Carlos Alberto Barzani - Actualidad de erotismo y pornografía

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Este libro presenta diversos debates, perspectivas, voces y miradas en torno al campo del erotismo y la pornografía.Raquel Osborne profundiza acerca de la complejidad que implica una supuesta diferenciación entre erotismo y pornografía poniendo de relieve que se trata de un terreno muy resbaladizo y donde los sesgos de todo tipo, tanto más se filtran, cuanta mayor es la intención de diferenciar entre estos dos conceptos.Michela Marzano llama la atención sobre la paradoja de la sociedad contemporánea que se enorgullece de su discurso sobre las relaciones íntimas, presentándolas como la expresión de un intercambio basado enteramente en la autonomía y la libertad individual y propone cuestionar el verdadero resultado de la liberación sexual. Irene Meler aborda las tendencias contemporáneas de la sexualidad desde una perspectiva que articula el enfoque de Género con el análisis de las subjetividades. Los deseos y las prácticas sexuales constituyen analizadores privilegiados del estado de las relaciones de género, donde el poder se anuda con el deseo de modo inextricable.Jorge Leite Jr. discute el predominio de la imagen del ano en la pornografía heterosexual convencional contemporánea. Sea en las prácticas sexuales (sexo anal) o principalmente como exposición de órgano, el ano en estas producciones parece cada vez más tomar el lugar que, históricamente, estaba reservado para la cara: la expresión de la individualidad humana.Finalmente, Carlos Barzani realiza un acercamiento crítico al movimiento posporno y reflexiona acerca de los aspectos revolucionarios y de apertura, y por otro lado, el riesgo de que el posporno, como otrora la teoría queer, sea capturado y neutralizado por la pornografía mainstream y el sistema heteronormativo capitalista.

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Por mi parte, al centrar los intereses de mis investigaciones en los discursos producidos al hilo de esta temática y en las políticas que de ahí se generaron, sobre todo en el mundo anglosajón en los años ochenta del pasado siglo, observé sobre todo el desacuerdo en el seno del feminismo en torno a lo que podía ser una definición de erotismo/pornografía y las políticas subsiguientes. Subyacían distintas concepciones acerca de las naturalezas masculina y femenina y de las relaciones entre los sexos, así como de los límites de la exploración sexual y de la moral feminista, en una suerte de reubicación de las iniciales posiciones feministas en temas de sexualidad: habían trascurrido la revolución sexual de los años sesenta y el surgimiento del feminismo, con la salida del armario de nuevas cuestiones acerca de la sexualidad y la violencia contra las mujeres.

El feminismo se incorporó tardíamente a esta discusión en torno a las definiciones, que ha generado ríos de tinta a lo largo de muchos años sin que se haya logrado un consenso, entre otras cosas porque el asunto presenta una difícil solución. Nos remitiremos, pues, a algunas de estas discusiones, que podríamos calificar de endémicas, para a continuación proporcionar algunos argumentos sobre la dificultad de las definiciones y el peligro de las falsas certezas conducentes a políticas restrictivas de corte moralista. La doble moral sexual conducirá sus políticas represivas hacia las trabajadoras del sexo, victimizando al eslabón más débil de la cadena como aviso a navegantes. Este artículo pretender contribuir a la reflexión sobre las implicaciones de estas políticas para todas las mujeres.

El debate feminista

Tras la revolución sexual de los años sesenta y con la segunda ola del feminismo de los años setenta las mujeres se organizaron en un movimiento de liberación que cuestionó y reconceptualizó las ciencias y los discursos en lo que al statu quo de las relaciones entre mujeres y varones concernía. Lo personal se convirtió en político, de modo que hasta las relaciones más íntimas se analizaron bajo el prisma del poder de un sexo sobre el otro. Se empezó a hablar de relaciones de género, que se entendieron como un eje principal de la organización social: matrimonio, familia, reproducción y sexualidad fueron puestos en cuestión y considerados locus centrales de la desigualdad.

Las feministas estadounidenses comenzaron a discutir y a organizarse respecto a ciertas formas de opresión descuidadas hasta entonces, como eran las agresiones sexuales y los malos tratos a las mujeres. De ahí se pasó a considerar el tratamiento machista que los medios de comunicación y las representaciones al uso daban de la mujer, para acto seguido centrarse en la pornografía como el ejemplo más extremo de objetualización y de incitación a la violencia contras las mujeres.

El resultado fue la negación, el olvido, la relegación a un plano secundario de la vieja pregunta freudiana: ¿qué desean las mujeres, sexualmente hablando? Otras cuestiones permanecían inescrutadas: ¿de qué manera obtienen placer sexual las mujeres bajo el patriarcado? ¿En qué consiste la sexualidad femenina? ¿Cuál es el papel de la fantasía sexual en todo esto?

