Bernardo Esquinca - Mar negro

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Durante un tiempo fui vecino de las pirámides del Templo Mayor. Caminaba todos los días por las calles del Centro Histórico, atento a las señales. Tengo la convicción de que la Ciudad de México quiere contarme historias, y ese destino es palpable en los cuentos de
Mar Negro: el edificio más emblemático del Eje Central convocó a sus distintos avatares en Torre Latino, el eterno letrero de SE RENTA en un viejo inmueble me hizo imaginar la historia secreta de la urbe en «Como dos gotas de agua que caen en el mar»; un vecino desvalido y su sospechosa actitud me llevaron a inventarle una doble vida en «El ciego»; la Plaza de las Tres Culturas y su pasado sangriento me sugirieron una justa venganza, en clave de zombies, en «La otra noche de Tlatelolco». Aparte de mi obsesión por el lugar que alguna vez albergó a la Gran Tenochtitlán, hay mucho más en estas páginas. Criaturas mutantes que prosperan al cobijo de la laguna de Bacalar; unos gemelos conectados con Neil Armstrong y con el lado oscuro de la Luna; una mujer empeñada en revivir -a cualquier costo- a su amante muerto; un coleccionista de muñecas embrujadas que recibe un misterioso regalo, y un vampiro que escapa de su tumba en la ciudad búlgara de Sozopol. Esta última referencia al Mar Negro representa para mí el espíritu del libro: un estado del alma donde lo sobrenatural es posible. Una extensión que, sobre todo, se localiza en el interior de la mente; en las supersticiones y los abismos creados por la imaginación. Para comprenderlo, es necesario nadar en las profundidades de estas aguas. Bernardo Esquinca.

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Con el paso de los días continué topándome con extrañas criaturas aplastadas por las llantas de los coches en el suelo de Bacalar. Yo las fotografiaba a todas, mientras Daniela les daba de inmediato un nombre para intentar calmar mi creciente inquietud. Si sobre el asfalto había algo peludo y con cola, demasiado grande para ser una rata y demasiado pequeño para ser un perro, ella decía “tlacuache”. Si había algo que parecía un insecto, un grillo o tal vez una hormiga pero del tamaño de un ratón, ella decía “cara de niño”. Sólo hubo algo que no pudo explicar: la piel dejada por una serpiente, a la que sin duda muchos automóviles le habían pasado por encima, porque tenía el grosor de una oblea. Una piel de serpiente, en apariencia simple, que hasta yo supe identificar. Pero cuando la miramos bien nos dimos cuenta de que en el lugar donde debería estar la cola había otra cabeza.

Por las noches me conectaba a Internet y me ponía a indagar sobre los animales que Daniela nombraba. Así es como me enteré de que la forma habitual de las tarántulas no encajaba con la que yo había fotografiado en Bacalar. Daniela se aburría con mis pesquisas y me arrastraba a la cama. Su cuerpo era una novedad para mí, pero tenía algo más a su favor: la conexión a Internet era lenta y se perdía constantemente. Así que yo dejaba que Daniela me alejara del monitor y me enredara entre sus piernas. Lamía el sudor que goteaba por sus muslos, mordía sus tobillos, succionaba los dedos de sus pies. En esos momentos lograba olvidar las cuijas, las libélulas, los zancudos y los gusanos que acechaban en las paredes y en el piso del cuarto.

En el sexo somos más animales que nunca.

Golfo Pérsico, Emiratos Árabes Unidos

Nunca antes se había subido a un camello. Y odió la experiencia. Le parecían animales que se dejaban llevar con una mansedumbre estúpida. Los caballos eran mejores: combatían y conquistaban junto con los ejércitos. Además, el trasero le dolió durante dos días. Su labor en el Proyecto Rojo comenzaba a agotarlo. ¿Por qué era tan importante? El general MacCarthy sabía muy poco al respecto. Se trataba de información clasificada, él sólo cumplía órdenes. Sin embargo, comenzaba a intrigarle. Se dio cuenta de que los estromatolitos tenían diferentes formas en cada lugar al que viajaba el equipo. En unos sitios parecían mantecadas, en otros hongos o pequeñas cúpulas. Los biólogos no decían una palabra al respecto; eran tan crípticos como los superiores del general. Lo único que MacCarthy conocía de aquellas extrañas formaciones era que estaban relacionadas con el surgimiento de la vida en el planeta. Eso, y también que estaba harto de los árabes y su parloteo incomprensible.

