Cuando lo dejé la noche de nuestra aventura él me pidió, de una manera que me pareció imperiosa, que a la mañana siguiente lo visitara muy temprano. Me encontré, como convenimos, poco después del amanecer en su Palazzo, uno de esos inmensos edificios de una sombría y, fantástica pompa, que se elevaba sobre las aguas del Gran Canal, en las proximidades del Rialto. Subiendo una ancha y curva escalera de mosaico, fui llevado a una estancia cuyo resplandor sin igual me asombró al abrir la puerta, dejándome ciego y aturdido ante su lujo.
Sí, sabía que mi amigo era rico. Se había conversado de sus posesiones en términos que yo me había arriesgado a llamar absurdamente exagerados. Sin embargo, cuando miraba a mi alrededor me daba cuenta de que la riqueza de cualquier persona en Europa no podía haber proporcionado los medios para la principesca fastuosidad que lucía y resplandecía por todos lados.
A pesar de que, como dije antes, ya había amanecido, la estancia aun seguía espléndidamente iluminada. De esta circunstancia, como del aire de extenuación de mi amigo, pude deducir que este no había dormido en toda la noche. En la decoración de la cámara y en la arquitectura se advertía evidente intención de admirar y asombrar. Se había prestado atención a eso que en decoración recibe el nombre de conservación o armonía de las normas nacionales. De un sitio a otro, el ojo vagaba sin detenerse en nada ni en las grotescas pinturas griegas, ni en las esculturas de las mejores épocas italianas, ni en las inmensas tallas del arte más antiguo de los egipcios. Por todas partes, ricos tapices temblaban por la vibración de una música sutil y melancólica, cuya procedencia no se podía descubrir. Los sentidos se colmaban de aromas contradictorios y mezclados que se exhalaban de incensarios raramente labrados, junto con muchas llamas y lenguas de fuego color violeta y esmeralda. A través de las ventanas, los rayos del sol recién salido se reflejaban en el conjunto, que solamente tenían una sola lámina de vidrio color escarlata. Resplandeciendo aquí y allá, con múltiples matices, y entre cortinas que, como cataratas de plata fundida, caían en pliegues desde las cornisas, los relámpagos de gloria natural, mezclados finalmente de manera caprichosa con la luz artificial, se esparcían confusamente en tenues tonalidades encima de una alfombra de rico oro de Chile de apariencia líquida.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!... —rio el propietario cuando entré en el cuarto, señalándome que tomara asiento y haciéndolo él mismo sobre una otomana cuan largo era—. Veo —dijo, notando que yo no lograba encajar completamente la holgura de tan particular acogida—; me doy cuenta de que usted está asombrado de mi estancia, de mis estatuas, de mis pinturas, de la originalidad de conceptos en lo que respecta a tapices y arquitectura. Totalmente embriagado por mi magnificencia, ¿eh? Pero discúlpeme, mi apreciado señor (aquí su tono se hizo más amable), discúlpeme por mis risas poco compasivas. ¡Usted parecía usted tan sorprendido! Además, hay cosas tan cómicas, que un ser humano no tiene más remedio que reír o fallecer. La muerte más gloriosa de todas debe ser morir riendo. Como usted recordará, sir Thomas More, un caballero sumamente educado, falleció riendo. En las Absurdities, de Ravisius Textor, también existe una larga lista de personas que tuvieron el mismo maravilloso final. Usted sabe —siguió pensativo— que en Esparta, al oeste de la ciudadela, entre un caos de ruinas apenas perceptibles, hay una clase de zócalo sobre el cual aun son visibles las letras:
ΛΑΣΜ
Forman parte de la palabra completa, sin duda:
ΙΕΛΑΣΜΑ
Ahora bien, en Esparta había un millar de capillas y templos dedicados a un millar de divinidades distintas. ¡Qué raro es que el altar de la Risa sea el que ha sobrevivido a todos los otros! Pero en el presente ejemplo —continuó con una particular alteración de voz y expresión— yo no tengo ningún derecho a reírme a su costa. Es muy lógico que usted se haya sorprendido. Europa no puede producir algo tan bello como esto: mi pequeño salón real. Las otras estancias no son de ninguna manera parecidas a estas, sino sencillos ejemplos de la moda insípida. Esta es mejor que la moda, ¿no es cierto? No obstante, si se llegara a conocer, es indudable que despertaría en muchos una furiosa envidia, que para lograrlo no tendrían problema en desprenderse de su patrimonio. Por eso lo he protegido contra el peligro de una profanación. Con una sola excepción: usted es la única persona, aparte de mi sirviente y yo mismo, que ha sido aceptado en los enigmas de estos lugares imperiales, desde que fueron adornados como usted puede ver.
