—¿Y cómo sabes todo eso?
—Huy, sé muchas cosas.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros con una sonrisa, exhibiendo sus dientes curvos, rosados.
De improviso, saqué del bolsillo un martillo y un clavo, coloqué el clavo bien cerca de su cabeza y levanté el martillo.
—Habla, rápido —empecé a gritar—, ¡o ya verás! ¡Dímelo, cerdo!
—¡Lo he leído! ¡No la tomes conmigo! —empezó a gritar el otro y, furioso, escupió en la nieve—. Me he leído tu libro en la biblioteca, imbécil. ¡Hasta te quería pedir un autógrafo! Pensé que estaría bien comprarlo, cien rublos no es tanto.
Y volvió a escupir, pero esta vez a mis pies. Y después se dio la vuelta y se alejó.
Existe una palabra: vergüenza. Pues bien, yo sentí mucha vergüenza. Una vergüenza terrible. Una vergüenza como enfermiza. En primer lugar, era un lector. En segundo lugar, había tenido intención de comprar mi libro.
¡Ay, qué mal que salió todo!
Después de levantar de la nieve a la anciana caída y de sacudirle el abrigo, le pregunté en voz baja, mirando a mi alrededor:
—¿Y ahora qué? ¿Sobre qué voy a escribir ahora?
Se puso de puntillas y susurró:
—La gata con los gatitos…
Y después agarró las bolsas y se alejó a toda prisa, mirando a su alrededor, apartando la nieve con unas botas de fieltro grueso…
Corrió todo a lo largo de la tienda, por el camino iluminado por el escaparate y que esa mañana había barrido el viejo conserje; pasó corriendo junto a la parada donde se agolpaba la gente esperando el autobús; pasó corriendo junto a los niños que patinaban en el hielo bajo una farola rota en el paso entre dos casas; se resbaló y se cayó, pero al momento se puso de pie, como si fuera de goma, como si la hubieran inflado con aire comprimido, agarró las pesadas bolsas y siguió corriendo, pasó junto a la parada, junto a la tienda con el escaparate iluminado, junto a la farola con los niños en el hielo, junto a la gente que esperaba el autobús, junto a mí —que seguía su sorprendente carrera con mucho interés—, junto a los niños, junto a la tienda, junto a la parada, junto al peatón desconocido, que mordisqueaba pensativo el extremo de un cigarrillo roto por el viento, que miraba a lo lejos forzando la vista; pasó corriendo junto al tranvía parado enfrente a las tres de la madrugada, junto a mí, junto a sus bolsas —que había dejado en la consigna—, junto a un café con guardarropa y su encargado, que te aceptaba propina, junto a un hotel con el letrero «mir», junto a los niños pobres que se deslizaban debajo de una farola rota por el hielo de un paso entre dos casas levantadas en mi calle, en la misma calle donde yo había crecido y había patinado sobre el hielo debajo de una farola rota, donde había transcurrido mi infancia, donde vive mi madre, donde había vivido la amada que me había dejado, donde ahora vivía la que no me querrá (y que por eso mismo no me dejará), donde estoy sobre un montón de nieve profundo y me cubro la cara con el cuello por culpa de una ventisca terrible, donde ya nadie me recuerda, donde me pusieron un monumento —no muy grande, pero de plata—, donde hay una tienda junto a la que pasa corriendo una vieja zapateando en sus botas de fieltro, respirando con fuerza, dejando tras de sí nubes de nieve, formando torbellinos y unas extrañas corrientes de aire en las que se agitan los niños, la parada del autobús, la farola y las casas, y ella corría agitando las bolsas y respirando con fuerza… directa al metro.
¡Así que ahí era donde iba! Y yo que había pensado…
Una anciana misteriosa a la que había ayudado a levantarse del suelo y a la que había sacudido el abrigo, verduzco, con botones también verduzcos pero más oscuros. Una anciana misteriosa.
3
Por la acera repleta de nieve venía en mi dirección una gata y, tras ella, alternando rápidamente las patitas débiles, avanzaban a pasitos cortos sus crías. Pequeñas, afelpadas para el invierno, lanzaban chillidos enternecedores cuando se hundían en la nieve, y entonces la gata daba la vuelta y las sacaba con los dientes de entre la nieve.
