Irene Klein - El hábito del miedo

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Al margen de las formas más brutales de la violencia de género —los femicidios, la violencia física— los celos, la sumisión, el hostigamiento y la descalificación también producen daños profundos y duraderos. Esta es la historia de una madre —Elena— y una hija —Nadia, fotógrafa— a quienes les toca volver a convivir después de muchos años. Ambas sufrieron vínculos violentos. En la madurez, Elena (Bañada en la luz cálida de la mañana tiene algo de ángel. Un ángel flaco, los omóplatos bajo el camisón, duros como las aletas de un pez) tiene problemas cognitivos y sufre olvidos; en su cabeza se pierden los nombres y hay otras cosas que prefiere no recordar. Además, dibuja, de manera incesante: recuerdos que aparecen como ráfagas y trazan un mapa secreto por fuera de esa nebulosa que es su mente. En esa desmemoria o esa deriva final, en el repaso de sus vidas, madre e hija logran reencontrarse. Verónica Abdala (diario Clarín)

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Sé ahora por qué traje esas y no otras, las de bellas mujeres de la Habana, de atardeceres en el malecón. Tagesreste llamaba Freud a los restos del día que se cuelan en los sueños. Estas fotos son algo así. Trozos congelados, pisadas en la nieve.

—La señora Elena y yo nos vamos a la plaza —dice Mirta. Mamá, con un sombrero negro de rafia, el brazo enganchado en el de Mirta, me mira y sonríe. Pero no es a mí quien sonríe. Simplemente sonríe.

—¿Las acompaño? —pregunto.

—Mañana, ahora descanse —dice Mirta. Exactamente es lo que me diría mamá. Descansá, hija. Hay tiempo.

Salen despacio, una erguida, la otra arrastrando un poco los pies. Escucho en el pasillo el tintineo de las monedas chinas. Mamá todavía usa el llavero que papá le regaló hace más de veinte años.

En la valija, plegado entre la ropa, está el mantel que compré en La Habana para mamá. Me había parecido hermoso con los encajes bordados. ¿En qué pensaba cuando lo elegí? ¿Que ella seguiría poniendo carpetitas por todo este departamento como hacía antes en la casa de Olivos?¿Que me prepararía la mesa con las tazas de porcelana de ribete dorado? Abro el placard para acomodar la ropa. Huele a lavanda como olía el armario en la casa de Olivos. Es el olor de mi infancia. Mamá cortaba las flores, las secaba al sol, las ponía en bolsitas que después acomodaba en los estantes. Hay solo tres estantes ocupados. En el estante superior está todo lo que le fui mandando a mamá en estos años. Papeles, postales, fotos, cartas. Pañuelos, carpetas, toallas. El estante del medio está semivacío. Hay un desodorante, una hebilla rota, un pañuelo de papel usado, una gomita de pelo. Primero no entiendo. Después me acuerdo. Son las cosas que tiré en el cesto de basura del baño cuando me fui de casa hace cuatro años. Mamá debe haberlas sacado. En el estante inferior, debajo de una caja de gasas y una taza con pico, hay un sobre marrón con mi nombre escrito a mano: Nadia Miceli. No conozco la letra. Lo abro. Hay varias hojas manuscritas, diferentes letras de trazo rápido que apenas respetan las líneas, las cruzan, saltan los renglones que son muy estrechos.

La paciente de 21 años ingresa al nosocomio sedada, respirada e intubada. Moviliza los miembros al estímulo doloroso y presenta reflejos correspondientes. Pupilas mióticas por medicación. TAC cerebral. Edema cerebral generalizado Imagen dudosa podría corresponder a inflamación meningea. Hemorragia traumática. Fracturas en occipital derecho e izquierdo. Otorraquia izquierda. Contusión hemorrágica cerebelo derecho. No neuroquirúrgico por el momento. Se repetirá TAC cerebral para evaluar evolución. Deberá recibir tratamiento cerebral en U.T.I. Se encuentra con tabla y cuello ortopédico. Terapia Intensiva: No se puede evaluar clínicamente por estado de inconsciencia. Collar de Filadelfia. Sigue sangrado por oído izquierdo. Terapia intermedia: Se sugiere aspiración bajo otorrinoscopio para mejor evaluación según estado general de la paciente y TC de ambos peñascos. No se evidencia parálisis facial agregado. Fractura longitudinal de peñasco con nivel hidro aéreo en todas las cavidades. Ocupación seno esfenoidal lado izquierdo. Hematoma y laceración múltiple en piel. Aspiración hemotímpano. La paciente evoluciona lúcida con dolor y rigidez cervical. Paciente muy agresivo, se rehúsa a ser atendida, agresivo constantemente. Ecografía abdominal por sangrado. Estudio realizado con equipo portátil. Hígado, bazo, páncreas, riñones, vesícula biliar de formas y tamaños conservados.

