Cecilia González - Narcosur

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Una nueva edición actualizada del libro que visibilizó la invasión silenciosa y violenta del narcotráfico mexicano en la Argentina. La corresponsal Cecilia González, única periodista que cubrió de manera permanente el juicio por «la ruta de la efedrina», revela en esta profunda investigación las operaciones de los carteles mexicanos en nuestro país. Narcosur narra cómo Amado Carrillo Fuentes, «el Señor de los Cielos» y líder del Cartel de Juárez, pudo lavar millones de dólares en Argentina; las sospechas sobre la llegada del temible «Chapo» Guzmán con su Cartel de Sinaloa; y el tráfico de efedrina que se encadenó con el triple crimen de empresarios farmacéuticos, la mafia de los medicamentos y el financiamiento de la campaña presidencial.

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Sentado frente al reportero estadounidense, con su cabello lacio, corto y pegado a la cabeza, recién rasurado, vestido con una camisa negra de cuello Mao y discreto y pulcro traje marrón, Ye Gon denunció que durante 2006, en plena efervescencia electoral, un panista de nombre “Javier Alarcón” lo había obligado a guardar millones de dólares en su casa para la campaña de Felipe Calderón. La revelación tuvo tintes tragicómicos, porque su debut televisivo evidenció que los doce años vividos en México no le habían sido suficientes para dominar el idioma.

–Plimela palabla [de Javier Alarcón] dice que “tú eres muy famoso, tú eres muy famoso en la industria farmacéutica, tú eres muy activo en política, ahola tú eres mexicano, necesitas servicio a país de México, necesita apoyo partido de PAN, tú eres negocios, necesitan apoyo a político. Negocios y político son los mismo zapato, lo mismo camino”.3

Al explicarle las necesidades de la campaña oficialista, el supuesto panista abrió dos maletas colmadas de billetes y le soltó la amenaza fatal.

–Coopelas o cueio.

Para darle un tinte de mayor dramatismo, Ye Gon graficó su denuncia pasándose la mano por el cuello, como si fuera una navaja. Quería decir que si no cooperaba, lo degollaban, así que tuvo que guardar a la fuerza los 205 millones de dólares que le entregaron en varias tandas.

–Yo pleocupal mucho mi familia en México, ahora mi esposa, mi cuñado, todas mi familia, mis hijos, en situaciones muy difíciles, mi esposa es en cálcel, mi cuñado también. Yo pienso que el gobierno de mexicano sí se pueden descubrir todos los actos. Yo no soy narcotraficante.

El “coopelas o cueio” se convirtió en una nueva y graciosa frase de la cultura popular mexicana, y fue motivo de caricaturas y bromas a granel que aderezaron la historia del chino y el tráfico de efedrina.

La carta

El mismo día que la agencia AP emitió la nota con Ye Gon, la prensa mexicana dio a conocer fragmentos de una carta entregada por sus abogados en la embajada de México en Estados Unidos.

Las 17 páginas fueron publicadas de manera íntegra por el diario El Universal en sus ediciones del 16 y 17 de julio de 2007, cuando el chino ya estaba acorralado por la justicia.

En el escrito, Ye Gon insistió en un tono de abierta denuncia contra el gobierno mexicano: “La enorme cantidad de efectivo decomisada en mi casa no es lo que se llama dinero de las drogas. Estos son y fueron fondos secretos del partido político usados para la campaña presidencial mexicana, para comprar armas y financiar actividades terroristas”.

Las afirmaciones eran contundentes, pero el resto del relato, no. Según su versión, uno de los hombres que le pasaba el dinero le confirmó que la fortuna era para la campaña presidencial del PAN, y le reveló que el “jefe”, un político de más de cuarenta años, pelo negro, cejas pobladas, vello grueso en cara y brazos, nariz muy larga, que usaba lentes transparentes de marca Cartier, se llamaba Javier Alarcón. La relación inmediata fue con el secretario de Trabajo, Javier Lozano Alarcón.4

Lo que nunca se entendió de la historia de Ye Gon fue por qué, si se suponía que la fortuna era para la campaña, no se utilizó justo en la etapa en la que más le hubiera servido al candidato oficialista. La acusación no se sostenía con los hechos.

