–¡Esperá! ¡¿Por qué la prisa?!
–Tus pasos son pesados, acá el más rápido se salva, ¡y él quiere convertirte en un adorno de pared! No hay tiempo que perder.
–¿Vos sos su subordinado?
–Algo así, su arma lo convierte en el rey de esta selva, lo convencí de dejarte un día más con vida para demostrarle si eras una figura con algún valor.
–Gracias, sé muy bien lo que valgo... Entonces. ¿acabás de salvarme de convertirme en pedacitos?
Se detuvo, habían llegado a la boca de la cueva, ahí lo puso de pie y lo miró a los ojos, podía ver en el león un sentimiento de culpa y temor de lo que su amigo era capaz.
–Por eso apurate en encontrar a tu novia si no querés que él lo haga, tu valor ha de ser insuperable para ella, andá, yo mismo me ocupo de contarle la verdad a Cazador.
–No te molestes, está delante de mí –dijo Cazador, que ya se encontraba desvelado y con su escopeta en alto les daba la sorpresa.
–¡Cazador! Olvidé hablarte de su oído despierto.
–Hacete a un lado, Monigote, voy a volar en mil pedazos a esa cabeza de novio.
–Mi nombre es Manuel, señor.
–¡Silencio, impostor! No voy a tardar en convertirte en una joya de porcelana. –Volvió a alzar su arma contra él–. ¡La vista en alto, muñeco!
–¡No dispare todavía! –se interpuso la bestia–, dele un gramo de tiempo para recuperarse, fue una caída bruta.
–Va a ser menos doloroso para él aún perplejo. ¡Monigote!, sujetalo por mí, ¿querés?.
–Detenelo, por qué insiste en hacerme daño –contradijo el novio.
–Cazador está jugando, se le da por dispararle a todo lo que se encuentra en su camino, pero no te preocupes, su visión no es igual de buena que su oído.
–¿Acaso estás poniendo a prueba mi puntería? –Cazador exclamó desafiante.
–Cazador, entienda, él debe encontrar a su mejor compañía, su impulso, al amor de su vida.
–Silencio, Monigote, ya escuché suficiente en su defensa. ¡Yo soy el rey de esta selva! ¡No voy a dejar que su palabra esté por sobre la mía! ¡Ahora obedecé!
–No te dejes manipular por este charlatán carente de amor.
–¡Monigote, bien seco en la cabeza! –Ya no mostraba nada de compasión por el novio.
–Monigote, por favor, vos tenés un corazón más grande que el suyo.
–¡Tik, tok!, ¡mi paciencia se acaba, Monigote!
–Perdone, Cazador, no pienso entrometerme en su amor, él tiene que encontrar a su amada.
–Bien, entonces tendré más cuidado, cuando acabe con este novio, vas a tener tiempo para pensar en tonterías, a la cuenta de tres.
Desesperanzado, Monigote lo miró a los ojos con su peor cara de dolor.
–Perdón, Manuel, lo intenté –dijo apenado y luego lo sujetó de la espalda.
–Monigote, ya estoy roto por dentro.
–Está bien.
No opuso resistencia, procedió a cubrirle los ojos.
–¡Adelante Cazador! –El león dio la señal.
–¡Uno!
–Perdón, Joann… –suspiró entre lágrimas al viento, un llanto que llegaba a oídos del piadoso león que se sensibilizaba con el novio al imaginarse que no sería capaz de volver a ver a su amada.
–¡Dos!
–Vos valés mucho para ella, en cambio yo no valgo nada para él –le susurró Monigote al oído y con su fuerza sobrehumana disparó a Manuel por los aires, haciéndolo perderse en la luz destellante del cielo.
–¡Tres!
Para cuando quiso apiadarse ya era demasiado tarde, en consecuencia, su amigo había recibido el disparo y con él se fue su último aliento.
El Demonio de Hielo
I
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