Aleksandr Skorobogatov - Cocaína

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El protagonista de
Cocaína, la nueva
novela alucinatoria de Aleksandr Skorobogatov, intenta hacer del mundo un lugar mejor a través de las palabras, pero también con la ayuda de un martillo y un clavo gigante. ¿Por qué? Porque, según Dostoievski, tiene que hacerlo. Y también porque nuestro mundo se está volviendo demasiado aterrador. Recientemente abandonado por el amor de su vida, nuestro protagonista pasa sus días vagando por las calles de Moscú con nada más que su imaginación para mantenerla en marcha. Fantasea con batallas épicas en pubs, se asigna el papel de héroe o villano en casos de asesinato, y luego, de repente, recibe una invitación para viajar a Estocolmo: ha ganado el Premio Nobel de la Paz. Un enigmático comité del Premio Nobel lo espera, los muertos resucitan y, además, redescubre su amor anterior. Esto no puede ser verdad, el lector sigue pensando. Pero el autor, siendo el creador de sus personajes, puede hacer con ellos lo que quiera. Y así comienza un intrigante juego de gato y ratón entre autor, protagonista y lector.Cocaína es una celebración sin límites de las posibilidades aparentemente ilimitadas de la imaginación humana. Es
una montaña rusa literaria de la mejor tradición rusa.

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Al instante siguiente los músicos borrachos de sangre ya estaban de nuevo golpeando las cuerdas, y el torbellino del baile me arrastró detrás de la barra, donde en charcos de cerveza yacían igualitas las camareras-gamuzas, experimentadas y ágiles… Una de ellas no estaba ocupada. Vacié un vaso con algo agrio y me lancé sobre ella, sobre la gamuza.

Los músicos empezaron a tocar una fanfarria.

No iréis a decirme que los escritores somos gente poco práctica que pierde fácilmente la cabeza en los momentos de entusiasmo: conseguí rebuscar en su bolsillo. Hubo un momento en que ella, desconsiderada, se distrajo y apartó la mano que apretaba su bolsillo mugriento. ¡Fueron solo unos segundos!, pero para mí, que soy de reacción fulminante, fue más que suficiente.

No me contuve y exclamé tres veces bien alto: «¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!».

Cuando todo acabó, le di unas gracias moderadas a la camarera y me dirigí a la salida.

7

Ya ni recuerdo cómo acabé en los grandes almacenes de nuestra ciudad, subí a la segunda planta. He de confesar que me encontraba mal. Me parece que me había subido la fiebre. La cabeza me daba vueltas y me dolía, los ojos se me nublaban a ratos y en algunos momentos me fallaban las piernas; me veía obligado a pararme para no caer. Me sentí un poco mejor en la sección con el seductor nombre de «hazlo tú mismo».

Por extraño que parezca, hasta entonces no me había visto ni una sola vez en la tesitura de matar a personas vivas. Es más, en ese momento ni siquiera sabía de qué manera la gente solía matarse entre sí. Era joven, estaba un poco inquieto y no tenía a quién pedirle consejo.

La vendedora —una muchacha de pelo claro como el lino, una muchacha agradable con una bata cortita color verde lechuga— me lanzó una mirada de indiferencia cuando me acerqué para hacer la pregunta que me atormentaba. Afortunadamente, me detuve a tiempo…

En resumen, caía un aguacero terrible cuando me encontré de nuevo en la calle. Estalló un trueno, brilló un relámpago cegador. En la torre Spásskaia de una ciudad lejana el reloj marcó silenciosamente las nueve de la noche. Desde la esquina de la casa que estaba enfrente, yo vigilaba la salida del café. No voy a mentir, no recuerdo cómo salió ese hombre a la calle, cómo empezó y después terminó la persecución, cuándo se acercó a su casa-rascacielos de cristal y hormigón que llevaba el nombre del camarada Jruschov. Había anochecido, nevaba copiosamente y yo apenas podía mover los pies, las ideas se me entremezclaban; no sé cómo me las apañé para no perder el conocimiento.

El viejo golpeó varias veces los pies en la rejilla para limpiar el barro y la nieve adherida a las suelas, abrió la puerta y desapareció. Pocos segundos después también yo entraba al portal, mientras toqueteaba en el bolsillo el clavo que había obtenido de la vendedora. Los pasos resonaban un piso por encima. Por una escalera en penumbras, subí en pos de él.

Los pasos cesaron. Estaba en el descansillo delante de su puerta, sacando las llaves del bolsillo. Tras fijarme en la puerta, retrocedí a las sombras. La puerta se abrió; el canalla pasó a la entrada y cerró tras de sí dando un portazo.