El 2 de julio de 2006 se realizaron en México unas elecciones en las que la izquierda aspiraba a sumar al país a la oleada de gobiernos progresistas asentados en Sudamérica. Su candidato, Andrés Manuel López Obrador, arrancó como favorito, pero durante la campaña fue perdiendo votos gracias a una mezcla de errores propios con una mediática y clasista guerra sucia en su contra que lo presentó como “un peligro para México”. López Obrador seguía convencido de su triunfo, pero el día de los comicios se instaló la incertidumbre ante el virtual empate que alcanzó con el candidato del conservador Partido Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón. La noche de los comicios, por primera vez en la historia del país, no hubo un claro ganador. Cuatro días más tarde, las autoridades electorales declararon como vencedor a Calderón, pese a las múltiples denuncias de probadas irregularidades y de la sombra de fraude que cubrió el proceso electivo.

Según el conteo final, Calderón había ganado con el 35,88% de los votos contra el 35,31 de López Obrador. La diferencia era de apenas 243 934 sufragios entre los casi 30 millones emitidos. Como en México, a diferencia de Argentina, no hay segunda vuelta, se venía una guerra poselectoral.

Siguiendo con la versión del chino, en agosto, en plena pelea por los resultados de las elecciones, unos presuntos policías lo secuestraron para robarle y advertirle que tenía que salir de inmediato del país. Se refugió en Estados Unidos durante un par de semanas, pero a principios de octubre volvió para supervisar la construcción de una planta farmacéutica en el Estado de México.

Su regreso fue fugaz. A mediados de octubre sacó de su casa un millón y medio de dólares en efectivo, pero cuadras más adelante fue detenido por policías federales que se quedaron con el dinero y le exigieron que se fuera otra vez a Estados Unidos y suspendiera la construcción del nuevo laboratorio.

Las protestas de la izquierda estaban en su apogeo. López Obrador tenía copado el Distrito Federal con un gigantesco y permanente bloqueo de calles. Exigía el conteo “voto por voto, casilla por casilla”. El 6 de septiembre, el Tribunal Electoral cerró toda posibilidad de revisar actas y validó el triunfo de Calderón con una diferencia del 0,6 por ciento de los votos.

El clima de efervescencia política continuaba en octubre, cuando Ye Gon partió hacia Estados Unidos y comenzó los preparativos para montar allá su nueva fábrica farmacéutica. Un par de meses después el proyecto se desmoronó cuando un policía le avisó del decomiso del cargamento de seudoefedrina en Michoacán.

La cronología era un problema en la carta del chino, porque contaba que “la Navidad estaba por llegar” cuando los supuestos panistas lo llamaron para garantizarle que la fortuna escondida durante la campaña sería sacada por fin de su casa en cuanto Calderón asumiera como presidente, pero este ya había comenzado a gobernar el 1° de diciembre.

A escondidas, con empujones, por la fuerza, en medio de abucheos y custodiado por policías y militares, el panista pudo entrar en la Cámara de Diputados para jurar como nuevo presidente de México por un período de seis años. Un sector de la población lo consideró, desde entonces y para siempre, como un gobernante espurio, emergido de un fraude electoral.5

En enero de 2007, sin haber podido regresar al país y cuando Calderón ya anticipaba que la guerra al narcotráfico sería un tema central de su gobierno, los supuestos panistas le dijeron a Ye Gon que no podía sacar el dinero de la casa de Las Lomas porque pronto habría una devaluación y convenía mantenerla guardada. En lugar de la crisis en el mercado cambiario, vino el allanamiento policíaco. Fue justo el 15 de marzo, día del cumpleaños de uno de sus hijos.

“Esa noche, la estación de TV mexicana transmitió una gran noticia: se había dado uno de los principales golpes contra el narcotráfico, con antecedentes chinos. Me sentí impotente y perdido y sin saber qué hacer o decir. Sólo seguía pensando dentro de mí: ¿quién es esta persona extremadamente despiadada que manda a mi familia a la cárcel y quiere destruir mi vida? Me retratan como un venenoso capo de las drogas y destacan la atención personal del presidente de México en el asunto. Dicen que controlaba cuatro bandas de narcotraficantes. En el gigante mercado de las drogas de México y Estados Unidos, en apenas una noche, me convertí en el hombre del momento, conocido a nivel mundial, inesperadamente”, lamentaba en la carta.

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