Pronto se convirtió en una obsesión. Me apresuraba a dar el taller y después recorría las calles de Bacalar en busca de alimañas. Mi intención no era únicamente llevar un registro. Quería saber. Comencé a preguntar aquí y allá, y a mostrar las fotografías que tomaba con el celular. La gente se encogía de hombros o me miraba con rostro circunspecto. Sí, yo era un bicho de la ciudad. Daniela se alarmó. Arguyendo que mis pesquisas arruinarían mi reputación de escritor serio, intentó convencerme de que me olvidara del asunto. No hice caso: mis libros no se conseguían en Chetumal y sus alrededores; en realidad, yo era un desconocido en la región. Mi desdén hacia los consejos de mi amante no afectó nuestra relación. Seguíamos teniendo sexo por las noches. En cuanto terminábamos, me sentaba frente a la computadora, buscaba información, veía las fotografías una y otra vez.

Mi terquedad orilló a Daniela a tomar una decisión. Una noche particularmente calurosa, me dijo: “Vamos a dar un paseo”. Al principio me rehusé, porque de noche la escasa iluminación de Bacalar impedía ver más allá de la propia nariz. “Será imposible localizar criaturas aplastadas”, le dije. Luego pensé que quizá podríamos topárnoslas vivas, pues era probable que salieran de sus escondites al cobijo de la oscuridad. Eso me llenó de terror. “Te conviene”, insistió, y terminó por convencerme. Caminamos en silencio bajo el cielo nocturno de Bacalar, entre sus calles llenas de ruidos misteriosos y a la vez tan quietas como un cementerio. Daniela me condujo hasta la zona costera que bordeaba la laguna y entramos en el Balneario Municipal. Yo había pasado por ahí días antes: era un lugar abandonado, una construcción que se quedó a medias –suponía– por falta de fondos. Conforme nos acercamos distinguí los restos de una carpa a la orilla de la laguna y una fogata. Sentado junto al fuego había un hombre de barba tupida y ropa andrajosa. Daniela me lo presentó como el profesor Hinojosa. Pensé que era el loco del pueblo y le recriminé con la mirada, pero pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Daniela encendió un cigarro y se alejó por el muelle, dejándonos solos.

Ésa fue la primera vez que escuché hablar de los estromatolitos.

Cuatro Ciénagas, Coahuila

El desierto mexicano lo impresionó. Sus habitantes le parecieron insignificantes y taimados, como todos los mexicanos, pero el paisaje era otra cosa. El escenario perfecto para batallas épicas. De hecho, sus ancestros habían perseguido indios a ambos lados de la frontera; las montañas altas y verdes que circundaban el valle algo sabían de ello. Estar ahí le hizo sentirse en contacto con su pasado. Fue el único lugar del que lamentó irse pronto. Y si tuvo que marcharse fue por el inesperado mensaje que recibió de uno de sus informantes. El general MacCarthy cogió sus cosas y se despidió de los miembros del Proyecto Rojo. Les explicó que se trataba de una emergencia. Lo que más le contrariaba no era tener que cruzar todo el territorio mexicano hasta el sur, sino regresar a aquel sitio. Al pueblucho donde todo el periplo de los estromatolitos comenzó, y donde el general no tomó las precauciones necesarias. Ahora tendría que regresar a corregir su error.

Hinojosa sabía más de lo que yo hubiera imaginado. Más, incluso, de lo que me hubiera gustado saber. Mientras observaba a lo lejos la punta encendida del cigarro de Daniela moverse en la oscuridad como una luciérnaga, le hablé sobre los asuntos que me quitaban el sueño.

–¿Has oído hablar de los estromatolitos? –me preguntó, tras mirar las fotografías de mi celular.

–Nunca.

Hinojosa sacó una petaca, le dio un trago y me la ofreció. Era aguardiente barato, pero le hizo bien a mi ánimo.

–Son los organismos vivos más antiguos del planeta. Están conformados por capas de algas y bacterias. Hace tres mil quinientos millones de años, los estromatolitos desarrollaron la fotosíntesis, liberando oxígeno en la atmósfera, y eso a su vez formó la capa de ozono. Gracias a ello, la radiación ultravioleta fue contenida y la vida submarina pudo evolucionar fuera de las aguas. El mundo existe tal cual es hoy porque los estromatolitos introdujeron todos esos cambios. Son, en pocas palabras, los padres de todos nosotros.

–Entiendo –dije, devolviendo la petaca–. Pero, ¿eso qué tiene que ver con Bacalar?

–La laguna –respondió, levantando la quijada para señalar hacia las aguas oscuras–. Hay pocos lugares en el mundo donde aún se les puede encontrar. Bacalar es uno de ellos.

La punta roja del cigarro de Daniela había desaparecido. No podía saber si continuaba en el muelle o si escuchaba la conversación desde algún punto cercano.

–¿Y las criaturas de las fotografías?

Hinojosa me lanzó una mirada reprobatoria. Él era el maestro y yo el alumno impaciente.

–Hacia allá vamos –le dio un largo trago al aguardiente y continuó–: actualmente la NASA le está poniendo mucha atención a los estromatolitos. Tiene todo un proyecto para estudiarlos. Resulta que es un tipo de vida muy similar al que podría encontrarse en Marte.

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