Bibiana Camacho - Jaulas vacías

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Una herencia desata los celos y antiguos rencores que existen entre tres hermanas, y que pueden terminar en una venganza impensada. Una mujer desaparece por completo del mundo; sin embargo, en los sueños de su amiga subsiste un misterioso mensaje suyo que quizá proviene del Más Allá. En una ciudad postapocalíptica, un mortal sistema de vigilancia disfrazado de videojuego permite a los privilegiados mantener fuera de su mundo perfecto a los indeseables. Un diminuto elefante es el perfecto compañero de habitación, hasta que la mujer que lo alimenta empieza a percibirse asilada de todo.
La naturaleza terrible de las grandes ciudades se revela en la soledad que tiene lugar puertas adentro, en edificios narrativos habitados por personajes que no pueden escapar de sus propias sombras. Ya sea en asfixiantes relaciones sentimentales, en empleos mal pagados, o en familias disfuncionales, los protagonistas viven bajo cielos nublados, sin esperanza, a ciegas. Dentro de trampas que ellos mismos han creado.
Bibiana Camacho concentra su capacidad de observación en estas vidas extraviadas en el trazo urbano. Apunta al momento exacto en el que revelan la rotundidad de su naturaleza pesimista para desplegarlos ante el lector con la elocuente precisión de su escritura.

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–Quizá lo mejor sea contactar a la Central y averiguar lo que ocurre, ¿no te parece? –Georgina presumía con frecuencia sus contactos con la Central; yo no le creía nada, pero su afirmación resultaba intimidante. Ahora era el momento de demostrarlo.

–Sí, ya lo había pensado, usaré mi línea directa. ¡Válgame, cómo es posible que nos tengan así! –sólo le faltó decir “Pero me van a oír”. Aunque su tono era decidido, noté cierto nerviosismo. Comí mis alimentos y regresé al trabajo; me sentía ligeramente contenta al pensar que por una vez Georgina estaría en aprietos.

Poco antes de terminar mi turno, llamaron a la puerta. Enfoqué la cámara al pasillo, era Georgina. Carajo, pensé.

–Hola, corazón, a punto de terminar tu jornada, ¿cierto? Te espero, tenemos que platicar –me tenía muy bien checada, como al resto de los vecinos. Hubiera querido correrla, pero efectivamente me faltaban diez minutos. No me quedó más remedio que dejarla entrar.

Hice más tiempo frente a la computadora simulando que aún revisaba archivos. No había Internet ni correo electrónico por el que nos pudiéramos comunicar al exterior o entre nosotros, así que no podía fingir una charla con alguien. De hecho varios ingenieros habían logrado burlar la seguridad y conectarse con el exterior, pero fueron descubiertos casi de inmediato y descartados. Ahora nadie lo intentaba, al menos que yo supiera.

Por fin apagué la computadora. Me sentía irritada, no sólo por la presencia de Georgina, sino por su penetrante mirada. Tenía algo que decirme que no me iba a gustar, eso se notaba de inmediato.

–Ayyy, corazón, estoy taaaaan preocupada.

–¿Por? ¿Qué te dijeron en la Central? –pregunté mientras observaba la pantalla. Aún no recogían los cuerpos, pero tampoco había más, lo cual resultaba extraño.

–Están en reunión privada. Peeerooo –arrastró la voz e hizo una breve pausa –he descubierto que aún no recogen la basura de los departamentos. Está acumulada en la planta baja del edificio.

–Mmmm –fingí desinterés, pero me asusté. El sistema nunca jamás había fallado. De hecho, la limpieza tanto interna como de las áreas comunes era una prioridad de la Central. Y el hecho de que no funcionara, y de que las llamadas no tuvieran efecto era una señal de que algo marchaba mal. ¿Pero qué? ¿Por qué? Georgina me sacó de mis cavilaciones.

–Como te decía, la basura sigue allá abajo. Y he descubierto algo inquietante –de nuevo hizo una pausa, tenía una mirada triunfal y una sonrisa siniestra. Yo volví a mis cavilaciones, ¿qué habrá pasado?

