Después de calentarme los dedos agarrotados en las llamas, miré a mi alrededor. No había ninguna vela, pero la luz tenue de la chimenea alumbraba, a intervalos, paredes empapeladas, alfombras, cortinas y lustrosos muebles de caoba. Era un salón, no tan lujoso como el de Gateshead, pero bastante cómodo. Estaba tratando de averiguar lo que significaba un cuadro que había en la pared, cuando se abrió la puerta y entró una persona con una luz en la mano, seguida de cerca por otra.
La primera era una señora alta de cabello y ojos oscuros, de rostro pálido y frente amplia. Estaba parcialmente envuelta en un chal, y tenía una expresión seria y un porte erguido.
—Esta es una niña muy pequeña para viajar sola —dijo, dejando en la mesa la vela. Me miró detenidamente un minuto o dos, y luego prosiguió—: Convendría acostarla pronto, pues parece cansada. ¿Estás cansada? —me preguntó, poniéndome la mano en el hombro.
—Un poco, señora.
—Tendrás hambre también, sin duda. Que cene alguna cosa antes de acostarse, señorita Miller. ¿Es la primera vez que te separas de tus padres para ir a la escuela, pequeña?
Le expliqué que no tenía padres. Preguntó cuánto tiempo hacía que habían muerto, cuántos años tenía yo, cómo me llamaba, si sabía leer y escribir y si sabía coser. Después me tocó suavemente la mejilla con el índice y, diciendo que esperaba que fuera buena, se despidió de mí y de la señorita Miller.
La señora que dejamos en el salón debía de tener unos veintinueve años y la que me acompañó parecía algo más joven. La primera me impresionó por su voz, su aspecto y su porte. La señorita Miller era más vulgar, de tez rubicunda y expresión preocupada, apresurada de movimientos, como alguien que siempre tuviera infinidad de cosas que hacer. Tenía aspecto, de hecho, de lo que después averigüé que era en realidad: una profesora subalterna. Me condujo por una habitación tras otra y un corredor tras otro de un edificio grande y destartalado, hasta que, saliendo del silencio total y algo deprimente de la parte de la casa que habíamos atravesado, nos acercamos al murmullo de muchas voces y entramos en un aposento largo y ancho con dos grandes mesas de pino en cada extremo, y dos velas ardiendo en cada mesa. Sentadas en bancos alrededor, había chicas de todas las edades, desde los nueve o diez años hasta los veinte. A la luz tenue de las velas, me pareció que había un número infinito, aunque realmente no eran más de ochenta. Iban vestidas con uniforme de tela marrón de corte un poco anticuado y largos delantales de hilo. Era la hora del estudio, por lo que estaban ocupadas en aprender de memoria la tarea del día siguiente, y el murmullo que había oído era la repetición susurrada de la lección.
La señorita Miller me indicó que me sentara en un banco junto a la puerta, y acercándose al fondo del largo aposento, gritó:
—Supervisoras, recoged los libros y guardadlos.
Se levantaron cuatro muchachas altas de diferentes mesas y fueron recogiendo los libros, que se llevaron. La señorita Miller volvió a ordenar:
—Supervisoras, traed las bandejas de la cena.
Salieron las chicas altas y regresaron al rato, cada una llevando una bandeja con raciones de alguna cosa que no pude identificar y una jarra de agua con un vaso en el centro de cada bandeja. Repartieron las raciones, y las que querían beber lo hacían en uno de los vasos, comunes para todas. Cuando me tocó el turno a mí, bebí, pues tenía sed, pero no probé la comida, porque me sentía incapaz de comer por el nerviosismo y el cansancio. Sin embargo, pude ver que la comida era una fina torta de avena partida en trozos.
Una vez finalizada la comida, la señorita Miller leyó las oraciones y las muchachas se marcharon de dos en dos al piso de arriba. Ya vencida por el agotamiento, apenas me di cuenta de cómo era el dormitorio. Solo me percaté de que era muy largo, como el aula. Esa noche iba a dormir con la señorita Miller, quien me ayudó a desvestirme. Una vez acostada, miré la larga fila de camas, que fueron ocupadas enseguida, cada una por dos chicas. A los diez minutos, apagaron la solitaria luz y, en el silencio y la oscuridad total, me quedé dormida.