A comienzos de los años ochenta nos encontramos un feminismo dividido entre un poderoso movimiento antipornografía y las feministas llamadas pro-sexo. El énfasis de las primeras pasó de las agresiones reales contra las mujeres, véanse las agresiones sexuales y los malos tratos, a la ideología que según ellas promueve y epitomiza esta violencia: la pornografía con sus imágenes de degradación y objetualización de la mujer, desde las que se perdía de vista su dimensión sexual. De esta manera, se unilateralizó la concepción de la sexualidad bajo su aspecto de riesgo, su faz peligrosa.

En un análisis altamente dicotómico, se identificó mujer y naturaleza con erotismo, y hombre y cultura con pornografía. Erotismo, en este planteamiento, significa amor apasionado y libre deseo; pornografía, por el contrario, se identifica con objetualización y violencia hacia las mujeres. Desde esta perspectiva, pues, la sexualidad masculina es agresiva, irresponsable, orientada genitalmente y potencialmente letal. La sexualidad femenina es discreta, difusa y orientada a las relaciones interpersonales. A los hombres se les identifica por su orientación sexual agresiva; las mujeres, por el contrario, no son definidas primordialmente como seres sexuales sino amorosos y sensuales.

Frente a esta postura, la tendencia pro-sexo quiso añadir la cuestión del placer de las mujeres a un análisis exclusivo como víctimas. Placer y peligro conformarían los ejes de la sexualidad femenina. La estructura patriarcal condiciona la actuación de las mujeres, se remarcaba, dificultando el placer sexual; pero pensarlas solamente en términos de opresión y violencia sexual ignoraría la agencia femenina en el terreno de la sexualidad, de la que se resalta su diversidad y la pluralidad de sus manifestaciones, a promover en vez de restringir. Y la agencia femenina pasa por la relación entre deseo y fantasías sexuales: otra cosa es que la pornografía al uso responda a las fantasías sexuales femeninas.

En este análisis, la pornografía poseería aspectos contradictorios: por un lado, el sexismo y la victimización de las representaciones de las mujeres resultaba indudable; por otro lado, un espacio donde se representa un sexo no marital y no procreativo, con mujeres sexualmente activas, demandando placer, agresivas y poderosas, algo muy raro de ver en las manifestaciones de nuestra cultura. Que ciertas mujeres disfruten con la pornografía -a pesar de que casi toda está hecha por y para hombres- no significa simplemente una acomodación al sexismo, sino la conexión con las fantasías sexuales femeninas, como ya se ha apuntado.

Pornografia/erotismo: a vueltas con las definiciones

Al problema de la definición no escapa el feminismo antipornografía, como hemos apuntado, pero en ese recorrido muchos le han acompañado antes y después: lo interesante aquí es que el intento provino esta vez nada menos que de un movimiento social.

Definiciones puede haber muchas, pues es un tema en el que todo el mundo parece saber con bastante certeza de qué está hablando. En la España de charanga y pandereta tuvimos que padecer la expresión “la ola de erotismo y pornografía que nos invade”, bajo la que se amalgamaban los dos conceptos en uno solo; con ella algunos próceres del franquismo no cesaban de denunciar una supuesta corrupción de las costumbres, cuando en realidad tan solo pretendían perpetuar el encorsetamiento de la ya muy limitada sexualidad de los españoles.

Si pensamos en el tema como una cuestión de clase y de cultura, la pornografía alimentaría a las masas más o menos iletradas de varones, mientras que del llamado erotismo se nutrirían unas capas sociales más refinadas para las que el marco en el que la pornografía se desenvuelve resultaría muy burdo y, en definitiva, poco excitante.

Del mismo modo se realiza esta operación cuando se quiere diferenciar a la pornografía por su ausencia de contenido artístico con el argumento de que el erotismo es igual a sexo explícito, pero realizado con buen gusto, entrando, de nuevo, en criterios culturales más o menos clasistas: a lo que parece bazofioso y realizado con pocos medios se le llama pornografía -considerándolo, por tanto, un material rechazable- y a lo que se clasifica como erótico, por su mejor calidad estética, se le denomina arte, y ya se salvó el producto.

El objetivo de lograr la excitación sexual del consumidor es un rasgo muy comúnmente asociado a la pornografía, pero entonces el catálogo de ropa interior infantil de unos grandes almacenes o algunos pasajes de la Biblia, capaces de surtir un efecto onanista en ciertas personas, entrarían dentro de la definición de pornografía.

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