En tan solo seis meses, a aquella habitación le había pasado todo lo malo que podía pasarle. Pero tras algunas noches de trabajo duro, por fin había sido restaurada por tercera vez y tenía un aspecto encantador con su frigorífico retro y su original palangana blanca victoriana Belfast, además de sus encimeras de mármol negro.
―Resulta ―dijo Emily, sirviendo su quinto intento de huevo escalfado en el plato de Daniel―, que no soy una cocinera tan mala después de todo.
―¿Ves? ―dijo Daniel, cortando la clara del huevo y dejando que la yema dorada cayese sobre la tostada―. Ya te lo había dicho. Tienes que escucharme más a menudo.
Emily sonrió, disfrutando del humor amable de Daniel. Ben, su ex, nunca la había hecho reír como lo hacía Daniel, y tampoco había podido reconfortarla nunca en sus momentos de pánico. Con Daniel era como si nada fuera nunca demasiado complicado para hacerle frente. No importaba si se trataba de una tormenta o un incendio, Daniel siempre le hacía sentir que todo iba bien, que podía arreglarse. Su estabilidad era uno de sus rasgos más atractivos; podía calmarla y tranquilizarla del mismo modo en que la tranquilizaba el océano. Pero aun así Emily nunca estaba segura de qué opinaba Daniel, de si sentía lo mismo que ella. Tenía la impresión de que su relación era como la marea, y al igual que ésta, no podían controlarla por mucho que lo intentasen.
―Bueno ―dijo Daniel, mordisqueando felizmente su desayuno―, después de comer deberíamos empezar a prepararnos.
―¿Prepararnos para qué? ―preguntó Emily, dando un trago de su segunda taza de café solo.
―Hoy es el desfile del Día de los Caídos ―repuso Daniel.
Emily recordaba vagamente haber asistido a un desfile de niña y de haber querido volver a verlo, pero ya había metido suficiente la pata aquel día como para poder permitirse una salida.
―Tengo muchas cosas de las que ocuparme por aquí. Tengo que preparar la habitación de invitados.
―Ya está hecho ―contestó Daniel―. Lo he hecho mientras te encargabas de los perros.
―¿De verdad? ―inquirió Emily con recelo―. ¿Has cambiado las toallas?
Daniel asintió.
―¿Y los mini champús?
―Ajá.
―¿Y los saquitos de café y azúcar?
Daniel arqueó una ceja.
―Todo lo que tenía que cambiarse se ha cambiado. He hecho la cama, y antes de que lo digas, sí, sé cómo hacer una cama. He vivido solo durante años. Todo está listo para cuando vuelva, así que, ¿vienes al desfile?
Emily sacudió la cabeza.
―Tengo que estar aquí cuando vuelva el señor Kapowski.
―No necesita que le hagas de canguro.
Emily se mordió el labio. Tener a su primer huésped le ponía nerviosa, y estaba desesperada por hacerlo todo bien. Si no conseguía que aquello funcionara, tendría que volver a Nueva York con la cola entre las patas y seguramente acabaría durmiendo en el sofá de Amy, o todavía peor, en la habitación libre de su madre.
―¿Pero y si necesita algo? Como más cojines, o…
―¿O más bananas? ―la interrumpió Daniel con una sonrisa de satisfacción.
Emily suspiró, reconociendo la derrota. Daniel tenía razón; el señor Kapowski tampoco esperaría que estuviera esperándolo en todo momento. De hecho, lo más seguro era que prefiriese que Emily no interfiriera demasiado. Después de todo, estaba de vacaciones, y la mayoría de la gente lo que buscaba era paz y tranquilidad.
―Venga ―la animó Daniel―. Será divertido.
―De acuerdo ―accedió ella―. Iré.
*
Allá donde mirase, Emily veía banderas de Estados Unidos. Su visión se había convertido en un caleidoscopio de barras y estrellas que le arrancó un jadeo de sorpresa. Las banderas colgaban de los escaparates de todas las tiendas y entre cada par de lámparas había una cuerda de banderas anudadas, y aquello ni siquiera se podía comparar al número de banderas que agitaban los paseantes. Parecía que todo el mundo que circulaba por la acera tenía una.
―Papi ―dijo Emily, alzando la vista hacia su padre―. ¿Puedo tener yo también una bandera?
