Bernardo Álamos - Los números del amor

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Son los inicios del siglo XXII, pero a Giuseppe lo que le pesa es una historia familiar que se inició mucho tiempo atrás, a mediados de la década de 1950. Por ello, decide averiguar los detalles de lo acontecido a sus antepasados, utilizando los recursos que le ofrece la nueva tecnología, aunque dañe el prestigio de los Salas Rossi. Los números del amor es un relato apasionante sobre una estirpe nacida en la traición, el engaño y la ambición ilimitada. Una intriga sobre el dolor que provocan las relaciones de control, pero también sobre el poder del amor para redimir y sanar heridas. En esta, su segunda novela, Bernardo Álamos cautiva al lector desde la primera página, con una narración trepidante sobre la hipocresía y los secretos que tuercen el destino de las personas.

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Vibraron cuando en febrero del 62 el astronauta John Glenn orbitó en el espacio. Siguieron la noticia por los reportes radiales durante la travesía de casi cinco horas. Se aficionaron a la música norteamericana, en especial a la de un cantante que hacía sus primeras incursiones, Bob Dylan, y juntos cantaban sus canciones como si hubiesen sido compuestas solo para ellos. Siguieron, como toda la ciudad, la campaña de los Boston Celtic, que definieron su paso a la final en el último partido jugado en casa, venciendo a los Warriors de Philadelphia por solo dos puntos de diferencia. La misma situación y de igual manera se produjo con la obtención del campeonato, solo que esa vez los Lakers de Los Ángeles fueron los derrotados. Ese 5 de abril, y en plena celebración callejera, se lo toparon. Lo escucharon hablando con otros en un inglés muy rudimentario y con un acento típico de los argentinos porteños. Sin temor a equivocarse, Eduardo le habló en español.

—Eh, amigo, ¿qué tal?

El argentino se hizo el desentendido y no le respondió. Eduardo volvió a insistir varias veces, exasperando a su mujer, quien lo indujo a guardar silencio. La escena no pasó inadvertida para el de Buenos Aires y, dado que Carmen era una mujer atractiva, contestó:

—Decime.

—¿Eres argentino? —preguntó Eduardo.

—Se me nota —contestó el Che.

—Bueno, sí, un poco.

—Y vos, ¿chilenito, no?

—Sí, claro, parece que también se me nota. Eduardo Salas y mi esposa, Carmen. Mucho gusto.

El Che fue la primera persona con la cual entablaron una relación más cercana. Carmen pensaba que era un caballero galante y encantador. Eduardo solo lo tragaba, pues le molestaba su carácter, ya que el tipo se expresaba como si todo lo supiese. Lo que sabía lo decía con mucha propiedad y lo que desconocía lo inventaba. Carmen no entendía mucho por qué lo seguían viendo, hasta que Eduardo le aclaró que el Che tenía conexiones para escuchar los partidos del mundial de fútbol que se jugaba en Chile ese año. Eduardo disfrutó las felicitaciones del argentino frente a cada triunfo chileno. Cuando terminó el mundial lo dejaron de ver y la relación se esfumó tan rápido como se había iniciado.

A poco de entrar a la universidad, Eduardo se destacó frente a sus profesores y sus compañeros, quienes se dieron cuenta de que el chileno era un matemático neto, que le daba vida a la disciplina. En sus hipótesis y ecuaciones demostrativas, las conclusiones y sus números eran verdaderas poesías de cálculo ilustrativo.

Sus compañeros de clases lo veían como un tipo muy simpático. En un principio, algunos a su espalda lo llamaban el eslabón perdido, pues no se convencían de que existiese una persona así, proveniente de un país del cual poco sabían y que rara vez hacía noticia. El diferente de la clase, Bill Rutherford, tuvo curiosidad por su popularidad y se propuso conocerlo. En poco tiempo entablaron una amistad que se acrecentó cuando Bill conoció a Carmen. Bill escondía celosamente su secreto. No estaba seguro de revelarse, meditó bastante hasta que al final decidió invitar a los chilenos a cenar a su casa. El departamento de Rutherford era el típico de un joven universitario.

—Bill, esto te tiene que haber costado una fortuna. Langosta de Maine, champagne francés… —dijo Eduardo sorprendido.

—Era lo menos que podía hacer. Ustedes son mis amigos —dijo Bill.

—No hay duda de eso, pero te gastaste un dineral —afirmó Eduardo.