¡Lo que me faltaba!
Tenía que cambiarme de gafas sin falta, porque con estas ya empezaba a ver mal.
El caso es que no había ninguna gata, sino simplemente una rata, repulsiva, una rata de alcantarilla, peluda por el invierno, y tras ella daban pasos cortos sus crías gordas y perezosas.
Había tomado erróneamente sus chillidos por los maullidos de unos gatitos.
Aunque, a grandes rasgos, se parecían.
Y ahí está la rata arrastrándose hasta la carretera y parándose. Intranquila y perpleja, sufría por sus crías y por ella, y esto también era humanamente comprensible: ¿quién tiene ganas de palmarla?
Cuando la rata parecía estar dispuesta a darse la vuelta, le llegó una ayuda inesperada: por la escalera de una garita de cristal bajaba un policía. Arrugando el ceño para disimular que estaba conmovido, salió a la calzada y sacó su palo a rayas que se encendía cual farolillo de Navidad. La rata, tras un primer resbalón en el hielo, sacó las garras y salvó el bordillo hasta la carretera. Sus crías se tiraron detrás; toda la familia meneaba la cola. Una vez en el otro lado, la rata aguardó a que estuvieran todos y saltó a un contenedor, del que quedó colgado su cola peluda para el invierno. Y las crías subieron por ella hasta el interior del contenedor.
Y ahí estaba yo, embelesado.
4
Muy pronto en mi camino surgió un café. Sin vacilar, agarré el tirador macizo en espiral y empujé la puerta. Una campanita sobre la puerta me dio una bienvenida amistosa con la palabrita china «ding».
En el guardarropa trabajaba un hombre mayor muy delgado de cara arrugada, similar a una seta desecada. Lanzaba miradas severas a los visitantes y no hablaba con nadie, conservaba su dignidad. Me quité la cazadora sobre la marcha y se la tendí al encargado del guardarropa. Mientras este la colgaba, me quité el gorro de la cabeza —el mismo gorro de lana tejido por mi mujer que había reconocido un peatón casual— y, cuando el hombre regresó con la ficha, le di el gorro.
Pasó, por decirlo de forma metafórica, toda una eternidad mientras ese gusano meneaba negativamente su sesera de chivo.
—¿No los guardan o qué? Pero si ahí, ahí mismo hay… —señalaba yo con timidez las perchas donde, en efecto, había gorros, pero vaya gorros…
Del mismo modo que la niebla matinal, flotaban en el aire formando nubes ligeras, unos gris azulado, otros más oscuros, bien de piel de cebellina, bien de chinchilla, suaves incluso para la vista, casi inmateriales e increíblemente caros.
Ay, ¿por qué no me fui? ¿Por qué no corrí cual torbellino, mientras él seguía meneando la cabeza? ¿Dónde estaba mi alabada intuición? ¿Dónde ese sentimiento natural de conservación conocido por todo bicho viviente? Tendría que haber salido corriendo, volando, tendría que haberme escondido. No hacía falta, no hacía ninguna falta insistir, pues el sentimiento de angustia, con un desagradable deje metálico en la boca por la catástrofe que se me venía encima, ya me estaba agobiando. Pero me quedé donde estaba.
—¿Dónde quiere que lo cuelgue? —dijo el viejo gusano.
Con un dedo, tembloroso, señalé las perchas.
¿Queréis que os diga qué había en sus ojos?
Desprecio, eso es lo que había en sus ojos.
—Pero es que eso sí son gorros, y de piel —dijo en tono expresivo y fuerte—. Y tú lo que tienes es…
Tenía dificultades para elegir una definición, igual que las tiene el propio autor. Y si las tiene el propio autor, ¿cómo no iba a tenerlas un lamentable guardarropa que no había acabado el colegio y con un pasado laboral difícil, al que le cuesta hasta leer los periódicos (y, en gran medida, se limita a los titulares compuestos de letras grandes) y que cuenta solo hasta trece y, además, en alemán?
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