1 ...7 8 9 11 12 13 ...31 Sentada en un taburete bajo, a unos metros de su sillón, observaba su figura y examinaba sus facciones. Sujetaba en la mano el librito que relataba la muerte fulminante de la mentirosa, que me había sido entregado como advertencia intencionada. Lo que acababa de suceder, lo que había dicho sobre mí la señora Reed al señor Brocklehurst y el tono de su conversación reciente me herían. Cada palabra que había oído pronunciar me había dolido vivamente, y una oleada de resentimiento me invadió.
La señora Reed levantó la vista de su labor y sus ojos se fijaron en los míos, y, al mismo tiempo, sus dedos interrumpieron sus ligeros movimientos.
—Sal de la habitación y vuelve al cuarto de los niños —me ordenó. Debió de encontrar insolente mi mirada, porque habló con una ira exacerbada que intentaba contener. Me levanté, me dirigí a la puerta; volví, crucé la habitación hasta la ventana y luego me acerqué a ella.
Sentía la necesidad de hablar: me habían agraviado, y tenía que desquitarme, pero ¿cómo? ¿Qué fuerza tenía yo para vengarme de mi adversaria? Hice acopio de energía y me lancé con estas palabras:
—No soy mentirosa. Si así fuera, diría que la quiero a usted. Pero le aseguro que no la quiero: me desagrada usted más que nadie en el mundo a excepción de John Reed. En cuanto a este libro sobre la mentirosa, puede usted dárselo a su hija Georgiana, puesto que ella es la que dice mentiras y no yo.
Las manos de la señora Reed yacían quietas sobre su labor, sus ojos gélidos seguían fijos en los míos.
—¿Qué más tienes que decir? —preguntó, con un tono más apropiado para hablar con un adversario adulto que con una niña.
Su mirada y su voz despertaron en mí una gran antipatía. Con todo el cuerpo temblando, dominado por un nerviosismo incontrolable, proseguí:
—Me alegro de que no sea pariente mía. En toda mi vida volveré a llamarle tía. Nunca vendré a visitarla cuando sea mayor, y si me preguntan si la quería o cómo me trataba usted, diré que solo pensar en usted me pone enferma y que me ha tratado con una crueldad despiadada.
—¿Cómo te atreves a hablar así, Jane Eyre?
—¿Que cómo me atrevo? ¿Cómo me atrevo, señora Reed? Porque es la verdad. Usted cree que no tengo sentimientos y que puedo vivir sin amor y bondad, pero no es así y no tiene usted compasión. Recordaré cómo me volvió a encerrar cruel y violentamente en el cuarto rojo, aunque desfallecía, me moría de pena, y gritaba: «¡Piedad, piedad, tía Reed!». Y me impuso ese castigo porque su hijo malvado me golpeó sin ningún motivo. A cualquiera que me lo pregunte, le contaré esto mismo. La gente cree que usted es una buena mujer, pero es mala y dura de corazón. ¡Usted sí que es falsa!
Antes de acabar este discurso, mi alma empezó a ensancharse con la mayor sensación de libertad y triunfo que jamás había experimentado. Era como si se hubiera roto un lazo invisible, dejándome inesperadamente libre. Con razón me sentía así: la señora Reed parecía asustada, su labor se cayó de su regazo, levantó las manos, empezó a mecerse y torció la cara como si fuera a llorar.
—Jane, estás equivocada, ¿qué te ocurre? ¿Por qué tiemblas de esta manera? ¿Quieres beber un poco de agua?
—No, señora Reed.
—¿Quieres alguna otra cosa? Te aseguro que quiero ser tu amiga.
—No es verdad. Le ha dicho usted al señor Brocklehurst que tenía mal carácter, que era mentirosa. Yo me encargaré de que en Lowood todos sepan lo que es usted y lo que ha hecho.
—Jane, no entiendes estas cosas. A los niños hay que corregirles los defectos.
—La mentira no es uno de mis defectos —chillé con voz salvaje.
—Pero eres apasionada, Jane, tienes que reconocerlo. Ahora vuelve al cuarto de los niños, querida, y échate un rato.
