Bernardo Álamos - Los números del amor

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Son los inicios del siglo XXII, pero a Giuseppe lo que le pesa es una historia familiar que se inició mucho tiempo atrás, a mediados de la década de 1950. Por ello, decide averiguar los detalles de lo acontecido a sus antepasados, utilizando los recursos que le ofrece la nueva tecnología, aunque dañe el prestigio de los Salas Rossi. Los números del amor es un relato apasionante sobre una estirpe nacida en la traición, el engaño y la ambición ilimitada. Una intriga sobre el dolor que provocan las relaciones de control, pero también sobre el poder del amor para redimir y sanar heridas. En esta, su segunda novela, Bernardo Álamos cautiva al lector desde la primera página, con una narración trepidante sobre la hipocresía y los secretos que tuercen el destino de las personas.

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Fernando estaba esperando que su hermano Álvaro retornara de la universidad. Álvaro cursaba el último año de ingeniería y también trabajaba los fines de semana para ayudar con las finanzas familiares. A pesar de los diez años de diferencia, ambos hermanos eran uña y mugre.

—Te estaba esperando, Álvaro —dijo Fernando.

—Ah sí, hermanito, y ¿para qué sería? Ya me imagino que quieres que te lleve a la panadería para comernos un berlín con una coca cola.

—No está mal, no lo había pensado. El plan…

—¿Cuál plan? —preguntó Álvaro.

—¿Te acuerdas de que en la última carrera me ganaste?

—Te gané por lejos —contestó Álvaro.

—¿Cómo no me íbai a ganar? —contestó Fernando—, si me diste muy poca ventaja. La cuestión es que ahora lo tengo todo calculado y, si en vez de 30 pasos me dai 50, te ganaré. El plan es que corramos ahora mismo hasta la panadería y mi premio como ganador será el berlín y la coca.

—¡No! Estoy súper cansado y ya te dije que tengo mucho que estudiar.

—¡No te atreví!, ¡no te atreví! ¡Mi hermano es una gallina, mi hermano es una gallina! —gritaba Fernando.

Álvaro encontró simpática la situación, además, nunca le negaba nada a su hermano, pues lo quería demasiado, y pensó ¿Qué importa media hora, si hago feliz a este pendejo?

—Está bien —contestó Álvaro—, acepto el desafío. Era una tarde primaveral, faltaba una hora para que el sol entregara la posta a la luna. Los hermanos salieron de la casa y Fernando tomó su ventaja y caminó 50 pasos para alejarse de Álvaro. A la orden de 1, 2, 3, ambos empezaron a correr en dirección a la panadería que estaba a unos 400 metros de distancia. Al principio el niño se sentía cómodo, pues no escuchaba los pasos de su hermano, sin embargo, pronto los empezó a sentir y apuró el tranco lo más que pudo. Álvaro se le acercaba, pero esta vez no le podía ganar, faltaban unos pocos metros y si lograba cruzar la calle en punta, sería el ganador. No lo vio venir, ni tampoco escuchó el grito de angustia de Álvaro, y con la sonrisa de victoria en los labios, lo alcanzó la muerte. Un camión lo aplastó. Infructuosos fueron los pedidos de auxilio de Álvaro y el intento de resucitarlo que practicó un transeúnte.

Después del accidente, Álvaro se encerró en sí mismo. Pensaba que todo sería como antes si lograba representar la muerte de su hermano en una ecuación, y que al resolverla volvería del más allá. Él les comentaba a los doctores que confiaba en su capacidad matemática, pero el problema era que su hermanito tenía que conocer el resultado de la ecuación y la cuestión era cómo le hacía llegar los papeles, de lo contrario no podría viajar de vuelta al mundo. Tenía dos problemas: resolver la ecuación y entregar la solución.

En una de las visitas que realizaba al hospital, Eduardo pudo ver y hablar con Álvaro. Lo encontró en un estado físico deplorable y ensimismado, con una tiza en la mano, escribiendo en una pizarra una cantidad de números, hipótesis, ecuaciones, derivadas e influencias sin sentido. Álvaro notó la presencia de un extraño en la pieza.

—¡Qué bien! —dijo Álvaro—, tú debes ser la persona que estaba esperando. ¿Eres tú o no?

—Sí —contestó Eduardo llevándole la corriente.

—Entonces, no perdamos más el tiempo. Toma los apuntes y los entregas donde tú ya sabes.

—¿Dónde? —preguntó Eduardo.

—¡En las iglesias, pues! Y en todas las iglesias.

