—Te divorcias, ¿no es cierto, amigo mío? —dijo de manera casi fraternal, como alguien que te expresa su compasión.
Mierda, pensaba que no se me notaba. En todo caso, tenía mejor aspecto que él. Ninguno de mis amigos lo sabía aún. Mi mujer y yo habíamos iniciado los trámites del divorcio solo unos días antes.
Le pregunté de nuevo cómo se llamaba, alentado por su locuacidad.
—Gueorgui Gospodínov.
—Ese… es mi nombre —casi grité.
—Ya lo sé. —Se encogió de hombros, indiferente—.Antes solía leer tu periódico. Conozco a siete personas más con el mismo nombre y apellido.
No dijo nada más. Lo dejé allí y me marché precipitadamente. Todo trascurría igual que en un folletín de tres al cuarto. Se me ocurrió que podría llamar a su mujer y preguntarle el nombre de su exmarido. Antes de doblar la esquina, volví la vista sin poder resistirme. Seguía allí sentado, balanceándose rítmicamente en su mecedora trenzada. Como aquellas manitas de plástico que se pegaban antaño en las lunas traseras de los coches.
Volví a buscarlo un año más tarde. Mientras tanto, había dado con una editorial que accedía a publicar el manuscrito y solo tenía que dar otra vez con él para que firmara el contrato. No confiaba en poder arrastrarlo hasta la editorial, así que llevaba el contrato conmigo. Eran los últimos días de la primavera. Ya le había preguntado a su exmujer por lo del nombre y había tenido que tragar con la coincidencia. Todo aquello me hacía sentir un poco culpable, quizás a causa de la leve repugnancia que me provocaba compartir mi nombre con un tipo caído en desgracia como él. El contrato con la editorial establecía unos honorarios más que dignos que seguramente le vendrían como llovidos del cielo. Recorrí el parque pero no encontré rastro de él. Me aproximé al mercado y abordé a uno de los tenderos, con quien recordaba haber hablado en una ocasión anterior. No sabía nada. La última vez que lo había visto era a finales del pasado otoño, en octubre, no… a inicios de noviembre. Desde entonces no se había dejado ver por allí. Tras lo cual agitó la mano y soltó, como de pasada, qué frío de perros hizo ese invierno, y el Péndulo (así es como lo llamaban) pretendía pasarlo en su columpio, o sea, bueno, en su mecedora… Mientras me contaba todo aquello, vendió un kilo de tomates, dos kilos de pepinos y unos cuantos manojos de perejil fresco, y tampoco perdió ocasión de alabar su mercancía ante mí, todo ello en un tono indiferente, demasiado agudo. Deseé pisotear sus tomates, uno a uno, arrancar una a una las hojitas frescas de perejil y, finalmente, hundir su cabezota en aquella papilla. Cómo era posible que ninguno de los vendedores, que parecían ser los únicos seres con los que se relacionaba, hubiera movido un dedo por el vagabundo. No sé en qué forma, un cuartucho para el invierno, un sótano, al menos… Pero la rabia cedía poco a poco e inevitablemente surgía la pregunta de por qué yo mismo no había hecho nada por aquel desgraciado. Salí del mercado a escape y busqué un banco en el parque, no lejos del lugar donde creía haber hablado con el hombre de la mecedora por última vez. Para colmo, debido a alguna extraña coincidencia —¿por qué siempre parecen extrañas las coincidencias?—, los dos acarreábamos el mismo nombre. Pero puede que todo haya ocurrido de otra forma, me dije. Puede que, inesperadamente, el hombre se las haya apañado para salir adelante. Puede que la publicación de sus textos en el periódico lo haya animado a levantarse y a abandonar su sempiterna mecedora, y que ahora esté currando en algún sitio, escribiendo, incluso. Puede que haya alquilado un piso, que haya encontrado a otra mujer. Por un momento intenté imaginarlo en el salón de su apartamento, en uno de aquellos bloques de paneles prefabricados, frente al televisor, con pantuflas, con unos pantalones desgastados pero limpios y un jersey grueso, sentado allí, en su mecedora. Y en el regazo, aquel gato callejero que le vi acariciar en su momento. Cuanto más examinaba aquel cuadro en mi cabeza, más irreal me parecía. Al cabo de un rato, saqué el contrato con la editorial e hice lo último que podía hacer por mi tocayo. Lo firmé.
Ellos flotan en el vacío, puesto que este existe. Al entrar en contacto entre sí, desatan la generación. Y al separarse, la destrucción.
demócrito,
según Aristóteles
Flaubert soñaba con escribir un libro sobre nada, un libro sin ninguna fábula externa, un libro «que se sostuviese a sí mismo con la fuerza interna de su estilo, como la tierra se sostiene en el aire». Proust llegó a realizar, hasta cierto punto, tal ensueño sosteniéndose en la memoria involuntaria. Pero él tampoco pudo evitar caer en la tentación de fabular. La inmodestia de mi deseo consiste en hacer una novela compuesta solo de inicios. Una novela que arranca todo el tiempo, promete algo, llega hasta la página diecisiete y vuelve a empezar. Había encontrado la idea —o el origen primordial— de semejante empresa en la filosofía antigua, sobre todo en aquella trinidad natural-filosófica: Empédocles, Anaxágoras, Demócrito. Sobre estas tres ballenas reposaría la novela de inicios. Empédocles defiende un número limitado de «raíces», y a los cuatro elementos primordiales (tierra, aire, fuego, agua) añade el amor y la discordia, que son los que los ponen en movimiento y realizan las combinaciones. El más comprensivo con mi novela resultaba ser Anaxágoras. La idea de la panspermia, o de las semillas de las cosas (Aristóteles las llamaría más tarde «homeomerías», pero eso suena mucho más frío e impersonal), podía llegar a convertirse en la fuerza fecundadora de esta novela. Una novela construida por un sinfín de partículas pequeñas, de sustancias primordiales, o sea, de principios que participan en combinaciones ilimitadas. Si Anaxágoras sostiene que cada cosa concreta se compone de pequeñas partes a su semejanza, entonces la novela podría construirse solo a base de inicios. Fue entonces cuando decidí intentarlo con los principios de novelas que se han convertido ya en clásicos literarios. Podría llamarlos también «átomos», rindiendo homenaje a Demócrito. Una novela atomista de inicios que flotan en el vacío. Mi primer experimento sonaba así:
Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo el rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield. Pero no tengo ganas de contarles nada de eso.
Si soy el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho, y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche.
Me llamo Arthur Gordon Pym.
Comoquiera que el squire Trelawney, el doctor Livesey y otros caballeros como ellos me han pedido que ponga por escrito todos los detalles referentes a la isla del tesoro, de principio a fin, sin callar nada excepto sus coordenadas —y esto solo porque todavía queda allí tesoro que recobrar—, tomo la pluma en el año de gracia de 17… y me remonto a la época en que mi padre regentaba la posada Almirante Benbow, cuando el viejo marinero de piel curtida y con la cicatriz de un sablazo llegó a hospedarse bajo nuestro techo.
Ayudaron a Bay Ganyo a quitarse de los hombros la basta capa turca, luego se cubrió con un fino manto belga y todos afirmaron que Bay Ganyo ya estaba hecho todo un europeo.
—¿Por qué cada uno de nosotros no cuenta una historia sobre Bay Ganyo?
—¡Estupendo! —exclamaron todos.
—Empiezo yo.
—Esperad, yo me sé más historias…
—De eso nada, yo primero, tú no sabes nada.
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