—Esto lo hice a propósito ya que tengo que contarles algo…

Carmen, que había adquirido un buen nivel de inglés, lo interrogó.

—Whaaat? I am very curious.

—La curiosidad mató al gato, como dice mi padre.

—Ya, pues —dijo Eduardo—, yo no soy ningún gato.

—A este paso, no se van a enterar nunca —replicó Bill—. Si no me interrumpen más les cuento. Yo no soy el que ustedes creen. Desde muy chico me enseñaron que el interés por el poder y el dinero de los seres humanos, podía hacerme de falsas amistades. Hace ya varios meses que nos conocemos y siento que nuestra relación es sincera, profunda y no depende de lo que yo sea. Uso el apellido de mi madre, pero en realidad mi familia paterna es...

Bill había revelado su identidad diciéndola tan rápido, como deseando no decirla. Eduardo lo precisó y al comprobar que quien estaba al frente suyo era el heredero de uno de los hombres más ricos del mundo, quedó atónito. Carmen, menos versada en estos temas, requirió una mayor aclaración. Después de unos minutos, Bill continuó:

—Se dan cuenta de que si han reaccionado así siendo mis amigos, no podría imaginar cómo me habrían tratado si hubiesen conocido antes mi identidad. Jamás hubiera estado seguro de su amistad.

—¿Pero qué viste en nosotros? —preguntó Eduardo.

—En ti, Eduardo, un tipo simpático, muy entretenido, un buen conversador, culto y un genio de las matemáticas. En cuanto a Carmencita, bondad pura, belleza y una sencillez que solo he visto en una persona, mi madre. No hay duda de que tienes mucha suerte de tenerla a tu lado, Eduardo.

Eduardo esbozó una sonrisa y Carmen se ruborizó.

Bill se alegró porque desde ahora ya no tenía nada que esconderles. Abrió una botella de un fino licor, les sirvió y levantó su copa.

—Un brindis por nuestra amistad, y que se mantenga a lo largo de nuestras vidas —dijo.

—Cheers! —dijeron todos.

Lo que vino después fue un tiempo de mucha alegría para los esposos chilenos. Disfrutaron algunos fines de semana visitando la casa de los padres de Rutherford.

Eduardo, además, se hizo amigo de otro de sus compañeros, Patrick Head. Su sueño era fundar un banco orientado a la administración financiera de clientes con altos patrimonios. Carmen y Bill no lo soportaban, en cambio, a Eduardo le fascinaba escucharlo. Eran compañeros en la clase de matemáticas financieras. La clase había finalizado. Se dictaba los martes y ese día almorzaban juntos.

—¿Por qué un banco de inversiones? —preguntó Eduardo.

—El banco es un negocio que te rinde los 365 días del año y las 24 horas del día. Mientras te vas a dormir, el taxímetro de los intereses por los préstamos no se detiene. El dinero no reconoce la luz del día o la oscuridad de la noche, solo se multiplica en un proceso continuo. Sin embargo, el dinero es asustadizo y cuando soplan vientos tormentosos hay que proporcionarle un refugio. Todo tiene un ciclo y a lo largo de la historia se suelen repetir. Si los estudias, trabajas duro y observas e interpretas con prolijidad las señales que da el mercado, es muy probable que un banco de inversiones sea exitoso.

—Pero un banco requiere de mucho capital —dijo Eduardo.

—Ese es otro punto a favor. Mi banco de inversiones no otorgará préstamos, solo va a administrar el dinero que pongan los clientes. El mundo está cambiando, algunas personas se están haciendo cada vez más ricas y tendrán que rentabilizar su dinero, y es ahí donde entra el banco ofreciéndoles alternativas de inversión. Como ves, el capital lo pondrán los clientes.

—Comisión, capital —dijo Eduardo—. Probablemente los clientes van a reclamar cuando les quites un pedazo de su inversión. Ahora, si pierden, ni hablar. Y en cuanto al capital, vas a necesitarlo para infraestructura, gastos de operación y el que te requiera la autoridad para operar.

—Tienes razón en cuanto al capital, pero su monto es infinitamente inferior al de un banco tradicional. La comisión no será importante si los clientes obtienen una buena ganancia, la pagarán felices —explicó Patrick.

—¿Y cómo sabrás aconsejar a los clientes? —preguntó Eduardo.

—Estudiando y leyendo mucho, como ya te dije, y con información.

—¿Información? ¿Qué tipo de información? —preguntó nuevamente Eduardo.

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