Bibiana Camacho - Jaulas vacías

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Una herencia desata los celos y antiguos rencores que existen entre tres hermanas, y que pueden terminar en una venganza impensada. Una mujer desaparece por completo del mundo; sin embargo, en los sueños de su amiga subsiste un misterioso mensaje suyo que quizá proviene del Más Allá. En una ciudad postapocalíptica, un mortal sistema de vigilancia disfrazado de videojuego permite a los privilegiados mantener fuera de su mundo perfecto a los indeseables. Un diminuto elefante es el perfecto compañero de habitación, hasta que la mujer que lo alimenta empieza a percibirse asilada de todo.
La naturaleza terrible de las grandes ciudades se revela en la soledad que tiene lugar puertas adentro, en edificios narrativos habitados por personajes que no pueden escapar de sus propias sombras. Ya sea en asfixiantes relaciones sentimentales, en empleos mal pagados, o en familias disfuncionales, los protagonistas viven bajo cielos nublados, sin esperanza, a ciegas. Dentro de trampas que ellos mismos han creado.
Bibiana Camacho concentra su capacidad de observación en estas vidas extraviadas en el trazo urbano. Apunta al momento exacto en el que revelan la rotundidad de su naturaleza pesimista para desplegarlos ante el lector con la elocuente precisión de su escritura.

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–Pues mira, no sé por qué tienes tantos reparos, al final ni cuenta se va a dar de que la casa no es de ella, vela, siempre anda hasta la madre.

Pero Consuelo no estaba del todo convencida. En su mente se agolparon los recuerdos de infancia, cuando Mariela se hacía cargo de la casa y de sus hermanas porque los papás estaban fuera todo el día. Cocinaba, les ayudaba en las tareas, jugaba con ellas y encima no descuidaba sus estudios, siempre fue la de las mejores calificaciones. Consuelo piensa que debió ser muy duro para su hermana hacerse cargo de ellas cuando todavía era una niña; nunca se quejó y las cuidó con cariño. No tenía reparos en irse a pelear con las niñas que las molestaban. Desde muy pequeña aprendió a comprar en el mercado, a pedir el gas, a que no le vieran la cara con el dinero. No, no podía. Si sus padres decidieron dejarle la casa fue por algo, y no estaba dispuesta a confabularse contra su hermana. Por fin, respondió:

–¿Sabes qué, Diana?, yo no quiero la casa, por mí que se la quede mi hermana, fue la voluntad de mis padres.

–Ay, no te hagas la santa, hermanita, tú siempre te la pasabas quejándote y lloriqueando porque mis papás le ponían más atención a la borrachina; ahora resulta que le quieres dejar todo. No te olvides de que es a la única que enviaron a Europa, ya sé que se ganó una beca, pero de todos modos recibió dinero de mis papás. Piensa que es más grande que nosotras, que es la única que no tiene familia. ¿Para qué quiere la casa?

Mariela tampoco quería la casa, y escuchaba a sus hermanas con furia y compasión: no se decidía a levantarse y darles unas bofetadas como cuando eran niñas o, de plano, a echarse a llorar. Jamás se casó, tuvo un par de relaciones más o menos serias, pero nunca le pasó por la cabeza firmar un contrato ni tener un hijo. Conocía demasiado bien su vicio como para pretender crear una familia.

Se levantó de un salto y fue al baño; no miró las caras de sus hermanas, quienes estaban sorprendidas y preocupadas, pensando que quizá las habría escuchado.

–Qué hambre tengo –dijo Mariela cuando regresó.

Las otras dos se metieron a la cocina de inmediato, calentaron comida y le sirvieron un vaso con agua.

–¿Qué no habrá algo más fuertecito en esta casa?

Consuelo le preparó un vodka bien cargado. Mariela comió con apetito, se tomó el trago como si fuera agua fresca. Pidió otro y, esta vez, Diana lo sirvió.

Mientras comía, sentía las miradas de sus hermanas fijas en ella, trataban de dilucidar qué tanto había escuchado minutos antes. Hacía mucho tiempo que su familia y gente cercana se acostumbraron a desdeñarla, a veces la trataban como si no existiera, otras veces como si tuviera cierto tipo de retraso mental o simplemente con crueldad. Acordaron levantarse temprano para asear la casa y hacer un recuento de los objetos que había dentro. Se fueron a acostar sin despedirse. Mariela, en lugar de ocupar un cuarto, se quedó en el sofá de la sala.