El hombre le sonrió desde arriba.
―Desde luego que sí, Emily Jane.
―¡Y yo, y yo! ―se sumó una vocecita.
Emily se giró para mirar a su hermana, Charlotte, vestida con una brillante bufanda púrpura alrededor del cuello que no encajaba para nada con sus botas de mariquitas. Era una niña pequeña a la que todavía le costaba mantener el equilibrio.
Las niñas siguieron a su padre, cada una de ellas aferrándose con fuerza a una de sus manos, y cruzaron con él la calle para entrar en una pequeña tienda que vendía encurtidos y salsas caseras en tarros.
―Vaya, hola, Roy. ―La mujer de detrás del mostrador sonrió de oreja a oreja, y después les sonrió también a las dos pequeñas―. ¿Habéis subido durante estos días festivos?
―Nadie celebra el Día de los Caídos como Sunset Harbor ―contestó su padre con amabilidad y simpatía―. Dame dos banderas para las niñas, por favor, Karen.
La mujer cogió las banderas de detrás del mostrador.
―¿Y por qué no tres? ―dijo―. ¡No te olvides de ti!
―¿Qué tal cuatro? ―dijo Emily―. Tampoco deberíamos olvidarnos de mamá.
Roy tensó la mandíbula y Emily supo al instante que había dicho algo que no debía. Mamá no querría una bandera, mamá ni siquiera había ido con ellos a Sunset Harbor para el viaje de fin de semana. Una vez más, sólo estaban ellos tres. Parecía que últimamente ocurría cada vez con más frecuencia.
―Dos serán más que suficientes ―contestó su padre con algo de rigidez―. En realidad es por las niñas.
La mujer de detrás del mostrador le tendió una bandera a cada una de las pequeñas; su amabilidad se había visto sustituida por cierta incomodidad avergonzada al comprender que había cruzado sin querer una línea invisible.
Emily miró cómo su padre pagaba a la mujer y le daba las gracias, notando que ahora su sonrisa era forzada y su postura más fría. Deseó no haber mencionado a mamá. Miró la bandera que llevaba entre los dedos enguantados y de repente no le apeteció tanto celebrar nada.
Emily jadeó, volviendo a la calle principal de Sunset Harbor con Daniel. Sacudió la cabeza, sacudiéndose de encima el remolino de aquellos recuerdos. No era la primera vez que experimentaba el regreso repentino de un recuerdo perdido, pero cada vez que ocurría volvía a dejarla profundamente afectada.
―¿Estás bien? ―dijo Daniel, tocándole ligeramente el brazo con expresión preocupada.
―Sí ―contestó ella, pero su voz sonó aturdida. Intentó sonreír, pero sólo consiguió elevar débilmente las comisuras de los labios. No le había hablado a Daniel del modo en que sus recuerdos de infancia estaban volviendo poco a poco. No quería ahuyentarlo.
Decidida a no dejar que sus recuerdos intrusivos echaran a perder su día, Emily se lanzó de cabeza a las celebraciones. Habían pasado muchos años desde la última vez que había asistido, pero aun así seguía sintiéndose asombrada ante todo aquel espectáculo. La maravillaba el modo en que el pequeño pueblo lo daba todo en las celebraciones. Una de las cosas que estaba empezando a adorar de Sunset Harbor eran sus tradiciones, y tenía el presentimiento de que el Día de los Caídos se iba a convertir en otra festividad a la que adorar.
―¡Hola, Emily! ―la llamó Raj Patel desde el otro lado de la calle. Iba caminando con su esposa, la doctora Sunita Patel. Emily los consideraba a ambos amigos.
Los saludó con la mano y se giró hacia Daniel.
―Oh, mira. Ahí están Birk y Bertha. ¿Y es ésa la pequeña Katy, en el cochecito que llevan Jason y Vanessa? ―Señaló al dueño de la gasolinera y a su mujer minusválida. Junto a ellos estaba su hijo, el bombero que había salvado la cocina de Emily de acabar reducida a cenizas. Su esposa y él habían tenido a su primera hija, una pequeña llamada Katy, y se habían quedado a uno de los cachorritos de Emily como regalo para el bebé―. Deberíamos acercarnos a saludar ―continuó, deseosa de hablar con sus amigos.
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