Y sin embargo, se me antoja que las mayores y mejores sorpresas, en el bien que traerán estas páginas, vendrán de parte de aquellos que yo llamo “víctimas” de la gris uniformidad actual, en lo que atañe a las opiniones sobre la Iglesia y sobre los curas. ¡Mucho me gustaría ver el rostro de aquellos que se sorprenderán de ver cuánta pasión, variedad, alegría y amor tiene el camino del sacerdocio! Y el autor estará de acuerdo conmigo en que, si uno de sus lectores sale de esa triste uniformidad de opiniones y empieza a ser otra voz “discordante,” el libro ha logrado su objetivo.
Así lo conceda con su intercesión la Santa Virgen, de tan alto afecto para el Padre Bonnin y para este servidor.
Fr. Nelson Medina, O.P.
Parte 1
La llamada
Una vida apasionante
Hace unos años los obispos españoles hicieron un video vocacional que se llamaba: “Yo te prometo una vida apasionante”. La frase se refiere al sacerdocio, claro.
Si ustedes –y los obispos españoles– me permiten, quiero decirlo yo también con todas las letras y con todo el énfasis posible: ser sacerdote es apasionante, la vida sacerdotal es una vida apasionante.
¿Por qué es apasionante?
Podría decir tantas cosas, pero hoy me quedo con una: provoca impresión y es apasionante el misterio cotidiano de ser Jesucristo. Suena totalmente loco, y de hecho lo es, y, sin embargo, es verdad.
Es imposible y a la vez cierto que nosotros, miserables hijos de Adán, somos llamados a ser Jesucristo Maestro, Sacerdote y Pastor.
Ser Jesucristo Maestro, percibir cómo el Espíritu Santo cientos de veces habla por nosotros, e –incluso– a pesar de nosotros. A pesar de nuestra oscuridad, la Luz de la Palabra sigue obrando con eficacia, a veces con una eficacia imponente.
Ser Jesucristo Sacerdote, tener la increíble certeza de que nuestras manos son sus manos, nuestros labios son sus labios, nuestra voz es su voz, cada vez que celebramos la Misa, confesamos, bautizamos o ungimos.
Ser Jesucristo Pastor, ver con qué confianza las ovejas –pequeñas, crecidas, adultas, ancianas, formadas o recién iniciadas– vienen a nosotros buscando lo que solo puede darles Él, ¡pero nos lo piden a nosotros! Ovejas que vienen tantas veces lastimadas, confundidas, enredadas, y también ovejas que van cuesta abajo en el camino de la santidad. Misterio increíble de la confianza que brota de la fe, que lleva a tantas personas que no me conocen –a mí, a Leandro– a abrir su alma de par en par, porque esperan que así el Buen Pastor, a través de sus instrumentos, las cure, las oriente, las ilumine.
Es un misterio que da vértigo de solo pensarlo, y que produce una sensación sobrecogedora al intentar vivirlo.
Por eso es tan necesaria la oración por los sacerdotes que ya estamos en la cancha, y por los que están en las divisiones inferiores, esperando ansiosos que llegue el día de ponerse la camiseta del Buen Pastor, y comenzar a servir.
Es importante la oración para que el semillero no se seque, para que cada familia rece y haga lo que deba hacer para que alguno de sus hijos descubra el llamado de Dios, le preste su persona, para prolongar su presencia en el mundo.
Cuidala como oro
–¡Escuchame, escuchame, te voy a decir algo!
El Flaco, un personaje del barrio que tenía por costumbre no andar casi nunca sobrio, minutos antes, había tocado el timbre de la parroquia pidiendo si no tenía algo para comer. Cuando bajé a entregarle lo que encontré, y después de que lo reté porque nuevamente había estado tomando vino en exceso, me dijo:
–Escuchame, escuchame, te voy a decir algo: cuidá a la Iglesia como oro.
Y se tocó el corazón.
–La Iglesia tiene que ser para vos como un diamante.
Para cerrar, finalmente, con el clásico: “¿no tenés unos pesos que me puedas dar?”
