Irene Klein - El hábito del miedo

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Al margen de las formas más brutales de la violencia de género —los femicidios, la violencia física— los celos, la sumisión, el hostigamiento y la descalificación también producen daños profundos y duraderos. Esta es la historia de una madre —Elena— y una hija —Nadia, fotógrafa— a quienes les toca volver a convivir después de muchos años. Ambas sufrieron vínculos violentos. En la madurez, Elena (Bañada en la luz cálida de la mañana tiene algo de ángel. Un ángel flaco, los omóplatos bajo el camisón, duros como las aletas de un pez) tiene problemas cognitivos y sufre olvidos; en su cabeza se pierden los nombres y hay otras cosas que prefiere no recordar. Además, dibuja, de manera incesante: recuerdos que aparecen como ráfagas y trazan un mapa secreto por fuera de esa nebulosa que es su mente. En esa desmemoria o esa deriva final, en el repaso de sus vidas, madre e hija logran reencontrarse. Verónica Abdala (diario Clarín)

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La distrae la cortina de voile que ondea en el viento.

—No dejan de bailar en toda la noche —dice.

—¿Quiénes, mamá?

Saca el lápiz de la cabeza y señala el placard. El pelo se le desliza por la cara como una cortina de lluvia.

—Todos. Los vestidos, las polleras, las blusas de seda. Sobre todo las blusas de seda.

—¿Blusas de seda? No tenés blusas de seda, mamá.

—Me lo imaginé. Vienen de otro lado. De lejos, de cerca. Las escucho cuando voy al baño. Entran por debajo de la puerta, se deslizan por el piso y se esconden en el armario. Yo hago como que no las veo. Pero escucho el fru fru. Salen cuando apago la luz.

—Apagás la luz.

Me dijo Mirta que mamá deja el velador encendido.

También yo, de chica, tenía miedo.

—Si no la apago, no salen. Es un ir y venir sobre el piso, sobre los muebles —dice y mueve los brazos.

—¿Y cómo los ves si apagás la luz?

Mamá me mira, mueve la cabeza:

—Las luciérnagas brillan en la oscuridad.

Junta las palmas y me muestra la luz que ella imagina entre sus dedos.

Yo cazaba luciérnagas de chica, en el jardín de Olivos. Las atrapaba y las encerraba en mis manos. La luz atravesaba mis dedos como una linterna.

9

Mirta golpea la puerta de mi habitación.

—La cena está lista, señorita Nadia.

Me pongo una vieja bata de mamá que cuelga en el baño que debía ser blanca y ahora es de color sepia. Cuando entro, el comedor está en penumbra. Enciendo la luz alta y me siento. Solo hay dos platos. La que se sienta en la mesa conmigo no es mamá sino Mirta. Empuja hacia mí la fuente con carne y papas.

—La señora Elena no va a cenar. Le vino otra vez.

Lo dice con cara de circunstancia. La miro sin entender. ¿Mamá menstrúa? Mirta se da dos palmaditas en la cabeza:

—La migraña.

Le encanta esa palabra. La dice como si mamá estuviera bajo el efluvio de un eclipse. “Las migrañas empeoraron después del golpe”, me dijo Mirta. Sé de qué golpe se trata. Cuando —según mamá— se cayó de la mesa.

—Fui a llevarle un Migral. La señora Elena estaba medio dormida y le mojé la cara —me dice.

—¿Cómo va a hacer eso, Mirta?

Pone cara y yo me acuerdo. Su hijo se murió atragantado con una píldora. Me lo dijo ella misma un día cuando hablé por teléfono a casa de mamá:

—Mi hijo se murió.

Yo no supe qué decir y las dos nos quedamos en silencio. La que habló fue ella. Me contó lo que le dijo el marido, que era quien había estado con el hijo y le había dado la píldora. El chico tosió, se puso colorado y él le golpeó la espalda pero no pudo hacer nada.

El chico tenía un retraso mental y un problema neurológico que lo volvía agresivo. Gritaba sin parar, le pegaba a todo el mundo. Mirta no tenía con quién dejarlo cuando salía a trabajar y condenó a su hija a cuidarlo. Dos años menor que su hermano, la chica dejó de ir a la escuela para quedarse con él. Una vez, cuando volvió a la casa, Mirta encontró al chico tirado en el piso, inconsciente. La hermana se había cansado de los gritos y lo había empujado y la cabeza del chico había golpeado contra la pared. Eso nos lo contó Mirta a mí y a mamá un día mientras pasaba el trapo de piso a la cocina.

Mamá le preguntó por qué no lo había llevado a la salita y ella la miró como siempre cuando quería poner en evidencia la distancia que nos separaba.

