Edgar Allan Poe - Cuentos completos

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El autor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) ocupa un lugar relevante en el panteón de los escritores más admirados, imitados y estudiados de la literatura universal. Considerado por muchos como un precursor del cuento corto y de terror como género literario, Edgar Allan Poe escribió también poesía, ensayos y crítica literaria. Fascinado con lo macabro y con un especial talento para ello, Poe también exploró diversos temas y tonos en su obra, con relatos detectivescos, humorísticos, históricos y hasta crónicas periodísticas. Su obra ha inspirado innumerables homenajes e influenciado el estilo de autores como H. P. Lovecraft y Arthur Conan Doyle.Con una vida marcada por la tragedia Poe logró dejar una huella indeleble en la historia literaria de su país y del mundo, como un maestro de la naturaleza humana y de todos sus matices. El presente volumen contiene más de sesenta cuentos, reuniendo todos los relatos publicados durante su vida.

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Deslizándose de los brazos de su propia madre, un niño había caído desde una ventana superior de la elevada estructura al fondo del hondo y oscuro canal. Las serenas aguas se habían cerrado apaciblemente sobre su víctima; y pese a que mi góndola era la única barca a la vista, muchos decididos nadadores se habían lanzado a la corriente y buscaban inútilmente sobre la superficie el tesoro que solamente se podía encontrar, ¡ay!, solamente se podía encontrar en el abismo. A la entrada del palacio, sobre el amplio rellano de losas negras y unos cuantos escalones por encima del agua, se alzaba una imagen que nadie de los que la vieron en ese momento han podido olvidar nunca. Se trataba de la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia —la más bella de las bellas, la más preciosa allí donde todas son hermosas—; pero, no obstante, la joven mujer de Mentoni, un anciano intrigante, y madre de esa hermosa criatura, su primer y único hijo, que ahora en el fondo del agua pantanosa estaría pensando con el corazón angustiado en las tiernas caricias de ella y agotando su pequeña existencia en desesperados esfuerzos para decir su nombre.

Ella se encontraba sola. Sus pies pequeños y plateados relumbraban en el negro espejo de mármol que tenían debajo. Medio suelto del peinado de baile, su cabello se enroscaba entre una abundancia de diamantes, rodeando su clásica cabeza, en bucles parecidos a los de la joven Jacinta. Un manto de gasa, de una blancura inmaculada, parecía ser lo único que cubría su cuerpo frágil; pero el aire de verano y de la medianoche era pesado, cálido y sereno, y ningún movimiento en la escultural silueta agitaba ni siquiera los pliegues de ese manto tenue, que caía sobre ella como la pesada vestimenta marmórea cae sobre Níobe. No obstante —parece raro decirlo—, sus ojos enormes y brillantes no se volvieron hacia aquel sepulcro donde su más radiante esperanza reposaba enterrada, sino que se encontraban fijos en una dirección totalmente diferente.

La cárcel de la antigua república es, según creo, el edificio más importante de toda Venecia, pero ¿cómo podía esa mujer observarlo tan fijamente en ese instante, cuando su único hijo yacía sepultado debajo? Allá en la oscuridad, también en ese oscuro nicho que está justamente frente a su ventana, ¿qué podía haber, entonces, en sus cornisas solemnes, en sus sombras, que la marquesa de Mentoni no hubiera podido contemplar un millar de ocasiones antes? ¡Necedades! ¿Quién no recuerda que en ocasiones como aquella, el ojo, igual que en un espejo roto, multiplica la imagen del sufrimiento y ve lo que está al alcance de la mano en numerosos lugares alejados?

Bajo el arco de la puerta del desembarcadero, y varios escalones por encima de la marquesa, se encontraba de pie, totalmente vestida, la figura, parecida a la de un sátiro, del mismo Mentoni. Estaba casualmente ocupado en rasguear una guitarra y daba la impresión de que estaba un poco molesto con la misma muerte, y daba órdenes a intervalos para recuperar a su hijo. Atónito y espantado, era incapaz de moverme de la postura que había adoptado al escuchar el grito, y a los ojos del agitado grupo debía tener una apariencia de fantasma cuando, con el semblante lívido y las extremidades rígidas, flotaba ante ellas en esa fúnebre embarcación.