—Yo no soy su «querida», y no puedo echarme. Envíeme pronto a la escuela, señora Reed, porque aborrezco vivir aquí.
«Sí que la enviaré pronto a la escuela», murmuró la señora Reed para sí, y, recogiendo su labor, salió bruscamente de la habitación.
Me quedé sola, vencedora de la batalla. Había sido la batalla más dura que había librado, y mi primera victoria. Estuve parada un rato sobre la alfombra, donde antes había estado el señor Brocklehurst, y disfruté de la soledad del conquistador. Al principio, sonreía y me sentía exaltada, pero este intenso placer se fue calmando al mismo tiempo que los latidos de mi corazón. Un niño no puede discutir con sus mayores, como yo lo había hecho, no puede dar rienda suelta a su ira, como yo lo había hecho, sin experimentar después una punzada de remordimiento y arrepentimiento. Mi mente era un fuego ardiente con llamas devoradoras y vivas cuando acusé y amenacé a la señora Reed; el mismo fuego, negro y apagado tras agotarse las llamas, hubiera servido para representar mi ánimo después, cuando media hora de reflexiones me mostró la locura de mi comportamiento y lo desolador de mi posición odiosa y odiada.
Era la primera vez que probaba la venganza. Me pareció un vino aromático, cálido y chispeante en el paladar; pero dejó un regusto metálico y corrosivo que me daba la impresión de haber sido envenenada. De buena gana habría ido a pedirle perdón a la señora Reed, pero sabía, en parte por experiencia y en parte por instinto, que esta era la manera de conseguir que me rechazara con doble desprecio, lo cual hubiera estimulado de nuevo los impulsos tumultuosos de mi carácter.
Más me valdría ejercitar otra habilidad que no fuera la de pronunciar palabras airadas; más me valdría cultivar sentimientos menos violentos que la negra indignación. Cogí un libro, uno de cuentos árabes, y me senté a leer. Era incapaz de entender el tema: entre yo y las páginas que solían maravillarme se interpusieron mis pensamientos. Abrí la puerta de cristal de la sala que daba al jardín, donde todo estaba tranquilo, dominado por la escarcha, sin que el sol o el viento lo aliviasen. Me cubrí la cabeza y los brazos con la falda de mi vestido y salí a pasear por una zona apartada. No hallé placer ni en los árboles silenciosos, las piñas caídas, ni los restos del otoño: la hojarasca rojiza, barrida por el viento hasta formar heladas pilas. Me apoyé en una valla y contemplé un campo vacío, cuya hierba estaba quemada y descolorida, donde no había ninguna oveja pastando. Era un día gris de cielo encapotado, que amenazaba nieve; de hecho, caían a intervalos algunos copos, que se depositaban en el duro sendero y en el prado helado, y no se derretían. Sintiéndome desgraciadísima, me pregunté una y otra vez en un susurro: «¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?».
Enseguida oí la llamada de una voz clara:
—Señorita Jane, ¿dónde está? Venga a comer.
Sabía que era Bessie, pero no me moví. Al rato oí sus pasos ligeros por el sendero.
—¡Criatura traviesa! —dijo— ¿por qué no acude cuando se la llama?
En comparación con los pensamientos que me habían ocupado la mente, me alegró la presencia de Bessie, aunque, como siempre, estaba algo enfadada. El caso es que, después de mi lucha con la señora Reed y mi victoria sobre ella, no estaba dispuesta a preocuparme por el enojo pasajero de la niñera, pero sí quería disfrutar de su alegría lozana. La rodeé con los dos brazos, diciendo:
—Venga, Bessie, ¡no me riñas!
Este gesto era más natural y abierto de lo que yo solía permitirme, y, de alguna manera, pareció agradarla.
—Es usted una niña extraña, señorita Jane —dijo, mirándome— una criatura solitaria y errante. Se irá a la escuela, supongo.
Asentí con la cabeza.
—¿No le dará pena dejar a la pobre Bessie?
—Poco le importo yo a Bessie. Siempre me estás riñendo.
—Porque es usted una criatura tan rara, tímida y asustadiza. ¡Debería ser más resuelta!
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