Sebastián Velásquez - El paquete

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El paquete, como lo sugiere uno de sus personajes, es una «novelita de criminales malogrados y engañosos»; una incertidumbre que juega con las expectativas del lector; una parodia del género que, pese al tono burlón, es profunda y desgarradora. Dos hombres y una mujer solitaria configuran esta polifonía paranoide que plantea la dificultad de comprender al otro y la propia realidad. Tres personajes se enfrentan con desidia a su historia de vida y reconstruyen, sin patetismo, un hórrido paisaje nacional. Una novela ágil en la que sorprenden la ambiciosa experimentación formal y los muchos registros literarios, que oscilan entre la obscenidad y la lírica, la música popular, la digresión, el carnaval y el silencio. – Juan Germán Maya

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El paquete yacía a mi lado. Intacto. Lo agarraba entre el brazo. Ya más seguro. Lo acariciaba. Me ausentaba del exmilitar. De su voz gangosa. Soñaba con un ascenso. Dudaba. También me sentía cansado. Quería ascender. O quería renunciar. ¿Dar un paso arriba? ¿Tomar otra dirección? Quizá ese era mi adiós. Pensé fortalecido. No más Pitirris en el futuro. Me lo merecía. Sin duda. El Jefe lo reconocería.

CADA UNO A LO SUYO, ME DECÍA MI MAMÁ, y eso hacía yo de la vida. Me eché agua en la cara, espabilé a la fuerza, me organicé la ropa y a despertar. ¿Y por qué nadie dijo que no era un avión el que debíamos tomar, sino dos, y en un mismo día? Apenas me enteraba, sin desconfianza siquiera, pues ahora lo que había era tensión.

En los aeropuertos las cosas eran de otro calibre, un nivel que no tenía la calle. Para donde se mirara había vigilancia, cámaras, alarmas, rayos equis, perros rastreadores. No faltaban los policías ni los encubiertos, ni mucho menos los ciudadanos vendidos. Por fortuna, la pasma casi se me había pasado y ahora estaba alerta, o casi alerta.

Sucedió en cuestión de segundos, en un parpadear de ojos que hasta a mí me sorprendió. Lo tenían rastreado, seguro, vaya uno a saber desde cuándo. Le cayeron directo, uno por un lado y otro por el otro, lo arrastraron y se esfumaron por una puerta gris. Yo me salvé por rezagado, cada vez más despierto, pendiente de un culito que se movía por ahí. Nadie alrededor se dio cuenta de lo que pasaba, ciegos a este tipo de movidas. Caminé con disimulo y seguí de largo, alcancé un quiosco y pedí un café. Me senté en una sala con pantallas en el techo donde trasmitían una de acción. A mi lado solo se veía gente bien vestida y un equipo de deportistas, todos uniformados. Desde allí, dando sorbitos para no quemarme la lengua, miraba alrededor por si me estaban fichando pero nadie parecía interesado en mí.

Me paré y caminé hasta el teléfono público. Llamé a mi Padrino, medio confundido, pero repicaba ocupado. No sabía cómo proceder y el plan B era demasiado vago. Cada uno cargaba su tiquete aéreo en caso de contratiempos, pero el paquete lo llevaba él. Faltaba una hora para tomar el segundo avión pero no tenía sentido irme vacío. Tampoco tenía sentido quedarme estacionado en Bogotá ni evidenciarme de más en ese aeropuerto.

Me senté a terminar mi café y a esperar a distancia, con buena visibilidad sobre la puerta gris que encerraba al Flaco. Era difícil concentrarme y no exponerme mucho. Debía verme relajado, no mostrar interés. En ese intento por pensar en otra cosa el escenario me empezó a torcer la imaginación: pechugas, muslos y contramuslos, filetes forrados, rabadillas y pescuezos alargados. Pasaban como un desfile careesposas sumisas, careesposas infieles, caremalas descaradas, carebobas, carechuponas, carefrígidas, monstruos y angelitos. Desfilaban frente a mí y me distraían, mientras nada entraba o salía de la puerta metálica que se había cerrado sobre el Flaco.

De repente noté que una mujer me miraba de reojo, buscona, bonita. Me entusiasmé con el asunto y le devolví la mirada, planeando mi ataque directo. Era de estatura media, ni blanca ni morena, medio curtida como era lo normal, rolliza, buenas curvas, bordeando los treinta. Podía ser más joven pero se veía trajinada, llevaba un deterioro acelerado. Adolescente debió de ser una belleza y la verdad es que todavía aguantaba de todo. Pero pasado ese segundo de emoción, con más cabeza fría, entendí que la cosa iba por otro lado.

Siento una voz que me dice agúzate, que te están velando, sentí el ritmo. Esa mujer no me miraba con coquetería sino con disimulo, ayudada de sus gafas oscuras. Se hizo claro que me estaba evaluando y me empecé a preocupar. Así eran los aeropuertos, las tensiones flotaban en el aire. Su mirada recorría sobre mí los mismos pasos que yo andaba sobre ella. Estaba atenta pero lucía serena, bien entrenada pero no para un ojo como el mío. En algún trabajo andaba, vigilando o esperando o llevando o recogiendo.

