Manuel Ruiz del Corral - Ser digital

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Manuel Ruiz del Corral aporta una novedosa visión de la tecnología y de la profunda transformación que esta trae consigo desde una perspectiva humanista, reivindicando un papel menos superficial y más reflexivo sobre la importancia de las personas y sus valores más esenciales, ante una revolución tecnológica que ha alcanzado ya a todas las esferas de la vida cotidiana del ser humano.

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En la nueva industria no solo vamos a encontrar contrastes ideológicos, sino también de integridad. Porque, según las revoluciones abren nuevas puertas, también se crean formas ilícitas de cruzarlas.

En nuestra sociedad digital de hoy, la ciberdelicuencia es un hecho constatable con el robo de datos bancarios e imágenes personales, chantajes virtuales a personas de la vida pública, ataques a sistemas de autoridades o el acceso no autorizado a documentos secretos. Esto es, no obstante, un juego de niños comparado con lo que está por venir. En modelos empresariales en los que las decisiones sean tomadas por las máquinas en base a sus análisis predictivos, o en ciudades inteligentes cuyos recursos (luz, agua, tráfico de vehículos, etc.) sean gestionados y controlados por objetos inteligentes, cualquier intrusión en la inteligencia artificial puede hacer un daño sin precedentes, tanto a nivel individual como colectivo. Todo ello con el añadido de la desprotección casi total del usuario frente a estos ataques, ya que la seguridad informática es un coto reservado a los expertos.

Por otra parte, la virtualidad de las nuevas formas de comunicación da también un enorme margen a la creación de submundos no controlados. En nuestros días, se estima que más del noventa por ciento de los contenidos de Internet están fuera del alcance de un usuario habitual, y que muchos de ellos se encuentran en la llamada «Internet profunda» o «deep web», una red que se oculta a sí misma de forma inteligente a pesar del constante esfuerzo de supervisión por parte de las autoridades, y que contiene tanto recursos lícitos como ilícitos y fraudulentos. Cual mercado negro, la venta de datos robados, el acceso a redes sociales privadas para activistas o extremistas ideológicos, los servicios de hacking a la carta o la venta de armas y narcóticos, son algunos servicios que están disponibles en esta Internet paralela.

Estos contrastes son, en definitiva, parte fundamental del proceso de cambio de la sociedad en nuestros días, y asumirlos activamente es el verdadero reto para que la revolución digital que nos sobreviene sea sostenible y saludable.

Como autoridades, científicos, fabricantes o vendedores de tecnología, debemos ser conscientes de lo que está pasando para asumir en todo momento nuestra responsabilidad ante el impacto biológico, conductual y social que nuestros diseños suponen para las personas comunes: ellos son clientes esenciales para sostener las nuevas reglas de mercado, no víctimas. Debiéramos aportar valor y divulgar nuestros productos de forma transparente y coherente, sin contribuir con falacias a la despersonalización masiva de la sociedad guiados únicamente por nuestro propio beneficio individual. Debiéramos estar formados para garantizar que los diseños no sean intrusivos con la privacidad de las personas y que no generen beneficios fundamentados en el consumo adictivo.

En definitiva, debiéramos diseñar la tecnología, siguiendo no únicamente valores de mercado, sino también criterios de responsabilidad social, y regulándolos si es preciso.

Como profesionales, educadores o líderes, debemos ser conscientes para cuestionar la incondicional promesa de la inmediatez y productividad que nos ofrece esta revolución tecnológica. Debiéramos estar despiertos para percibir el momento en el que la promesa se contradice a sí misma: cuando la infinita e inmediata información que se nos ofrece nos hace perder la razón de su búsqueda, saturando nuestras capacidades y provocando la desconexión de nuestras mentes de nuestra voluntad. Debiéramos fomentar que nuestro pensamiento creativo, aquel que nos hace genuinamente humanos y que nos da un gran poder transformador, no sea condicionado de forma absoluta por una predicción artificial. Debiéramos ser capaces de deshabilitar nuestras conexiones sin remordimientos, ansiedad o temor a la pérdida.