Gracias, Flaco querido, por recordármelo. Por traer a mi memoria este gran Misterio: Cristo me confía a la Iglesia, su Esposa, aquella por la cual Él se entregó en la Cruz, para que yo, indigno ministro, la cuide.
Gracias Jesús: tu Iglesia vale más que el oro, más que un diamante precioso: vale tu Sangre Redentora.
La Ferrari
Me gusta mucho compartir mis vivencias como sacerdote, especialmente desde que Benedicto XVI nos alentó a los curas a usar las redes sociales. Pero al hacerlo, me doy cuenta de que algunas personas no lo toman o no lo comprenden bien.
Piensan que quizá estoy alardeando, mandándome la parte, echándome incienso. En realidad, no es o no quisiera que fuera así: solo anhelo compartir la belleza del sacerdocio que recibí sin merecerlo.
Así, se me ocurrió una comparación que puede ayudar a describir lo que siento en relación con este ministerio recibido como don.
El sacerdocio, mi sacerdocio, es como una Ferrari que vale muchísima plata, que yo jamás hubiera podido comprar, que me regalaron sencillamente porque al dueño de la empresa se le ocurrió que yo la manejara. Había pilotos mucho más capaces pero nos tocó a nosotros.
Cuando comparto algo, intento mostrar, no nuestras habilidades al volante –no soy Fangio, Senna, Prost, Schumacher, ni siquiera el Flaco Traverso–, sino la belleza de la Ferrari.
Quiero contarles cuánto vértigo y emoción se siente al usarla. Intento describir la potencia que encierra, el gozo indecible de haberla recibido y poderla utilizar.
Jesús nos pide que la cuidemos, sin llegar al extremo de tenerla siempre guardada en el garage. Nos dice que seamos delicados, porque si la usamos mal podemos hacer mucho daño a otros y perdernos a nosotros mismos.
Lamentablemente, algunas veces lo hacemos: ensuciamos, manchamos, abollamos o rayamos el regalo del sacerdocio. Cada cierto tiempo, alguno de nosotros destroza la Ferrari, y es noticia. Algunos piensan que es por defecto de fábrica, se enojan con el donante. Pero no, no es Él el culpable: somos nosotros.
Por eso también quiero pedir perdón: porque con nuestra impericia, desprestigiamos su fábrica. Aún así, y aunque no sean noticia, hay Ferraris cada día funcionando bien.
Por eso damos gracias. De tal manera que, todo sea para gloria del donante, diseñador y mecánico, del que la pensó tan genial y tan enorme, del derrochón que, con tanta audacia, la pone en tan torpes manos.
Buscando la transversal del péndulo
Años atrás recibí un mensaje de texto donde el remitente me contaba acerca de un retiro espiritual en el que participaron alrededor de cincuenta jóvenes.
Entre las cosas bellas y alentadoras que narraba, me quedó dando vueltas una expresión referida al estilo y los frutos del retiro:
“Algunos aprendieron a desmarcarse –despacito– de espiri-tualidades fláccidas y sentimentalistas y otros –también despacito– de asfixiantes sistemas gélidos y rígidos... Unos y otros anduvimos juntos por la transversal del péndulo hasta perforar la napa de la Tradición”.
Y aunque no estoy totalmente seguro de comprender la metáfora tomada de la física, entiendo que hay una enorme intuición en ese andar por la transversal del péndulo. Pienso que así es, efectivamente, toda la vida cristiana, y especialmente la vida sacerdotal.
Andar por la transversal del péndulo es el anhelo del equilibrio –que no es tibieza–, es la comprensión de la vida cristiana como un cosmos en el cual todo debe estar en su sitio, donde es necesario mantener unidos en su justa proporción aspectos diferentes, pero no contrapuestos ni irreconciliables.
El problema es que en la vida concreta siempre nos resulta más fácil elegir uno de los extremos del movimiento pendular. Pero así nos perdemos de la verdadera belleza del pensamiento y de la concepción católica de la realidad. Nos perdemos el tesoro que de modo casi imperceptible ha constituido y nos ofrece la Tradición.
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