Bernardo Esquinca - Mar negro

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Durante un tiempo fui vecino de las pirámides del Templo Mayor. Caminaba todos los días por las calles del Centro Histórico, atento a las señales. Tengo la convicción de que la Ciudad de México quiere contarme historias, y ese destino es palpable en los cuentos de
Mar Negro: el edificio más emblemático del Eje Central convocó a sus distintos avatares en Torre Latino, el eterno letrero de SE RENTA en un viejo inmueble me hizo imaginar la historia secreta de la urbe en «Como dos gotas de agua que caen en el mar»; un vecino desvalido y su sospechosa actitud me llevaron a inventarle una doble vida en «El ciego»; la Plaza de las Tres Culturas y su pasado sangriento me sugirieron una justa venganza, en clave de zombies, en «La otra noche de Tlatelolco». Aparte de mi obsesión por el lugar que alguna vez albergó a la Gran Tenochtitlán, hay mucho más en estas páginas. Criaturas mutantes que prosperan al cobijo de la laguna de Bacalar; unos gemelos conectados con Neil Armstrong y con el lado oscuro de la Luna; una mujer empeñada en revivir -a cualquier costo- a su amante muerto; un coleccionista de muñecas embrujadas que recibe un misterioso regalo, y un vampiro que escapa de su tumba en la ciudad búlgara de Sozopol. Esta última referencia al Mar Negro representa para mí el espíritu del libro: un estado del alma donde lo sobrenatural es posible. Una extensión que, sobre todo, se localiza en el interior de la mente; en las supersticiones y los abismos creados por la imaginación. Para comprenderlo, es necesario nadar en las profundidades de estas aguas. Bernardo Esquinca.

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Semanas después, Ernesto me marcó al celular. Mientras el teléfono sonaba y veía su nombre en el identificador de llamadas pensé en mi cobardía, en que debí haberlo buscado para disculparme. Era la primera vez que hablaríamos desde el escándalo y no me quedaba más remedio que enfrentarlo. Contesté, esperando una avalancha de insultos. Pero lo único que Ernesto dijo fue:

–Tienes que venir. Rodolfo se suicidó.

No me atreví a ir al funeral y me pasé toda la tarde pensando en mi primo muerto. En especial, recordé una comida en la casa de la abuela en la que Rodolfo utilizó el telescopio para mostrarme los diferentes accidentes de la Luna. Con mucha paciencia me fue mostrando cada uno y señalándome sus características. Me dijo que para Giovanni Battista Riccioli, quien hizo el Atlas Lunar en 1651, aquellas sombras semejaban mares, y por eso les dio sus peculiares nombres: Mar de la Tranquilidad, Océano de las Tormentas, Lago de los Sueños, Bahía de los Arcoíris…

–El Mar de la Tranquilidad es donde aterrizaron todas las misiones Apolo –me explicó–. Es una zona ideal porque es amplia y llana…

Y luego agregó algo que relacioné con su carácter extraño, pero que ahora entiendo plenamente:

–Por eso hay que buscar siempre el Mar de la Tranquilidad y evitar ahogarse en el Océano de las Tormentas.

Aquella tarde lloré con amargura, porque había perdido para siempre a mis dos primos más queridos. Lo que no sospeché entonces es que aún me esperaba un último encuentro.

Tres años después de la muerte de Rodolfo, me encontraba en Tucson, a las puertas de una galería y centro comercial de recuerdos especiales llamado Novaspace, que exhibía una exposición de Alan Bean. Fui a Arizona para entrevistar a un cazador de serpientes –encargo del periódico sensacionalista que publicó la fotografía en la que salíamos Patricia y yo–, pero tenía la esperanza de que la galería me pusiera en contacto con el astronauta-pintor. Creía que, si conseguía hacer su biografía, las editoriales importantes volverían a interesarse en mi trabajo. Llegué muy temprano al lugar, luego de una noche de insomnio ante la expectativa de mi visita, y aún no abría sus puertas. Por su apariencia y sus colores, Novaspace parecía en realidad una sucursal de Kentucky Fried Chicken. Si algo tienen los gringos, pensé, es que todo lo pueden volver corporativo y anodino. Incluso una galería que exhibe las pinturas de un hombre que pisó la Luna.

Cuando por fin pude entrar, mi cuerpo resintió el golpe del aire acondicionado y me dieron escalofríos. Conforme fui recorriendo los cuadros pintados por Alan Bean, las sienes me palpitaban y sentía una presión en el pecho. No eran cuadros depresivos: tenían colorido, y en ellos los astronautas aparecían haciendo diversas labores sobre la superficie lunar. Sólo había dos pinturas que expresaban sentimientos. Ambas estaban protagonizadas por un solo astronauta en la misma posición: los brazos extendidos y la cabeza levantada. Una se titulaba ¿Hay alguien afuera?, y la otra Hola, Universo. Entonces pensé que mi angustia provenía de algo que los cuadros reflejaban involuntariamente: una absoluta y asfixiante soledad. No la del paisaje lunar, sino la de la Tierra. Y tuve esta certeza: si uno hacía el ejercicio mental y emocional de ponerse en el punto de vista de los astronautas que miraron nuestro planeta desde el satélite, se podía vislumbrar el pánico del abismo interestelar. Allí arriba no había respuestas, y eso se palpaba en las pinturas de Alan Bean.

Sin embargo, uno de los cuadros guardaba una respuesta para mí. Cuando llegué ante él, tardé en descubrirla. Era la pintura a la que mi primo hizo referencia la última vez que lo vi. La Luna vista desde un sueño en la Tierra mostraba un eclipse lunar. No había nada más en ella, y la primera impresión que me provocó fue que se trataba de la menos atractiva de todas. Cuando me fijé en los detalles, mi corazón se aceleró. La clave estaba en la esquina inferior derecha. Ahí descubrí la firma de Alan Bean y una fecha.

El cuadro había sido pintado tan sólo un mes atrás.

Abandoné la galería en busca de aire fresco. La cabeza me daba vueltas, tenía la mirada vidriosa. Me desplomé en una banca y respiré con dificultad. Sentí arcadas, pero logré contenerlas. En ese momento, alguien se acercó a mí. Era una figura familiar. Me tallé los ojos con las manos porque creí soñar. ¿En verdad mi primo Ernesto me había seguido hasta ahí? ¿Era una casualidad o supo del cuadro por boca de su hermano? ¿Acaso esperó pacientemente mi viaje para constatar en persona el triunfo de Rodolfo? Entonces me di cuenta de que estaba equivocado. Como siempre, las revelaciones me llegaban tarde, precipitándome al Océano de las Tormentas.

Mi mirada se aclaró. La figura que se aproximaba dejó de fingir y me condenó con su cojera.

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