Robert Stevenson - Nuevas noches árabes

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Las historias que recoge esta colección son consideradas lo mejor de la obra stevensoniana y pioneras de la tradición cuentística literaria inglesa. Jorge Luis Borges no sólo sumó este volumen a su biblioteca personal; también declaró: «Desde la niñez, Robert Louis Stevenson ha sido para mí una de las formas de la felicidad». La primera mitad de este volumen nos presenta dos populares ciclos de misterio, «El club de los suicidas» y «El diamante del rajá», obras maestras del género detectivesco y de aventuras. La segunda mitad nos ofrece relatos independientes, incluyendo «El pabellón de las dunas», situado en una cabaña rodeada de arenas movedizas, que nos cuenta la historia de dos viejos amigos que rivalizan por el amor de una mujer. Arthur Conan Doyle declaró: «„El pabellón de las dunas“ es la cumbre de la obra de Stevenson y el mejor cuento literario del mundo». "Robert Louis Stevenson creó una forma de arte. Inventó un género que no existe fuera de su obra. 
Nuevas noches árabes es tan única en el mundo como las antiguas 
Mil y una noches , y no debe su auténtico ingenio al modelo que imita: Stevenson tejió aquí una excepcional especie de textura, fabricó una singular especie de atmósfera que no se parece a nada más." G.K. Chesterton

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—Estoy seguro de que disculpará mi curiosidad. Lo que llevo visto de usted me ha complacido mucho, pero me ha extrañado aún más. Y, aunque me resisto a ser indiscreto, debo decirle que a mi amigo y a mí se nos puede confiar cualquier secreto. Tenemos muchos propios, que siempre acaban por llegar a oídos indiscretos. Y si, como supongo, su historia es un tanto absurda, no es preciso que se ande con delicadezas con nosotros, que somos dos de los hombres más absurdos de Inglaterra. Yo soy Godall, Theophilus Godall, y mi amigo es el comandante Alfred Hammersmith, o al menos así le gusta llamarse. Nos pasamos la vida buscando aventuras excéntricas, y no hay extravagancia alguna que no sepamos comprender.

—Usted me resulta simpático —replicó el joven—. Me inspira una confianza natural, y no tengo nada que objetar respecto a su amigo el comandante, a quien supongo un noble disfrazado. Desde luego, estoy seguro de que no es militar —el coronel sonrió ante aquel elogio a la perfección de su arte y el joven prosiguió cada vez más animado—: Hay muchas razones por las que no debería contarles mi historia. Tal vez por eso mismo vaya a hacerlo. Parecen tan dispuestos a oír un relato descabellado que me siento incapaz de decepcionarlos. A pesar de su ejemplo, callaré mi nombre. Mi edad tampoco resulta esencial para la narración. Soy descendiente directo de mis antepasados y de ellos heredé el aceptable departamento donde vivo todavía y una fortuna de trescientas libras al año. Imagino que también me legaron un temperamento un tanto alocado, que siempre me ha gustado fomentar. Sé tocar el violín lo bastante bien para ganarme la vida en la orquesta de un teatrillo, aunque no del todo. Lo mismo puede decirse de la flauta y el corno francés. Aprendí a jugar lo suficiente al whist para perder unas cien libras al año en ese juego tan científico. Mis conocimientos de francés me bastaron para malgastar el dinero en París casi con la misma facilidad que en Londres. Soy, en suma, una persona de numerosos logros viriles. He vivido cualquier clase de aventuras, incluyendo un duelo por una insignificancia. Hace apenas dos meses conocí a una joven que, por sus dotes morales y físicas, se ajustaba a la perfección a mis gustos; sentí que se me derretía el corazón y comprendí que por fin había encontrado mi destino y estaba a punto de enamorarme. Pero cuando calculé el capital que me quedaba, ¡comprobé que ascendía a poco menos de cuatrocientas libras! Déjenme preguntarles: ¿puede un hombre que se respete a sí mismo enamorarse con sólo cuatrocientas libras en el banco? Decidí que era obvio que no. Me dediqué a esquivar a mi amada y, al incrementar un poco mis gastos habituales, esta mañana llegué a mis últimas ochenta libras. Dividí esa suma en dos partes iguales: cuarenta las reservé para un propósito concreto; las otras cuarenta decidí gastarlas antes de la noche. He pasado un día muy entretenido y disfrutado de muchas bromas, aparte de la de los pasteles de crema, que me llevó a conocerlos a ustedes, pues, como les dije, estaba decidido a poner un fin absurdo a una vida no menos disparatada, y, cuando me vieron tirar el monedero al arroyo, fue porque había gastado las cuarenta libras. Ahora me conocen tan bien como yo: soy un loco coherente con su locura y, espero que me crean, no un llorón ni un cobarde.