Pasó deprisa la noche; estaba demasiado cansada para soñar siquiera. Me despertó solo una vez el ruido del viento, que soplaba en ráfagas furibundas, y de la lluvia, que caía a raudales, y observé que se había acostado a mi lado la señorita Miller. Cuando volví a abrir los ojos, sonaba una campana estridente. Las chicas estaban levantadas, vistiéndose. Era todavía de noche y ardían una o dos débiles velas en el cuarto. También yo me levanté de mala gana, pues hacía un frío espantoso. Me vestí lo mejor que pude a pesar de los escalofríos y me lavé cuando quedó libre un lavabo, lo cual tardó en ocurrir, ya que había solo uno por cada seis chicas, colocados en soportes en el centro del cuarto. Sonó de nuevo la campana, nos formamos de dos en dos y de esta manera bajamos la escalera y entramos en el aula fría y mal alumbrada, donde la señorita Miller leyó las oraciones y después gritó:
—¡Formad clases!
A continuación, hubo un gran tumulto que se prolongó unos minutos, durante el cual exclamó varias veces la señorita Miller «¡Silencio!» y «¡Orden!». Cuando se calmaron, las vi a todas formadas en cuatro semicírculos, delante de cuatro sillas en las cuatro mesas. Cada una tenía en la mano un libro, y, en cada mesa, ante la silla vacía, había un gran libro, como una Biblia. Siguió una pausa de varios segundos, inundada por un débil murmullo indistinto de números. La señorita Miller fue de clase en clase acallando este sonido indefinido.
A lo lejos se oyó el tintineo de una campana y entraron tres señoras, que se dirigieron a las mesas y se sentaron. La señorita Miller se sentó en la cuarta silla vacía, la más cercana a la puerta, ocupada por las niñas más pequeñas. A esta clase inferior fui llamada y colocada en el último lugar.
Ahora empezó el trabajo en serio: se repitió la oración del día y se recitaron algunos textos de la Sagrada Escritura, y a esto siguió una lectura prolija de capítulos de la Biblia, que duró una hora. Para cuando se hubo completado este ejercicio, había amanecido del todo. La campana infatigable sonó por cuarta vez; las clases se formaron, y marchamos a desayunar a otra habitación. ¡Qué contenta me sentía ante la idea de comer algo! Estaba casi enferma de hambre, ya que había comido tan poco el día anterior.
El refectorio era una habitación enorme y tenebrosa de techo bajo, y, sobre dos largas mesas, humeaban grandes fuentes de algo caliente, que, sin embargo, y con mucha congoja por mi parte, despedía un olor muy poco apetecible. Presencié una manifestación colectiva de disgusto cuando llegaron los vapores de la colación al olfato de las destinatarias. Desde las filas más avanzadas, las muchachas altas de la primera clase, se elevó el susurro:
—¡Repugnante! ¡La avena está quemada otra vez!
—¡Silencio! —ordenó una voz, no la de la señorita Miller, sino de una de las profesoras principales, una figura pequeña y morena, elegantemente vestida, pero de aspecto algo malhumorado, que se instaló en la cabecera de una mesa, mientras que una señora más robusta presidía otra. Busqué inútilmente a la que había visto la noche anterior, pero no se la veía. La señorita Miller ocupaba el otro extremo de la mesa en la que yo me había sentado, y una extraña señora mayor de aspecto extranjero, la profesora de francés, como supe más adelante, se sentó en el lugar correspondiente de la otra mesa. Bendijimos la mesa con una larga oración y cantamos un himno; una criada trajo té para las profesoras y empezó la comida.
Famélica y algo desmayada, devoré una cucharada o dos de mi ración sin pensar en el sabor, pero una vez aplacada el hambre más acuciante, me di cuenta de que tenía delante un rancho nauseabundo, pues la avena quemada es casi tan mala como las patatas podridas: ni la misma inanición la hace tragable. Las cucharas se movieron con lentitud, y vi cómo cada muchacha probaba la comida e intentaba tragarla, pero, en la mayoría de los casos, desistieron enseguida. Se había acabado el desayuno y nadie había desayunado. Dimos las gracias al Señor por lo que no habíamos recibido, cantamos otro himno y salimos del refectorio hacia el aula. Yo estaba entre las últimas en salir y, al pasar por las mesas, vi a una de las profesoras coger una fuente de la sopa y probarla; luego miró a las demás y todos los rostros mostraban descontento, y una de ellas, la corpulenta, susurró:
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