Fiódor Dostoyevski
Jacques Rigaut, nacido en París el 30 de diciembre de 1898, fue un poeta dadaísta que posteriormente influiría en el Surrealismo. Hijo de padres pertenecientes a la burguesía más rancia, nuestro poeta aborreció durante toda su vida el trabajo, al que oponía la idea de creación y cuyo acometer tampoco pudo alcanzar en vida debido a la impotencia que sentía al enfrentarse a una hoja de papel.
Su infancia y su adolescencia estuvieron marcadas por las estrecheces del modus vivendi burgués, del cual renegaría el resto de su vida. Como a Brummel, la idiosincrasia del trabajo le repugnaba. Quiso dedicarse en cuerpo y alma al arte y, al verse incapaz de escribir, se solazaba con la ilusión de un poeta que no debe hacerlo, sino que lleva en su cuerpo la propia obra. Guiado por esta imposibilidad, destruyó la mayor parte de sus escasos escritos, que, pese a todo, consiguieron ver la luz gracias a la labor de sus amigos y colegas. Y es que, aunque afirmase despreciar la literatura, en lo más hondo deseaba formar parte de ella; no quería que nadie leyera sus textos, pero con todo, seguía intentando escribir. Para dar sentido a las cosas, para poner orden en su vida, para encontrarse a sí mismo.
En 1920, su primer texto, Propos amorphes, se publicó en la revista Action gracias a la influencia del círculo dadaísta que solía frecuentar, donde también colaboraban escritores tan conocidos como Jean Cocteau o Tristan Tzara. A estos les debe también su pronta adicción a los opiáceos y otras drogas, de cuyo yugo intentó deshacerse el resto de su vida.
Quienes lo conocieron a menudo insistían en que poseía una inteligencia excesivamente lógica; metódica y extraña, pero aun así brillante. No era la única de sus cualidades; el magnetismo de su persona se explicaba también por su atractivo físico, al que se hacía referencia con bastante frecuencia. Su belleza se configuró de forma paralela al carácter de dandi encantador y decadente que se esforzó en encarnar. Su nihilismo era contemplativo: quiso ser un espectador por considerarse incapaz para la acción, que pondría entonces en evidencia lo estéril de la revuelta.
«La rebelión, para ser posible, supone considerar una oportunidad de reacción, es decir, que hay un orden de cosas preferible hacia el que hay que avanzar.»
El ostracismo político y de acción al que se arrojó de manera voluntaria nos revela un desencanto del mundo que ha perdido la fe en todo lo que hay de esencial en la vida. Aun sin querer caer en el tópico del spleen parisino, lo cierto es que Rigaut vivió atormentado por el tedio y la apatía que le producían los quehaceres mundanos y las personas que lo rodeaban. Esta circunstancia se debía al sufrimiento precoz al que había sido abocado desde muy niño.
Sin embargo, la desidia fue su fuerza. Al condenarse a muerte a muy temprana edad, la parca tomó en él la forma de un espolón o una arenga de guerra.
«Intentad, si podéis, detener a un hombre que viaja con el suicidio en el ojal.»
Cuando uno decide su muerte, se hace dueño de ella, adquiere un carácter transformador que convierte el tiempo de vida en un propósito; cobra el sentido del acto de libertad más prístino que puede otorgarse uno mismo. Cuando la muerte te pertenece, también lo hace la vida, cuyas tentativas a ciegas adquieren una significación ontológica.
«Apreté el gatillo, el percutor bajó, el tiro no había salido. Entonces puse el arma sobre una pequeña mesa, probablemente con una risa un poco nerviosa. Diez minutos después, dormía. Creo que acabo de hacer una observación bastante importante, tanto que… ¡naturalmente! No importa que no pensase ni un solo instante en disparar una segunda bala. Lo que importaba era haber tomado la decisión de morir, y no que muriese.»