Por el tono de la declaración del joven, resultaba obvio que tenía una triste y amarga opinión de sí mismo, lo cual hizo pensar a sus interlocutores que aquel amorío le había tocado más hondo de lo que estaba dispuesto a reconocer y que había tomado una decisión sobre su vida. La farsa de los pasteles de crema empezaba a cobrar tintes de tragedia disimulada.

—¡Caramba! ¿No les parece raro que los tres nos hayamos conocido por mera coincidencia en un lugar tan inmenso como Londres, cuando estamos pasando por circunstancias tan parecidas? —intervino Geraldine, mirando de reojo al príncipe Florizel.

—¿Cómo? —exclamó el joven—. ¿También ustedes están desesperados? ¿Es esta cena una locura como la de mis pasteles de crema? ¿Reunió el diablo a tres de los suyos para que compartan una última juerga?

—Créame que el diablo a veces hace cosas muy caballerescas —replicó el príncipe Florizel—. Estoy tan conmovido por la coincidencia que, aunque nuestro caso no sea justo el mismo, pienso poner fin a la diferencia. Que su heroico modo de despachar los últimos pasteles de crema me sirva de ejemplo —dicho y hecho, el príncipe echó mano a su cartera y sacó un pequeño fajo de billetes—. Como ve, usted me lleva una semana de ventaja, pero mi intención es darle alcance y cruzar a la par la línea de meta —prosiguió—. Con esto —afirmó, mientras dejaba uno de los billetes encima de la mesa— bastará para pagar la cuenta. En cuanto al resto… —los lanzó al fuego y se fueron por la chimenea con una llamarada.

El joven trató de contener su brazo, aunque tenía en medio la mesa y su intervención no llegó a tiempo.

—¡Desdichado —gritó—, no debió quemarlos todos! Debió guardar cuarenta libras.

—¡Cuarenta libras! —repitió el príncipe—. En el nombre del cielo, ¿y por qué cuarenta libras?

—¿Y por qué no ochenta? —gritó el coronel—. Me consta que debía de haber al menos cien en el fajo.

—Nada más le habrían hecho falta cuarenta —dijo el joven con aire lúgubre—. Sin ellas no lo admitirán. La norma es estricta. Cuarenta libras por cabeza. ¡Qué triste vida ésta en la que hasta para morir hace falta dinero!

El príncipe y el coronel intercambiaron una mirada.

—Explíquese —dijo el último—. Todavía tengo la cartera razonablemente bien provista, y no necesito decirle con cuánto gusto compartiría mi dinero con Godall, pero antes necesito saber con qué propósito: usted debe explicarnos a qué se refiere.

El joven pareció despertarse, los miró con inquietud y se ruborizó profundamente.

—¿No me estarán tomando el pelo? —preguntó—. ¿De verdad se encuentran desesperados como yo?

—Por mi parte, desde luego que lo estoy —replicó el coronel.

—Y por la mía —dijo el príncipe—, ya se lo demostré. ¿Quién, si no estuviera desesperado, arrojaría al fuego su dinero? La acción habla por sí misma.

—Alguien que estuviera desesperado, sí —repuso el otro, suspicaz—, o un millonario.

—Basta, señor —dijo el príncipe—. Ya me oyó, y no estoy acostumbrado a que se ponga en duda mi palabra.

—¿Desesperados? —preguntó el joven—. ¿De verdad están tan desesperados como yo? ¿Han llegado ustedes, después de una vida de excesos, a un punto en el que sólo pueden permitirse un exceso más? —fue bajando la voz a medida que hablaba—. ¿Se permitirán ese último exceso? ¿Evitarán las consecuencias de sus desvaríos mediante el único camino fácil e infalible? ¿Les darán esquinazo a los alguaciles de su conciencia por la única puerta abierta? —de pronto se interrumpió y trató de reírse—. ¡A su salud! —exclamó, vaciando la copa—. Y que tengan muy buenas noches, mis alegres desesperados.

El coronel Geraldine lo tomó del brazo justo cuando se disponía a levantarse.

—Usted no se fía de nosotros —dijo—, y hace mal. A todas sus preguntas respondo de manera afirmativa. Sin embargo, no soy tan tímido ni me importa llamar a las cosas por su nombre. Tanto nosotros como usted nos sentimos hartos de vivir y decididos a morir. Tarde o temprano, solos o en compañía, tenemos la intención de ir al encuentro con la muerte y desafiarla ahí donde esté. Ya que lo conocimos y que su caso parece más apremiante, que sea esta noche, y cuanto antes, y si le parece bien, los tres juntos. ¡Un trío tan pobre —exclamó— debería entrar hombro con hombro en los salones de Plutón e infundirse ánimos entre las sombras!

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