1 ...8 9 10 12 13 14 ...31 —¿Para qué? ¿Para que me peguen más?
—¡Tonterías! Pero sí es verdad que tiene las cosas difíciles. Decía mi madre cuando vino a verme la semana pasada que no le gustaría ver a un hijo suyo en la posición de usted. Ahora, vayamos adentro. Tengo buenas noticias para usted.
—No me lo puedo creer, Bessie.
—¡Pero, niña! ¿Qué quiere decir? ¡Con qué ojos más tristes me mira! Bueno, la señora y los señoritos van a salir a merendar esta tarde, y usted merendará conmigo. Le pediré a la cocinera que le haga un pastelillo, y luego me ayudará usted a repasar sus cajones, pues pronto tendré que hacer sus maletas. La señora tiene intención de que se marche en un día o dos, y tiene que elegir los juguetes que quiere llevarse.
—Bessie, tienes que prometerme que no me reñirás más hasta mi partida.
—De acuerdo, pero ha de ser buena, y no tenerme miedo. No se asuste si levanto un poco la voz: eso me irrita muchísimo.
—Creo que nunca volveré a tenerte miedo, Bessie, porque me he acostumbrado a ti, y pronto tendré otro grupo de personas a quienes temer.
—Si los teme, la despreciarán.
—¿Como tú, Bessie?
—Yo no la desprecio, señorita. Creo que la quiero más que a los demás.
—No se nota.
—¡Qué mordaz! Habla usted de una manera diferente. ¿Qué la ha hecho tan atrevida y osada?
—Pues que pronto me habré marchado, y, además… —iba a contarle algo de lo que había pasado entre la señora Reed y yo, pero lo pensé mejor y decidí no mencionarlo.
—¿Así que se alegra de dejarme?
—En absoluto, Bessie. En este momento, lo siento bastante.
—«¡En este momento!». ¡Con qué frialdad lo dice la señorita! Supongo que si le pidiera un beso, me lo negaría, diciendo que preferiría no hacerlo.
—Estaré encantada de darte un beso. Agacha la cabeza —Bessie se agachó, nos dimos un abrazo, y la seguí, bastante consolada, hasta la casa. La tarde transcurrió tranquila y armoniosamente, y por la noche Bessie me contó algunos de sus cuentos más cautivadores, y me cantó algunas de sus canciones más dulces. Incluso para mí, la vida contenía momentos de felicidad.
Apenas habían dado las cinco de la mañana del diecinueve de enero cuando entró Bessie en mi cuarto con una vela, encontrándome ya levantada y casi vestida. Me había levantado media hora antes de su llegada y me había lavado la cara y vestido a la luz de la media luna, cuyos rayos se filtraban a través de la estrecha ventana que estaba junto a mi cama. Iba a salir de Gateshead aquel día en una diligencia que pasaba ante la portería a las seis. Bessie era la única persona que se había levantado; había encendido el fuego del cuarto de los niños, donde se dispuso a prepararme el desayuno. Hay pocos niños capaces de comer cuando están nerviosos por la idea de un viaje, y yo tampoco pude. Habiendo insistido en vano para que tomase unas cucharadas de la leche hervida con pan que me había preparado, Bessie envolvió en papel unas galletas, que puso en mi bolsa, me ayudó a ponerme la pelliza y el sombrero, se cubrió con un chal y salimos ambas del cuarto. Cuando pasamos delante de la habitación de la señora Reed, me preguntó:
—¿Quiere entrar a despedirse de la señora?
—No, Bessie. Ella vino a mi cuarto anoche cuando habías bajado a cenar, y me dijo que no hacía falta despertarla a ella ni a mis primos por la mañana, y que recordara que siempre había sido mi mejor amiga, y que por esto siempre hablara bien de ella y le estuviera agradecida.
—¿Qué dijo usted, señorita?
—Nada. Me tapé la cara con las mantas y me volví hacia la pared.
—Eso no estuvo bien, señorita Jane.
—Estuvo perfectamente, Bessie. Tu señora no ha sido mi amiga, sino mi enemiga.
—Oh, señorita Jane, ¡no diga eso!
—¡Adiós, Gateshead! —grité, al pasar por el vestíbulo y salir por la puerta principal.