—¿Para qué? —dijo Eduardo.

—¿Cómo que para qué? —respondió Álvaro—. Para entregársela a los sacerdotes y los pastores, ellos la ofrecerán a Dios en sacrificios y Él se la dirá a mi hermano. Ahora bien, a cuantas más personas les hagas llegar la solución del problema, más probabilidades tenemos pues, por cierto. Dios tomará una sola ofrenda, ya que la mayoría de los que la presentan son impostores, agentes del demonio y por tanto Dios no podrá estar seguro de la solución. ¿Me comprendes?

—Ya —contestó Eduardo—. Y ¿cómo vamos a saber quién es la persona indicada?

—Nosotros no lo sabemos, por eso te dije que se lo entregues a la mayor cantidad de curas. Ahora toma los documentos, hazles copia, entrégalos con prudencia y cuidado, ya que tenemos mucha prisa —expresó Álvaro.

—Muy bien —contestó Eduardo—, ¿algo más?

—Sí, algo muy importante. Hay iglesias que no van a recibir los apuntes y en ese caso, tienes que actuar —ordenó Álvaro.

—¿Actuar? —preguntó Eduardo.

—Eso dije. Las iglesias que no te reciban la solución deben ser marcadas.

—¿Marcadas? ¿De qué manera? —interrogó Eduardo.

—Toma un perro de la calle, llévalo a tu casa y al atardecer lo inmolas. Con la sangre del perro, marca las iglesias. Esa marca le servirá de señal al ángel vengador para que las destruya, en castigo por no haber colaborado conmigo.

Eduardo lo miró, intentó no reírse y antes de que dijera una palabra, Álvaro le gritó:

—¡Ey, aquí hay muchos locos que hacen maldades de todo tipo! Cuando los vayan a juzgar, tendrá que ser un juez que esté loco, de lo contrario su sentencia será nula, ya que el dictamen sería injusto, una locura. A los locos los deben juzgar los jueces locos, pues una persona cuerda no puede entender la razón del actuar del loco. Ahora lo difícil es saber quién está loco y quién está cuerdo.

A Eduardo le pareció que a pesar de que su compañero estaba insano, mantenía una cierta lógica. ¡Qué compleja era la mente humana! El hombre necesitaría siglos de estudio y posiblemente nunca llegaría a entender su dimensión.

Semanas después:

—Mire, mi amigo —le dijo Álvaro—, usted se ha demorado bastante en hacer entrega del trabajo a las iglesias.

—Así es —contestó Eduardo—, lo que pasa es que me das puros papeles con números que tengo que copiar, y como los sacerdotes no los entienden, no pueden ofrecerlos en sacrificio a Dios.

—¿Y qué quieres que haga? ¡Cómo no lo ven!, si ahí está todo muy claro.

—No te lo discuto, Álvaro, pero ellos no son matemáticos. Si me dijeses en palabras sencillas su significado, se los podría explicar.

Fue así como Álvaro inició su explicación:

Al principio, Dios creó al hombre y los números enteros. El hombre los enumeró del 1 al 7 y para su incremento le agregó la repetición del mismo número, así pudo contar, dar valores superiores e inferiores, hacer comercio, construir, crear las monedas con su equivalencia, etc.

A lo largo de los siglos, por el sistema numérico, el hombre fue desarrollando su cultura hasta que llegaron los colegios y las universidades. El proceso de desarrollo obligó a diferenciar a los estudiantes por su nivel de conocimientos, y nació la calificación con la escala ascendente y notas del uno al siete.

El progreso hubiese sido mucho más lento si los números no hubiesen tenido su propia guerra.

El 7, el mayor de la escala, era un tipo engreído, se sabía el mejor y miraba con aire de suficiencia a su más cercano contendor, el 6. Solían tener discusiones profundas donde el 7 le decía al 6: “Mira, la diferencia entre tú y yo es más que una unidad”. El 6 refutaba que solo una unidad los separaba y que no había más distancia entre ellos que la que tenía él con el 5.

Entonces el 7 le explicó el proceso de subir:

—Seis, ¿ves ese cerro? —le preguntó.

—Claro que lo veo —contestó el 6—, ¿a qué viene una pregunta tan obvia?

—No seas impaciente, te voy a explicar. Como tú eres bueno, aunque no tanto como yo, parte ese cerro en trozos iguales.

—Gracias por lo de bueno, y no es necesario que me digas que eres mejor. Siempre repites lo mismo y todos los números lo saben.

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