Se levantaron temprano, desayunaron, limpiaron y acumularon objetos en silencio. Diana tenía los ojos hinchados porque estuvo llorando buena parte de la noche, estaba alterada, aventaba cosas, azotaba puertas y emitía un sonido como de asco que no parecía estar dirigido a nada ni nadie en particular. Mariela se sentía estupenda, había dormido de corrido y no estaba cruda, de modo que no necesitó el típico trago de la mañana, pero se sentía culpable sin saber por qué. La casa sería de ella, pero estaba lejos de la ciudad y era de difícil acceso sin un carro, que por supuesto no tenía; además estaba descuidada y requería de varios arreglos. A Mariela nunca le gustó, le parecía oscura y con un penetrante olor a viejo que no se quitaba con nada; pero le guardaba cariño porque recordaba días enteros de diversión con la familia, con amigos, con algún novio.

–Creo que lo mejor es que ustedes se queden con la casa, no me siento capaz de hacerme cargo –las dos hermanas la miraron sorprendidas; eran las primeras palabras que alguien decía desde la mañana.

–Claro que te puedes hacer cargo de la casa, hermanita. Además, es la voluntad de mis padres, y por algo te la dejaron a ti –dijo Consuelo.

–Quizá Mariela tenga razón, apenas está medio recuperándose de años de borrachera, y darle otra responsabilidad a estas alturas seguro le hará más daño –Diana hablaba con Consuelo, como si Mariela no estuviera presente.

–Pues por eso mismo, este puede ser un refugio para ella, y yo creo que le hará bien ocuparse de algo distinto, así tendrá la mente puesta en otro lado.

–Sí, claro, ya me la imagino aquí sola, tirada de borracha, sin nadie que venga a rescatarla. Claro, me parece excelente idea –Diana alzó la voz. Mariela clavó la mirada en la mesa y, con los dientes apretados, dijo:

–Quédense con la casa ustedes, qué necesidad de gritar –pero Diana hizo como que no la escuchó y alzó todavía más la voz:

–¿Ves? La hermana mayor no quiere la casa, no la vamos a obligar a que tome algo que no quiere, ¿o sí?

–No me importa lo que digas tú o tú –dijo Consuelo mientras señalaba a ambas–. Mis papás le dejaron la casa a Mariela, y Mariela se va a quedar con la casa.

–¿Y también con el dinero y con las cosas de mi mamá? No, pues si quieres también le dejo mi casa de una vez, y así todos contentos.

Diana y Consuelo se enfrascaron en una discusión que abarcó varios temas rancios: la vez que se accidentaron camino a Acapulco con amigos por culpa del novio de Consuelo; todas las veces que los papás faltaron a eventos relevantes por cuidar a Mariela; el hecho de que, a pesar de las amenazas, Mariela siempre tuviera un lugar en la casa familiar; la vez que Diana le bajó el novio a Consuelo. Gritaron, lloraron, manotearon.

Mariela abrió los ojos de golpe. Todo estaba oscuro. Tenía frío y sentía el cuerpo entumecido. El vaho de su aliento alcohólico la puso en alerta: ¿dónde estaba, qué hora era, de qué día? Le temblaban las manos sin control, necesitaba ayuda, tenía un mal presentimiento, algo funesto estaba por suceder o quizá ya había ocurrido. Como pudo, se incorporó. Estaba en la bodega de la casa de campo. En el suelo había una botella vacía de vodka y un vaso roto. Dando tumbos llegó a la sala vacía. Todo estaba en orden, olía a limpiador de piso y a aceite para muebles. En cambio, ella tenía la ropa sucia y los zapatos enlodados.

–¡Diana! ¡Consuelo! –gritó con la garganta lastimada. No obtuvo respuesta. Las buscó en las habitaciones, pero no había rastro de ellas.

Aturdida, se sentó un momento en la sala; la cabeza le daba vueltas y necesitaba un trago con ansia. Estaba segura de haber ido ahí con sus hermanas para pasar el fin de semana, pero no había rastro de las maletas de ninguna, ni siquiera de la de ella. Discutieron por algo, pero no recordaba por qué. Luego se asomó a la cochera, no había ningún carro estacionado. Encontró su bolsa tirada en la entrada de la casa y, dentro, la cartera y el teléfono celular descargado. Lo conectó y esperó con impaciencia a que encendiera; necesitaba saber qué día era, la hora, quizá tendría algún mensaje. Se adormiló con el teléfono en la mano.

De pronto despertó sobresaltada, creyó escuchar que alguien gritaba, pero la casa permanecía en silencio. Recordó entre tinieblas que hicieron las maletas, después de limpiar la casa; y las tres, enfadadas, emprendieron el regreso a la ciudad. Luego se detuvieron en el mirador donde tanto le gustaba a su padre observar los cerros. Entonces, como si se tratara de una pesadilla, recordó que se quedó rezagada y que enseguida se acercó sigilosamente, mientras ellas seguían discutiendo, paradas en una parte desprotegida del mirador. Se acercó más, hasta que estuvo justo detrás de ellas; si estiraba la mano podría tocarlas, empujarlas. Luego nada, su mente en blanco.

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