Otra luz aparecía en el fondo de su cerebro. Trabajaba sin datos concretos. Sólo por síntesis lógica. Una especie de teorema cuya hipótesis permite obtener, por elucubraciones secuenciales, la tesis. El teorema sería: ¿quién, por qué y para qué ejecutó a un piloto de élite de esa manera?
Parker detuvo su cerebro un instante y volvió a lo anterior; allí estaba parte de la respuesta, en las palabras “ de esa manera ”.
Los narcos, a pesar de todo el dinero que tienen, no desperdiciarían ni un centavo, y menos un avión, en una ejecución sofisticada, pensaba Parker tratando de penetrar cada vez más profundo en los pensamientos de sus enemigos. Esta ejecución tiene algo diferente y es la manera en que fue realizada. No le dieron un tiro en la cabeza como es lo usual. Barato, eficiente y seguro. Existe el control del resultado. En este caso, en cambio, la ejecución había sido muy costosa: había costado un avión de alto precio; y el resultado no era verificable. Aunque por la carga explosiva usada, era evidente que querían estar seguros. Además... algo muy sutil, que sólo una mente como la del comandante podía descubrir. Casi con seguridad, el ejecutado no se dio cuenta de que era un condenado a muerte...
¡Allí estaba la clave!
¡El que lo mandó ejecutar no odiaba a su víctima...!
La ejecución podría haber ocurrido por dos causas. La primera, por traición. En esos casos la víctima era realmente ejecutada, a veces, con torturas y siempre en pleno conocimiento de que moriría y serviría de escarmiento. La segunda, por saber demasiado o conocer algo que podría comprometer a algún pezzo grosso.
¡Allí encajaba mejor este caso!
El comandante Parker llegó a su tesis: el piloto fue ejecutado simplemente por tener mala suerte. Sabía algo que nunca debió saber. Y la orden la dio alguien que no lo odiaba. Le brindó una muerte fulminante, indolora y sin sufrimientos psíquicos previos.
¿Cómo sería la personalidad del ejecutor...?
Parker seguía razonando, con los ojos entrecerrados, mirando sin ver la pared. Mordía la pipa en una secuencia lenta y sincronizada... al ritmo de su cerebro. ¿Sería alguien que estaba acostumbrado a mandar matar para protegerse en el futuro? Eso implicaba a alguien muy poderoso, una persona que tenía algo demasiado importante que ocultar. Si lo debía ocultar, sería porque no era conveniente conocerlo. Alguien que valía la pena investigar.
En ese instante el comandante John Parker tomó la decisión de efectuar una investigación profunda del accidente. Necesitaba reunir todos los datos que pudiera. Debía, por lo menos, confirmar su hipótesis.
El comandante no sabía que estaba a punto de pisarle la cola a un enorme león enfurecido...
Capítulo 3
Sede central de la DEA – Miami
EL COMANDANTE John Parker llegó temprano a su oficina. Sus ojos mostraban claras señales de que había dormido poco o nada, pero su ánimo era inmejorable. Traía un portafolio bajo el brazo y su pipa apagada sujeta entre los incisivos, en una especie de sonrisa que se rompió al pedirle a su secretario que lo acompañara al salón de reuniones.
—Reúne dentro de media hora al teniente Williams Foster, al capitán Andrew Smith, al capitán Steward y al doctor Stenmark.
El teniente David Kant asintió con la cabeza. – ¿Algo más, señor?
—Tú también debes estar junto con ellos. Avisa que durante la reunión nadie nos interrumpa. Prepara todo lo necesario para pedirles informes a tus cerebros electrónicos. Te llevas tan bien con ellos que a veces creo que eres un robot.
Kant salió sonriente. Era el mejor halago que podía recibir. Ser reconocido como el máximo experto en ordenadores de todo el estado de La Florida.
