se apresuró hacia la puerta y la abrió a toda prisa. El señor Kapowski había llegado con su coche el día anterior por el camino de entrada recién pavimentado y había aparcado justo allí. El coche ya no estaba.
Emily no se lo podía creer.
Se había ido.
Llena de pánico, volvió a entrar corriendo en la casa.
―¡Daniel! ―gritó desde el pie de las escaleras―. ¡El señor Kapowski se ha ido! ¡Se ha ido porque no me he levantado a tiempo de prepararle el desayuno!
Daniel apareció en lo alto de las escaleras cubierto únicamente con unos pantalones de pijama, dejando al descubierto los hombros anchos y el pecho musculoso. Su cabello estaba enmarañado, lo que le daba el aspecto de un estudiante que se hubiese levantado con prisas.
―Seguramente tan solo haya ido a Joe’s ―repuso, bajando las escaleras hacia Emily al trote―. Mencionaste lo buenos que son sus gofres, ¿recuerdas?
―¡Pero se supone que yo le tengo que preparar el desayuno! ―exclamó Emily―. El hostal es un B&B, de bed and breakfast, alojamiento y desayuno, no un B de bed a secas!
Daniel llegó al pie de los escalones y la tomó entre sus brazos, abrazándola suavemente por la cintura.
―Quizás no se haya dado cuenta de lo que significa la segunda B. Quizás creía que significaba «baño». O banana ―bromeó. Le dio un beso en el cuello, pero Emily lo apartó agitando la mano y se escabulló de su abrazo.
―¡Daniel, deja de hacer el tonto! ―espetó―. Esto es serio. Es mi primer huésped y no me he despertado a tiempo de hacerle el desayuno.
Daniel sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco con afecto.
―No es para tanto. Habrá bajado a desayunar junto al océano en lugar de eso. Está de vacaciones, ¿te acuerdas?
―Pero desde mi porche se ve el océano ―tartamudeó Emily con una voz que empezaba a fallarle. Se dejó caer sentada en el último escalón sintiéndose pequeña, como una niña que hubieran castigado a sentarse allí, y dejó caer la cabeza entre las manos―. Soy una anfitriona horrible.
Daniel le frotó los hombros.
―Eso no es verdad. Simplemente todavía no le has cogido el ritmo. Todo es nuevo y extraño, pero lo estás haciendo bien. ¿Vale?
Dijo aquella última palabra con firmeza, casi con paternalismo, y Emily no pudo evitar sentirse reconfortada. Alzó la mirada hacia él.
―¿Quieres que te escalfe a ti un huevo al menos? ―preguntó.
―Eso sería un detalle ―dijo Daniel con una sonrisa. Tomó el rostro de Emily entre las manos y le dio un beso en los labios.
Fueron juntos a la cocina y el sonido de la puerta abriéndose despertó a Mogsy y a su cachorro, Lluvia, de su duermevela en el lavadero que había justo al otro lado de la puerta tipo granero. Emily sabía que mantener a los perros fuera de la cocina y de cualquier otra parte de la casa que necesitase para el negocio del hostal era un deber absoluto si no quería que le cerrasen el negocio al instante por higiene y salubridad, pero se sentía mal por confinar a los perros a un espacio tan pequeño de la casa. Se recordó a sí misma que era una situación temporal; ya había conseguido que cuatro de los cinco cachorros de Mogsy fuesen adoptados por amigos del pueblo, pero Lluvia, el más pequeño de la camada, era más difícil de colocar, y nadie parecía ni remotamente interesado en aceptar a la madre. A fin de cuentas era, siendo amables, una perra callejera bastante fea.
Tras llevar a los perros fuera y darles de comer, Emily volvió a la cocina. Mientras tanto Daniel había logrado salir un momento al jardín para recoger los huevos que habían puesto aquella mañana las gallinas Lola y Lolly, y había preparado una jarra de café. Emily aceptó una taza agradecida y aspiró el aroma antes de acercarse a los fogones Arga, otra de las reliquias de su padre que había restaurado, y se puso a practicar el arte de escalfar huevos.
De entre todas las habitaciones de la casa, la cocina era su preferida. Aquel pobre espacio había sido víctima del tiempo y el abandono a su llegada, y después los había asaltado una tormenta que había provocado más daños, y después la tostadora se había fundido y había provocado un incendio. El daño por el humo había sido más destructor que el fuego en sí: las llamas tan solo habían alcanzado un estante y consumido algunos libros de cocina, pero el humo había conseguido filtrarse por todos los huecos y resquicios, dejando tras de sí manchas negras y el olor de plástico quemado en todo lo que había tocado.
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