Como personas y como usuarios últimos de la flamante nueva tecnología que nos hiperconecta en cualquier momento y lugar, debemos ser conscientes para cuestionar con razón crítica lo que se nos ofrezca de forma incontestable.

Ahora, más que nunca, los avances tecnológicos afectan a nuestras vidas. No solo a su parte más visible, como a nuestra forma de desplazarnos o comunicarnos, o a nuestra forma de hacer la compra o tratar las enfermedades, sino a aspectos mucho más esenciales y genuinos de cada uno de nosotros, como la capacidad para prestar atención o desarrollar la empatía. Es aquí donde está el verdadero reto individual de nuestros días, y el que nos debiera dar la motivación esencial para permanecer despiertos, por nosotros mismos y por nuestros seres queridos. Sea cual sea la promesa de la tecnología, en ningún caso debemos permitir que acercarnos a lo que está lejos tenga el coste de alejarnos de lo más valioso, de lo que tenemos cerca.

Todos debemos ser conscientes. Como tecnólogo y como humanista creo además que esta consciencia nunca será un rasgo de los pensamientos extremos. Nuestra generación, como cualquier otra y cualesquiera que sean sus nuevas capacidades o habilidades técnicas e intelectuales, no puede competir con arrogancia contra millones de años de evolución natural y social, ni tampoco puede anteponerse en su camino. Imponer un constructo cortoplacista para la creación de una neohumanidad que esté por encima de nuestras capacidades emocionales, o destruir la herencia derivada del mismísimo espíritu humano que en su día inventó la rueda, son iniciativas probablemente abocadas al fracaso. Solo el pensamiento creativo perdurará y transformará la sociedad desde sus bases, si respeta de forma constructiva y crítica la naturaleza del hombre y de su ecosistema.

Louise: Si pudieras ver tu vida entera de principio a fin, ¿cambiarías cosas? Ian: Quizá hablaría más veces de lo que siento. Denis Villeneuve, Eric Heisserer, Ted Chiang en la película Arrival (2016)

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Capítulo dos. LA ESPIRAL DE NUESTRAS MENTES

De repente, despierto. Estaba viendo en el móvil las últimas publicaciones de mis contactos en mi red social. No he visto nada que me interese, aunque realmente ni siquiera tengo claro si me acuerdo de lo que he visto. Miraba por mirar, arrastrando mi dedo pulgar para matar el tiempo, como tantas otras veces. El semáforo ya está en verde y el coche de atrás me lo ha recordado con un desagradable bocinazo; todos tenemos prisa pero avanzamos muy despacio. Dejo mi teléfono en el asiento del copiloto y, como uno más en cualquier gran ciudad, apoyo mis brazos en el volante para dirigirme a mi destino, rodeado de otros muchos. Al poco de concentrarme en la conducción, una notificación luminosa que percibo por el rabillo del ojo me interrumpe de nuevo y siento la fuerte necesidad de saber qué me está diciendo. Al menos debiera esperar al siguiente semáforo para volver a coger a mi pequeño acompañante.

Siento impaciencia. Reflexiono sobre esa sensación, y sobre como he depositado una parte importante de mi seguridad y de mis afectos en ese pequeño destello de luz intermitente tan insignificante. Miro a mi alrededor y no soy el único. Algunos conductores teclean con una mano mientras levantan deliberadamente el pie del acelerador, tal vez para aumentar su sensación de seguridad. Otros ni siquiera alteran el ritmo de su conducción. Un poco más adelante, veo impertérrito como una chica joven de vistoso pelo rizado se abalanza sobre la carretera para recoger su teléfono móvil que se le ha caído tras un tropezón. Otro conductor tiene que hacer un giro brusco para no atropellarla. Al pasar a su lado la observo fugazmente y encuentro en su bello rostro una expresión de profundo alivio, una sonrisa y un gesto de complicidad mientras mira a las personas que la rodean.

Una extraña inquietud me obliga a preguntarme cómo algo tan pequeño y material es capaz de provocar una reacción tan visceral, una incontrolable necesidad de salvaguardar ese pequeño objeto por encima de la propia integridad.

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