Lo importante era haber poseído a la muerte, haberla acorralado con una voluntad que se descubre autónoma en su sentido más puro. Evadir la más que presumible posibilidad de una existencia inauténtica mediante la única certeza posible.
Finalmente, en 1929, ingresado en una clínica de desintoxicación, Jacques Rigaut se suicida disparándose una bala en el pecho a la edad de treinta años, tras usar una regla para medir la posición exacta del corazón y no fallar el tiro. Vestido y acicalado especialmente para la ocasión, había acomodado su cama con almohadones para no perder la postura. No podemos decir, entonces, que fuera una decisión que tomase de súbito, sino una idea cuyo germen residía en lo más hondo de su persona.
Tras el fallecimiento, sus amigos recopilaron todos los escritos que pudieron encontrar y publicaron su obra, gesto al cual debemos hoy la presente edición. Uno de los más allegados, Pierre Drieu La Rochelle, quien no pudo cargar con el pesar de la culpa, le dedicó varios de sus textos, entre los que destaca su carta de despedida Adiós a Gonzague, incluida en esta recopilación y escrita a modo de disculpa por no haberse tomado en serio los delirios fúnebres del poeta.
Y es que nadie creyó en él: a todos dejó atónitos la noticia. Ni uno de sus amigos o conocidos dio muestras de haberse imaginado lo que habría de ocurrir. Sus escarceos de poeta suicida se acabaron tomando por un ejercicio de estilo, por otra de sus habituales chanzas teñidas de humor negro. Aquello que había temido siempre, ser sustituido por el que mira en el espejo, cobró forma y le arrebató su identidad en pos del personaje que había creado a partir de sí mismo. Su obra finalizó con el último latido de su corazón.
Sarai Herrera
La selección de los textos recogidos en esta edición incluye algunas de las mejores composiciones de Rigaut, así como otras inéditas en castellano, como Lord Patchogue, y el sentido testimonio de su gran amigo Pierre Drieu La Rochelle.
El objetivo de esta antología es ofrecer al lector una selección representativa de la trayectoria literaria del poeta y una instantánea general de la recepción cultural de su obra, una gran fuente de inspiración artística que merece la pena rescatar.
Selección de textos de Jacques Rigaut
Novela de un joven hombre pobre
Se le ha concedido tanto sitio al amor que parece que sobrepase en utilidad al resto de las cosas. A medida que el dinero se hace más necesario, más exigente, deviene más admirable, más amado; como el amor. —Podemos alegar lo contrario tan felizmente—. Yo soporto mi miseria con más facilidad desde que sueño con la existencia de gente rica. El dinero de los otros me ayuda a vivir, pero no solo como se da por supuesto. Cada Rolls-Royce que me encuentro prolonga mi vida un cuarto de hora. Antes que saludar a los coches fúnebres, la gente haría bien en saludar a los Rolls-Royce.
Pensar es un trabajo de pobres, una miserable revancha. Cuando estoy solo no pienso. No pienso si no me veo forzado a ello; las coacciones, el pequeño examen que hay que preparar, las exigencias paternas, ese trabajo que es necesario sufrir: todo esfuerzo asalariado me lleva a pensar, es decir, a decidir matarme, lo que viene a ser lo mismo.
No hay treinta y seis maneras de pensar; pensar es considerar la muerte y tomar una decisión. De lo contrario, duermo. ¡Elogio del sueño! No solo el magnífico misterio de las noches, sino la imprevisible torpeza. Cerca de vosotros puedo imaginar una existencia satisfactoria, compañeros de sueño. Dormiremos detrás del chapoteo de nuestros cilindros, dormiremos con los esquís puestos, dormiremos ante las ciudades humeantes, en la sangre de los puertos, encima de los desiertos, dormiremos sobre el vientre de nuestras mujeres, dormiremos persiguiendo el conocimiento, armados de tubos de Crookes 1 y de silogismos, los buscadores del sueño.
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