Su título de Ingeniero en Electrónica de Berkeley y Analista de Sistemas, más años de práctica en el diseño y programación de software para equipos electrónicos en Unix y Linux en IBM, AT&T, Cisco y Oracle, lo habían transformado en el aliado más valioso que tenía el comandante de la DEA. El teniente Kant siempre encontraba la respuesta adecuada dentro del fabuloso archivo interconectado del computador central de la DEA.
En torno de la gran mesa de roble canadiense, bellamente veteado, en cómodos sillones giratorios tapizados en cuero negro con respaldar también de roble, estaban sentados los más cercanos colaboradores del comandante. El doctor Carl Stenmark, experto en medicina legal, venenos, autopsias complicadas y psicofármacos; conocía más de cocaína que los fabricantes sudamericanos.
El capitán Albert Steward, de los servicios de información. Sabía dónde buscar y tenía los contactos dentro y fuera de los Estados Unidos para saber qué sucedía en las tinieblas del bajo mundo.
El capitán Andrés Smith, de padre texano y madre colombiana, conocía la mentalidad y sentimientos de los narcos; era capaz de infiltrarse como uno más entre sus filas. Era latino y americano. Integraba las dos culturas. El hombre de acción del comandante en las situaciones críticas.
El teniente Williams Foster, experto en electrónica, interferencias, espionaje electrónico, comunicaciones y explosivos temporizados.
Era el grupo de elite que juntamente con su secretario, David Kant, formaban un equipo que sería la envidia de muchas corporaciones transnacionales.
—Muchachos –dijo Parker a quienes consideraba sus amigos y colaboradores de la más absoluta confianza–, ¿supieron del accidente que sufrió un avión hace tres días en el mar Caribe?
Todos se miraron entre sí y nadie dio señales de tener la más remota noticia. Muy extraño si se tenía en cuenta que eran los jefes de cada área de la DEA y debían ser informados de todo.
El comandante sonrió para sí mismo. Sus marinos sabían mantener la boca cerrada.
—Me alegro de que no lo supieran. Pedí a los patrulleros navales total secreto sobre el tema. Trataré de resumir los hechos y mis deducciones. Si estoy en lo cierto, vislumbro una fisura en la fortaleza de los narcos.
—Un avión sale de algún punto de Sudamérica, muy probablemente desde Colombia. Lleva aparentemente un solo piloto. Éste es de primer nivel y muy experimentado, pues debe volar de noche a pocos metros sobre el mar por una ruta no comercial. Lo normal es pensar que se trata de uno de los tantos aviones de narcotraficantes tratando de eludir radares. Pero aquí sucede algo nuevo...
El avión explota en pleno vuelo, al parecer por una bomba temporizada. Muere el piloto y todo se hunde. Nadie se entera de nada. Incluso el satélite del ejército que detectó la explosión pudo confundirla con algún fuego de artificio o una gran bengala. Si es así, el accidente estaba destinado a borrar del mapa a alguien sin dejar huellas...
Dio la casualidad de que una de nuestras lanchas patrulleras de avanzada se encontraba a unos cientos de metros del lugar de la explosión y pudo recuperar unos pocos objetos y una parte del cuerpo del piloto. Pretendían una desaparición misteriosa del avión y su piloto. Pero... ¿por qué? Estuve pensando en ese “por qué” pues toda acción tiene un motivo. Creo que ésta es una ejecución sofisticada y piadosa de alguien muy especial por alguien muy poderoso. Los narcos que mandan son muy inteligentes y aunque a veces sean sádicos, razonan generalmente en forma lógica.
Primero: elección de la víctima; es seguro que era uno de ellos y no un infiltrado. Si hubiese sido un traidor, le habrían sacado el pellejo a tiras para que dijera todo lo que sabía y luego le habrían pegado un tiro o lo habrían asfixiado con un torniquete de alambre en el cuello. Eso lo han hecho muchas veces y todos lo sabemos. Lo usan como escarmiento y es muy publicitado. Incluso le cuelgan letreros y tratan de que los periodistas encuentren el cadáver. Aquí es al revés. Una ejecución secreta... y muy considerada.
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