La luna se había ocultado y estaba muy oscuro. Bessie llevaba una linterna, cuya luz iluminaba los escalones mojados y la gravilla empapada por el reciente deshielo. Hacía un frío tan intenso esa mañana invernal que me castañeteaban los dientes al apresurarme por el camino. Había luz en la casita del portero. Cuando llegamos allí, encontramos a la portera encendiendo fuego. Mi baúl, llevado allí la noche anterior, estaba atado con una cuerda junto a la entrada. Faltaban pocos minutos para las seis, y poco después de dar esa hora, el retumbar lejano de ruedas anunció la llegada de la diligencia. Me acerqué a la puerta y vi aproximarse rápidamente sus faroles en la oscuridad.
—¿Se va ella sola? —preguntó la portera.
—Sí.
—Y ¿a qué distancia está?
—Cincuenta millas.
—¡Qué lejos! Me sorprende que la señora Reed la deje ir tan lejos sola.
Se detuvo la diligencia con sus cuatro caballos, repleta de pasajeros. El mozo y el cochero me metieron prisa a voces, subieron mi baúl y a mí me arrancaron de los brazos de Bessie, a quien me había aferrado besándola.
—Cuídenmela bien —gritó al mozo, quien me levantó y metió dentro.
—Sí, sí —fue la respuesta. La puerta se cerró de golpe, una voz exclamó «¡Vámonos!» y emprendimos el camino. De esta manera me separaron de Bessie y de Gateshead, de esta manera me transportaron a regiones desconocidas y, según mi parecer de entonces, remotas y misteriosas.
Recuerdo muy poco del viaje, solo sé que el día se me hizo increíblemente largo, y me pareció que recorríamos cientos de millas. Pasamos por varios pueblos, y el coche se detuvo en uno muy grande; se llevaron los caballos, y los pasajeros nos apeamos para comer. Me llevaron a una posada, donde el mozo quiso que comiese algo. Como no tenía apetito, me depositó en una sala enorme con una chimenea en cada extremo, una araña de luces colgando del techo y una balconada roja en lo alto de la pared, llena de instrumentos musicales. Estuve deambulando un rato, sintiéndome muy rara, y con un miedo desmedido de que entrase alguien para secuestrarme, pues creía en la existencia de secuestradores por haber oído relatar muchas veces sus hazañas en los cuentos de Bessie junto al fuego. Por fin, regresó el mozo y me volvió a embarcar en la diligencia. Luego, mi protector subió a su propio asiento, tocó su cuerno hueco y nos alejamos por las «calles empedradas» de L…
Por la tarde llovió y hubo algo de neblina. Con la llegada del crepúsculo, empecé a tener la sensación de estar lejísimos de Gateshead. Ya no atravesábamos pueblos, y el paisaje era diferente: se erguían grandes colinas grises en el horizonte. Al caer la noche, bajamos por un valle ensombrecido por los bosques que lo rodeaban, y mucho después de que la noche hubiera oscurecido del todo el paisaje, oí crujir los árboles, sacudidos por un viento fuerte.
Arrullada por este sonido, me quedé dormida por fin. No llevaba mucho tiempo durmiendo cuando me despertó el cese del movimiento. La puerta se abrió y vi, a la luz de los faroles, el rostro y la ropa de una persona con aspecto de criada.
—¿Hay aquí una niña llamada Jane Eyre? —preguntó. Contesté que sí; me sacaron, bajaron mi baúl, y la diligencia se alejó en el acto.
Estaba entumecida de estar sentada tanto tiempo, y aturdida por los ruidos y movimientos del coche. Reponiéndome, miré alrededor. El aire estaba cargado de lluvia, viento y oscuridad; sin embargo, divisé ante mí un muro con una puerta abierta, por la que pasé con mi nueva guía, quien la cerró con llave a nuestras espaldas. Ahora se vislumbraba una casa o casas, porque el edificio tenía una gran extensión, con muchas ventanas, algunas de las cuales tenían luz. Anduvimos por un ancho sendero lleno de charcos y cubierto de piedrecillas, y entramos en la casa por una puerta. La criada me llevó por un pasillo hasta un aposento con chimenea, donde me dejó sola.
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