En señal de reconocimiento, me incliné, ya que la abrumadora sensación de perfume, música y esplendor, junto con la imprevista excentricidad de su lenguaje y maneras, me previno de manifestar en palabras el reconocimiento de lo que se podía considerar como un cumplido.
—Aquí —continuó poniéndose en pie y a apoyándose en mi brazo para caminar por la estancia— hay pinturas que van desde los griegos a Cimbane, y desde Cimbane hasta la actualidad. Como usted ve, muchos han sido elegidos, sin tener mucho en cuenta las opiniones de la virtud. Sin embargo, todos son una tapicería adecuada para una cámara como esta. También hay algunas obras maestras de grandes desconocidos y algunos bosquejos sin terminar de artistas famosos en su día, cuyo nombre, para mí, la perspicacia de las academias ha dejado para el silencio... ¿Esta Madonna della Pietá —dijo, volviéndose con brusquedad al tiempo que hablaba— qué le parece?
—Es un Guido genuino —exclamé con todo el entusiasmo propio de mi carácter, debido a que ya había estado mirando con detenimiento su incomparable hermosura—. ¡Es un Guido genuino! ¿Cómo lo pudo conseguir? Sin ningún tipo de dudas, esto en pintura significa lo que la Venus en la escultura.
—¡Ah! —dijo él pensativo—. ¡La Venus! ¿La bella Venus? ¿La Venus de los Médicis? ¿La del cabello dorado y de la cabeza diminuta? Están restaurados parte de su brazo izquierdo (y aquí su voz bajó tanto que le escuchaba con dificultad) y todo el brazo derecho, y la coquetería de este brazo derecho, es, pienso yo, la quintaesencia de la afectación. ¡Usted deme a mí a Canova! También el Apolo es una copia, de esto no existe la menor duda. Y es posible que yo sea ciego y necio, pero no puedo mirar por ningún lado la vanidosa inspiración del Apolo. No lo puedo remediar, me puede compadecer, pero yo prefiero el Antínoo. ¿Sócrates no fue quien dijo que el escultor halla en el bloque de mármol su estatua? Entonces en su pareado Miguel Ángel no fue muy original:
“Non ha l’ottimo artista alcun concetto
Che un marmo solo in se non circonscriva”.
Se ha podido observar, o se debería observar, que en las actitudes del auténtico caballero hallamos una diferencia de las del hombre corriente, sin ser capaces de precisar con exactitud de qué se trata semejante diferencia. Pudiendo aplicarse esta observación a la forma de ser de mi amigo, sentí que en esa venturosa mañana se podía aplicar todavía más fecundamente a su carácter y temperamento moral. No puedo definir mejor esa particularidad de espíritu que parecía colocarle tan esencialmente aparte de todos las demás personas sino denominándolo una costumbre de pensamientos intensos y continuos que predominaba incluso en sus actos más insignificantes, entrometiéndose en sus instantes de felicidad e interviniendo en sus rayos de la misma forma como las culebras que brotan de los ojos de las máscaras sonrientes que están alrededor de los templos de Persépolis.
Sin embargo, no pude menos de observar de manera repetida, a través del tono medio de ligereza y solemnidad en el que de inmediato se refería a cuestiones de poca importancia, cierto aire tembloroso, algo de fervor nervioso en sus palabras y en sus acciones, una inquieta excitabilidad en su proceder, que a veces me pareció incomprensible y en algunas ocasiones me llenó de miedo. Con frecuencia, además, se solía detener en mitad de una frase cuyo comienzo aparentemente no recordaba y parecía escuchar con la atención más profunda como si esperara de un instante a otro la llegada de un visitante o escuchara ruidos que solamente debían haber existido en su mente.
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