Siento una voz que me dice agáchate, que te están tirando. Era como yo, no había duda, y ese descubrimiento nos rebotó en la cara. Ella se alejó y se sentó en otro lugar, dándome la espalda. Entonces de nuevo me sentí mal, ni sé por qué, en ese día que prometía de todo, y volví a recordar a mi mamá.

La puerta metálica seguía sin abrirse y la pequeña borrachera se fue, dejándome un guayabo de mediodía, el segundo del día, como un sonido bestial. De nuevo tenía dolor de cabeza, sed, y ahora sí sentí un poco de miedo, la verdad.

ÉRAMOS CUATRO. ELLOS TRES. YO UNO.Atravesamos pasadizos cerrados. La iluminación era intensa. Artificial. Llegamos a una sala pequeña. De ladrillo. Sin ventanas. No había espejos. Yo estaba tenso. Conocía estos procesos. Nunca se sabía el final. Comenzaron por pedirme el paquete. Uno se fue con él. Luego pidieron que me desvistiera. Accedí. Despacio. Tenía mi dignidad. Pasaron a indagarme. Lo básico. El protocolo.

Nombre completo. Eduardo Antonio. Apellidos. Rovira Bermúdez. Fecha de nacimiento. 1936. Lugar. Caldas, Antioquia. Cédula número 32345678. Lugar de expedición: Envigado. Ocupación. Comerciante. Dirección. Barrio Belén Caicedo. Carrera 76. Número 23 con 57. Nombre del padre. Joaquín Antonio del Socorro Rovira Menéndez. Fallecido. Nombre de la madre. María Carolina de Jesús Bermúdez Restrepo. Fallecida. Estado civil. Casado. Hijos. Dos. El estómago se me revolvió.

¿Conque comerciante, chino? Preguntó uno. Examinaba mi piel. Buscaba señas visibles. Tatuajes. Lunares. Cicatrices. Era un tipo menudo. Muy blanco. Tenía el pelo liso. Oscuro. Un bigote mal formado. Su acento era incuestionable. Era bogotano. Ya respondí. Dije. Trabajo independiente. Hace veintitrés años. Compro y vendo repuestos. Usados. Nuevos. Es lo mío. Dije. Todo tipo de automotores. Menos carrocería pesada.

¿Deshuesaderos? Irrumpió el otro. Era pelirrojo. Pecoso. Grande. Revisaba un computador. Nunca. Respondí. Alcé la voz. No los frecuento. No compro robado. Con sangre se aprende. Fácil viene fácil se va. Concluí enfático.

¿Y los recaudos, chino? Continuó el bozudo. Ya sentado en su silla. Soy ciudadano de bien. Continué. Pago impuestos. Mi negocio es transparente. Tengo auditorías. Pueden verificar. Encontrarán polvo. Son carpetas viejas en un zarzo.

¿Y esa chamba en el hombro? Interrumpió el pecoso. Abría la boca con esfuerzo. Tenía un acento extraño. Podía ser llanero. Fue hace mucho. Dije. Veinte. Treinta años. Una emboscada. Continué. En Urabá. No sanó bien la herida. Tocó operar.

¿El ejército, chino? Preguntó el primero. Sí. Respondí. Batallón Gran Colombia. Cuatro años y siete meses. Recorrí el país. Arauca. Eje Cafetero. Magdalena Medio. Hasta que pedí la baja.

¿Por qué? Regresó el pelirrojo. Pesado. Me aburrí. Respondí. Era la hora. Necesitaba salir. Rehacer mi vida. Comenzar de nuevo. Abrí un taller de mecánica. Pero no funcionó. Entonces cambié de negocio. Los repuestos. Nuevos. Usados. Siempre legal.

¿Y ahora? Siguió el pecoso. Voy a Cartagena. Respondí. A visitar amistades. A ver qué se mueve. Hay mucho repuesto de Venezuela. Continué. La cosa no anda fácil. Nada fácil.

Se hizo un silencio hondo. Hasta el tiempo se desapareció. Ellos se miraron. Me miraron. El pecoso leía en la pantalla. El otro analizaba mis huellas dactilares. Sentí debilitarme. Tuve un vacío en el estómago. Podía anticipar la siguiente pregunta.

¿Quién es Sandra Mora? Rompió el silencio. Es mi exesposa. Respondí. Sudaba frío. No tuve nada qué ver. Ya he testificado. Enfaticé. Fue el tiempo del batallón. Un día regresé a casa. Por sorpresa. Tras un operativo exitoso. Y la encontré agitada. Nerviosa. Como en los chistes. Yo siempre he tenido ojo. Intuición. Miré bajo la cama. Busqué en el baño. Abrí el clóset. Salí al balcón. Subí al zarzo. No encontré nada. Pero tuve una revelación. Tampoco encontré la razón del matrimonio. No la quería. Meses después nos separamos. Meses después el hijo salió moreno. La sospecha se ratificaba. Todo se explicaba. Sinvergüenza. Malagradecida. Pero nada tuve que ver. Fue un accidente. Ella murió al año. Ya no estábamos juntos. Yo estaba de servicio.

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