Todos los esfuerzos fueron infructuosos. Muchos de los que se habían mostrado más enérgicos en la búsqueda terminaron cediendo a sus esfuerzos y desistieron ante un sombrío abatimiento. Las esperanzas de rescatar al pequeño eran muy frágiles. ¿Las de la madre cuánto menos serían? Pero de repente, de aquel lugar oscuro que mencioné antes y que formaba parte de la cárcel de la vieja república frente a la ventana de la marquesa, una silueta envuelta en una capa emergió a los rayos de luz proyectados por las antorchas, y deteniéndose un instante sobre el borde del muro, se lanzó al canal de cabeza. Cuando un momento después reapareció con el chiquillo en sus brazos, aun vivo y respirando, sobre el enlosado de mármol al lado de la marquesa, con el peso del agua que la empapaba, su capa se desprendió, cayendo a sus pies en pliegues, y los espectadores, extraordinariamente asombrados, descubrieron la atractiva presencia de un hombre joven, cuyo nombre tenía mucha resonancia en Europa.

El salvador se quedó callado. Sin embargo, ¿y la marquesa?... ¿Cogerá al niño? ¿Lo estrechará contra su pecho? ¿Lo llenará de caricias? Pero, ¡ay! los que han tomado al niño del extranjero son los brazos de otro, los brazos de otro se lo llevaron dentro del palacio. Repetimos, ¿y la marquesa?... Sus labios tiemblan, sus bellos labios. Las lágrimas brotan de sus ojos, aquellos ojos que igual que el canto de Plinio son “casi líquidos y suaves”. Sí, sus ojos son invadidos por las lágrimas. La mujer se estremece completamente desde lo más profundo de su ser y la estatua regresa a la vida. La lividez de su rostro, la turgencia de su pecho blanco, la misma pureza de sus pies de mármol, vemos cómo se cubren de repente de un carmín incontrolable y un suave temblor sacude su frágil cuerpo como el delicado aire de Nápoles agita entre la hierba los plateados lirios.

¿Por qué la dama se ruborizó de esa manera? No hay respuesta para esta pregunta, a no ser que su corazón maternal no haya recordado colocar unas chinelas en sus pequeños pies y un ropaje más adecuado sobre sus hombros venecianos. ¿Qué otro posible motivo podría haber sido el origen de su sonrojo? ¿A qué, sino a esto, se podría deber la mirada de esos ojos que parecían rogar desesperadamente? ¿Cuál, en otro caso, sería la causa del desacostumbrado latir de su pecho o la convulsiva agitación de su mano, de esa mano que de forma accidental quedó en la del forastero al tiempo que Mentoni entraba nuevamente en el palacio? ¿Qué motivo podía tener el sonido apagado, característicamente quedo, de su voz, cuando susurró estas palabras sin sentido, que la mujer dijo rápidamente cuando se despidió?

—“Me venciste —dijo ella, si es que no me engañó el murmullo del agua—; tú venciste. Nos encontraremos una hora después de que amanezca. ¡Así sea!”

Ya había cesado el tumulto; las luces en el interior del palacio se habían apagado y el forastero, a quien entonces reconocí, seguía solo sobre las losas. Tembló con una agitación incontenible y sus ojos miraron alrededor del canal, buscando una góndola. Yo no podía menos de ofrecerle el servicio de la mía y él aceptó con mucha cortesía. Después de conseguir en el desembarcadero un remo nuevo, continuamos por el canal hasta su residencia, mientras él con rapidez recuperaba el control de sí mismo y hablaba de nuestro leve encuentro anterior, aparentemente en términos de enorme amabilidad.

Hay algunos temas en los que me gusta ser meticuloso. El forastero (y permítaseme mencionar con este título a quien para todos aun era un forastero); el forastero era uno de estos temas. En tamaño, más bien podía haber sido considerado por debajo de la estatura media, a pesar de que en los instantes de intensa pasión su silueta verdaderamente crecía, y se puede dar crédito a esta aseveración. La tenue y casi delgada simetría de su persona prometía más esa decidida acción que demostró en el Puente de los Suspiros que esa otra fuerza hercúlea de la que se sabe había hecho gala sin esfuerzo alguno en otra oportunidad de necesidad más peligrosa. Su barbilla y su boca eran las de un semidiós; sus ojos, raros, fluidos y enormes; sus tonos variaban desde el más resplandeciente castaño al más intenso azabache. Su frente, de un ancho inusitado, resplandecía en ocasiones con el brillo intenso del marfil y su cabello era negro y rizado. El conjunto de sus facciones tenía una regularidad clásica nunca igualada, con excepción del caso del emperador Cómodo. Con todo, su rostro era uno de esos que todos los hombres vemos en algún instante de nuestras existencias y que nunca volvemos a ver. No poseía ninguna particularidad, o sea, no tenía ninguna expresión sobresaliente para que quedara fija en la memoria; un rostro visto y olvidado en un momento, pero olvidado con un impreciso e incesante deseo de recordarlo nuevamente. No se trata de que el espíritu de cada pasión efímera dejara en cualquier momento su nítida imagen sobre el espejo de aquel rostro, sino que aquel espejo, como los espejos verdaderos, no retenía huella de la pasión cuando esta se había esfumado.

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