Es extraño que hasta el último instante no me hubiera parado a pensar ni una sola vez en cómo iba a cumplir con mi terrible propósito. Sí, había comprado un clavo y un martillo, pero ¿cómo iba a entrar en su casa? ¿Cómo iba a acercarme a ese gusano para estar a la distancia imprescindible para golpearlo?

Me quité el gorro de la cabeza, lo envolví en una bolsa de celofán y lo até bien con una sirga. Subí. No había timbre en la pared. Llamé a la puerta primero con golpes suaves, después más fuertes.

Durante un buen rato nadie respondió desde detrás de la puerta.

Pero, de repente, me pareció que estaba allí, al otro lado, en su pasillo a oscuras, escuchando. Y así lo veía: gordo, con la chaqueta abierta a la altura de la barriga, sudoroso, presta atención y tiene miedo; con la oreja pegada a la puerta, se rasca el pecho peludo por encima de la camisa.

Estuvimos así un buen rato —yo, en la escalera; él, en el pasillo— escuchando, chupándonos los labios y entornando los ojos de la misma forma y casi al mismo tiempo para oír mejor.

Él lo resistió menos y abrió la puerta que, por alguna razón, tenía la cadena echada.

8

—¿Y cómo es que tiene la cadena echada? —pregunté.

—¿Qué pasa, que no puedo?

Sacó del bolsillo una rebanada de pan con queso, mordió la mitad y, resoplando, empezó a mover la mandíbula, mientras me miraba con cara de pocos amigos. Tenía los ojos marrones, y estaban demasiado cerca el uno del otro.

—Le he preguntado que por qué echa la cadena —volví a preguntar.

—Pues así —respondió él.

—¿Qué es eso de «pues así»?

—Así como así —se echó a reír, pero se atragantó y empezó a toser, y me escupió el pan directamente a la cara.

Le dije lo siguiente:

—Ni siquiera los gatos nacen así como así.

Y repetí:

—¿Por qué ha echado la cadena en la puerta, a ver?

Y me limpié la cara con la manga, sin apartar de él mi mirada tensa.

—Pues sí que le ha dado bien al muy cabezota —dijo el otro entre toses, escupiendo una y otra vez. Resultaba curioso la cantidad de pan con queso que había conseguido meterse en la boca de un solo mordisco.

—Se lo pregunto por última vez, pedazo de basura: ¿por qué ha cerrado la puerta echando la cadena?

Él tosía y escupía, escupía y tosía. Y me miraba como hosco, como con cierto recelo oculto.

—¿Qué pasa, que el cerrojo le parece poco?

Estaba al límite de mis fuerzas. Para no caerme, tuve que apoyarme en la pared.

—Sí —me cortó él y le dio otro mordisco al pan y otra vez empezó a toser.

¿Acaso eso era una respuesta? A las personas cortas se las veía de lejos.

Él tosía.

—Voy a contar hasta tres —dije—. U-uno-o…

Él se puso a doblar los dedos sudados, similares a salchichas.

—Do-os —continué.

Dobló un segundo dedo.

—Dos y un cuarto…

Vaciló un momento y por poco no dobló un tercer dedo.

—Dos y medio.

El gordo dobló el dedo por la mitad.

—Dos y medio y un cuarto.

Su dedo ya casi rozaba la palma de la mano.

—Bueno, ¿qué? ¿Vas a empezar a hablar? No voy a seguir esperando. ¡Habla rapidito, basura! Si no lo haces… Aunque, me la suda. En realidad, he venido por otra cosa.

El gordo suspiró aliviado y se pasó la mano por la frente. Quedaba claro que se había asustado de veras.

En silencio, le tendí la bolsa envuelta con la sirga.

9

—¿Qué es?

—Es un gorro —respondí, y de pronto pensé que habría sido mejor cambiar la voz, para que no reconociera en mí al cliente que acababa de estar en el café.

—Tómelo, por favor —dije con la voz cambiada.

—¿Qué te pasa en…? —no terminó la frase y con una salchicha se señaló la garganta, mientras me lanzaba miradas de sospecha.

—Una mutación en la voz.

—Ajá… —dijo, y prestó atención a la bolsa.

Se embutió en la boca el último trozo de pan y se puso a examinar la bolsa: hizo ruido con el celofán, lo miró a la luz, lo estrujó, lo palpó, mordió un trozo y se quedó pensativo, masticando y haciendo rechinar los dientes de una manera especialmente profesional.

Aguardé paciente el fin del examen pericial.

—No —meneó él la cabeza, al fin.

—¿No lo acepta?

—No —fue su breve respuesta.

Sabía cómo debía actuar: saqué del bolsillo las monedas que tenía preparadas y las pasé por la rendija. Al instante el dinero desapareció tras la puerta, pero seguía viéndose un filtro de recelo en los ojos del viejo.

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