Pongo los papeles en el sobre y lo dejo otra vez en el estante.

—Mirta —grito, pero en el departamento no hay nadie.

Me siento en la cama y me toco la cabeza con la yema del dedo. Occipitales, cerebelos, peñascos. Qué mundo se esconde en una cabeza. Mamá las dibuja imponentes a lo alto de los cuellos. Y firma Elena.

3

Elena leía en el jardín de la casa de Olivos, acostada sobre la hamaca paraguaya. Había llovido el día anterior. La noche era cálida y húmeda. El teléfono sonó a la una de la madrugada. Elena tardó en atender. Había dejado el teléfono en la cocina y el sonido le llegó de lejos. Una voz joven preguntó si hablaba con la familia de Nadie.

—¿De Nadie? —preguntó Elena y la llamada se cortó.

—¿Cómo que cortó? —dijo Marcos.

—No sé si cortó. Tal vez se cortó.

—¿Pero dijeron nadie o Nadia?

—No sé, en realidad.

—¿Cómo que no sabés, en realidad?

Marcos levantó las manos. Elena seguía con el celular en la mano. Marcó el número de su hija. Después de un tiempo de espera, apareció la grabación: “Soy Nadia, dejá tu mensaje después de la señal”.

El teléfono volvió a sonar unos minutos después. Elena atendió. Una voz, la misma, le dijo que era un amigo de Johnny. Nadia había sufrido un accidente en moto. La habían llevado al Castex. Elena pensó que siempre había temido esa llamada, que toda la vida se teme a esa llamada.

—¿Pero Nadia, cómo está? —gritó.

La voz se perdió bajo un zumbido, tal vez ruido de tránsito. Marcos le arrancó el teléfono de la mano:

—¿Qué pasó? ¡Hablá! ¡Que hables te digo!

—Marcos, no le grites, por favor.

Marcos tiró el celular sobre la mesa.

—Hijo de puta.

—¿¡Cortó, Marcos, cortó otra vez!?

—Ese idiota de Johnny y su moto de mierda.

—¿Pero qué dijo de Nadia?

—Sabía que esto iba a pasar.

—¿Dijo cómo está? ¿De Nadia, qué dijo, Marcos?

—Tenemos que ir al Castex. Buscá el número de teléfono.

—Le compramos un casco hace una semana. ¿Lo habrá llevado?

—El número, Elena, el número.

Elena se quedó parada en el medio de la cocina, junto a la mesa. Le temblaban las piernas. Escuchó como Marcos hablaba por teléfono.

—Vamos —dijo y Elena subió las escaleras como si tuviera una pollera larga que se le enredaba en los pies. Entró en el cuarto de Nadia.

—Elena, ¿qué estás haciendo? —le gritó Marcos desde la puerta.

—Esta acá, Marcos. El casco —dijo ella.

Nadia lo había dejado bajo un saco. Uno de los brazos de lana lo rodeaba y parecía protegerlo.

4

Para llegar al Hospital Eva Perón, ex Castex, en San Martín, había que atravesar calles solitarias, de monoblocks y casas bajas muy enrejadas. Pegado a la ruta ocho, bordeado de un descampado, bajo el letrero Interzonal Agudos, el hospital parecía habitar su propio espacio y tiempo. El remise dejó a Marcos y a Elena a la entrada, junto a un Falcon muy viejo de donde bajaron, casi al mismo tiempo que ellos, un grupo de muchachos en musculosa y gorro con la visera en la nuca. Amigos de Johnny, pensó Elena. Le pareció que los miraban con recelo.

Cuando Marcos preguntó en recepción por Nadia Miceli, le dijeron que la chica NN accidentada estaba en la guardia. Cuando Marcos y Elena avanzaron por el pasillo, escucharon gritos.

—Es Nadia —dijo Elena.

La cabeza, un estropajo de sangre y barro. ¿Quién le dijo eso a Elena? ¿Quién vio la sangre que le brotaba del oído izquierdo y de la boca? ¿Quién estuvo al lado de Nadia cuando le cortaron la campera de jean y le abrieron con una pinza los anillos? ¿Quién le dijo que la mano era un moretón negro y deforme? ¿Quién le contó que no dejó de agitar brazos y piernas en todo ese tiempo? ¿Fue Marcos o el médico que salió al rato y le pasó el brazo por los hombros y la llevó hacia uno de los bancos? ¿O se lo imaginó ella mientras esperaba en el pasillo y escuchaba los gritos de Nadia?

De pronto, los gritos cesaron. Y se hizo silencio. Un silencio que fue como una cueva oscura y profunda. Elena no supo cuánto tiempo duró ese silencio. Primero salió el médico. En un tono que quería ser amable, le dijo:

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