Antes de declarar la Medida de Emergencia, la Central se encargaba de hacer cacerías nocturnas para descartar a las decenas de miles de indigentes. La crisis económica provocó que mucha gente perdiera el empleo, el carro, la casa, la cordura. La clase media prácticamente desapareció, miles de personas se refugiaron en las calles. De hecho, según el último censo, eran más las personas desempleadas que las productivas; la mayoría era abrumadora. Durante algunos meses, los indigentes y desempleados abarrotaron las calles. Los plantones estaban en todas las aceras, a las puertas de todas las oficinas de gobierno, residencias particulares, empresas de telefonía, de televisión, de electricidad, tiendas de abarrotes, cadenas de alimentos, de ropa, de supermercado. No había un solo rincón en la ciudad donde no hubiera indigentes, muchos de ellos perfectamente organizados para obtener comida a como diera lugar. Resultaba prácticamente imposible circular en auto o en autobús sin que una horda de desarrapados se abalanzara con el semáforo rojo a pedir unas monedas por cantar, recitar, vender dulces, limpiar parabrisas o a cambio de seguridad. De nada sirvió el Plan de Limpieza y Disciplina que implementó el gobierno, que no era otra cosa más que cazar a los indigentes durante la noche. Lejos de desaparecerlos o intimidarlos, les proporcionaron el coraje para organizarse mejor: tenían varios escondites, ponían emboscadas a los policías, les robaron armas y municiones. Se convirtieron en una plaga que crecía cada día, pues la crisis se agudizó; y a mucha gente no le quedó más opción que unirse, incluidos policías y militares. Una rebelión organizada de gente muy pobre que había perdido todo y que por lo mismo ya no tenía nada que perder.

Yo logré conservar un empleo en una empresa que se dedicaba a catalogar, cotizar y sacar del país piezas de arte que pertenecían a gente adinerada. Me mantuve a flote con lo mínimo y, como estaba justo en el límite, los indigentes me dejaban en paz, sabían que pronto pasaría a formar parte de sus filas. Por eso me quedé dentro de los muros, porque cuando cerraron Santa Fe, yo estaba ahí y fingí formar parte del lugar.

–Me doy cuenta de que hace dos meses que no tiras toallas femeninas en la basura –dijo Georgina, pero yo no la escuchaba, sino que rememoraba que nunca supe lo que le ocurrió a mi familia, a Federico, a mis amigos.

–¿Escuchaste?

–¿Cómo? –pregunté desganada, segura de que Georgina iba a fanfarronear de su buena relación con la Central, como siempre hacía si le daba la más mínima oportunidad.

–Que hace ya dos meses que no tienes menstruación, ¿acaso estás embarazada sin permiso?

¡Mierda, chingao! Claro que no estaba embarazada, si ni siquiera salía del departamento, prácticamente no conocía a mis demás vecinos.

–Pues no, lamento decirte que no lo estoy. Cuando me estreso por el trabajo, la menstruación se interrumpe; no es la primera vez que me ocurre, como seguramente tú ya sabes –dije lo más tranquila que pude y fingí estar recogiendo algunos papeles del trabajo.

–¡Qué raro! ¿No será que eres del programa Infertilidad Saludable?

–No, ¿de dónde sacas eso?

Georgina se quedó un rato más en el departamento sin decir nada. Miraba el entorno como si fuera la primera vez que estuviera ahí; seguramente buscaba algún indicio de que yo mentía, alguna pista, algo que la ayudara a decidir si me acusaba o no.

–Bueno, pues a ver qué noticias tenemos mañana de la Central, hay taaaantas cosas de qué ocuparse –dijo al cerrar la puerta tras de sí.

Antes de implementar la Medida de Emergencia, la Central puso en marcha el programa Infertilidad Saludable, que consistía en esterilizar a los pobres, prácticamente a toda la población que andaba en las calles. A mí también me esterilizaron. La Central argumentó que era por nuestro propio bien, para no traer adefesios al mundo, pues el virus estaba ya en el aire, y los más expuestos, o sea, los más jodidos, corríamos un peligro mortal, sobre todo las mujeres que se embarazaban.

La Central prohibió a las personas esterilizadas que vivieran en Santa Fe. No me quedó mas remedio que fingir las menstruaciones cada veintiocho días. Sabía que revisaban nuestra basura y si veían desperdicios femeninos manchados no hacían mayores averiguaciones. Usaba acuarela, tomate y mis propios orines. Afortunadamente nadie confirmaba que se tratara efectivamente de sangre, seguramente el asco los detenía. Las que no tenían ese tipo de basura desaparecían para siempre.

Yo ya había pasado la edad fértil y no me habían obligado a tener un hijo, como hacían con todas las mujeres jóvenes, porque les servía más trabajando en los archivos. Hacía tres meses que había cumplido treinta y nueve años; me confié y pensé que ya no era necesario fingir mes con mes mi condición de fertilidad. En eso también tuve suerte, pues se sabía que había un grupo de sementales encargados de la reproducción al interior de los muros. “Hombres inteligentes y guapos, aptos para poblar el mundo con mejores personas.” Así rezaba el anuncio que a veces interrumpía mi trabajo en la pantalla de la computadora, advirtiendo que cuando llegara el momento no habría posibilidad de negarme y que en todo caso me estarían haciendo un favor. Nunca supe lo que ocurría con los niños y sus madres. El edificio donde yo habitaba estaba poblado por profesionistas, hombres y mujeres solos que realizaban algún trabajo para la Central; gente sin familia que, como yo, evitaba salir de sus departamentos y se limitaba a hacer sus labores en silencio.

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