—Si lo hago, señora Elena, me la meten presa a la nena por intento de asesinato —dijo mientras estrujaba el trapo en el balde.

Mirta y yo comemos en silencio. Miro como desmigaja el pan, la mirada en el plato. Hay tantas cosas que quiero preguntarle. Cómo es sobrevivir a un hijo, por ejemplo. Se sirve por segunda vez. Empuja la carne con el pan. ¿Seguirá apostando? Hasta el día en que me fui, la vida de Mirta se regía por números. Cada hecho tenía un correlato numérico. Lo jugaba a la quiniela y, por lo general, acertaba. Sin asombro. Contaba con esa plata como se cuenta con el aguinaldo. Jugaba para pagar un medicamento, para comprarse ropa. Para ella era lógico que saliera el número que había apostado porque era producto de un razonamiento casi científico. Si erraba, la culpa no la tenía el azar sino la lógica que ella había seguido. “Si ayer salió el 34, hoy salía el 38, cómo no lo pensé”, se lamentaba sin darme más explicaciones.

—Mirta, quiero saber de Elena.

—De su mamá —Mirta levanta la mirada del plato pero no me mira. Agarra el control remoto y lo proyecta sobre el televisor. Están por dar Lazos de familia, una telenovela brasileña. Quisiera saber cómo hace para pinchar la carne sin mirar el tenedor ni el plato.

10

Nadia se fue del hospital un 12 de enero, exactamente un mes después del accidente. La llevaron hasta el auto en silla de ruedas. El oído todavía sangraba. Sostenía con una mano la gasa con algodón que le había puesto la enfermera bajo la oreja. Parecía una toallita higiénica. Cuando llegaron a la casa, Elena le pidió a Marcos la historia clínica de su hija. Él le dio un sobre marrón en el que decía N. Miceli. Ella lo guardó en el armario del pasillo, junto a los boletines y los cuadernos de Nadia. La leyó varios días después. Estaba escrita a diferentes manos sobre hojas oficio con renglones.

Los primeros días, cuando Nadia volvió a la casa, el timbre sonó a cada rato. Vecinos, primos, amigos. Se habían enterado y querían ver a Nadia. Entraban a su cuarto en grupos de a dos o de a tres, para no agotarla, decían, pero Elena sabía que no querían quedarse a solas con ella. No los culpaba. Nadia, sentada en la cama, ni siquiera los miraba. Incómodos, ellos decían cualquier cosa. Entra mucho sol en esta habitación. Es un día algo fresco. Nadia los miraba, de reojo, y resoplaba.

A los pocos días el timbre enmudeció. Elena sintió alivio. Podía estar a solas con su hija al menos hasta la tarde cuando llegaba Johnny.

Al principio, él buscaba una silla y se sentaba junto a la cama, después se acostó al lado de Nadia y miraba la tele. Ella entrecerraba los ojos. La luz le hacía doler la cabeza, decía. Elena les llevaba jugo, galletitas, cualquier cosa para no dejarlos solos.

Una noche, Nadia le pidió un espejo y se estudió la cara. Tenía el párpado derecho algo caído. Una mancha azul como un moretón alrededor del ojo. Efecto de oso panda, había explicado Torrezi.

—Mi oreja izquierda está más baja que la otra.

—Todo se va ir acomodando, hija.

Nadia, con la espalda en la cabecera de la cama, dejó caer el espejo sobre la sábana:

—¿Si me duermo, puedo morirme sin darme cuenta?

Elena la abrazó.

A principios de marzo, cuando ya habían pasado tres meses del accidente y Nadia ya salía a caminar sola, despacio, por el barrio, les anunció durante la cena que al día siguiente se mudaba con Johnny.

11

Nadia se fue un sábado, a media mañana de un día otoñal. Con una mochila, un bolso, tres o cuatro bolsitas de supermercado. No parecía irse de la casa sino de excursión. No aceptó las ollas y platos que Elena le ofreció, solo el juego de toallas. Quiso llevarla con el auto pero Nadia se negó.

—Me busca un amigo de Johnny —dijo mientras pasaba el pie sobre las hojas secas en la vereda.

—Mamá, por favor —dijo Nadia cuando Elena empezó a llorar. Se soltó del abrazo, le dio una palmadas a Boris y subió a una camioneta en la que decía Fletes al instante y que había parado frente a la casa. El que manejaba, un muchacho con gorra de visera, saludó a Elena con la mano. El abrazo fue breve.

—Que nos llame cuando llegue—gritó Marcos desde adentro de la casa. No había querido salir a despedirla. Se sentía estafado.

—La cuidamos tanto y ahora se va con ese idiota.

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