Robert Stevenson - Nuevas noches árabes

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Las historias que recoge esta colección son consideradas lo mejor de la obra stevensoniana y pioneras de la tradición cuentística literaria inglesa. Jorge Luis Borges no sólo sumó este volumen a su biblioteca personal; también declaró: «Desde la niñez, Robert Louis Stevenson ha sido para mí una de las formas de la felicidad». La primera mitad de este volumen nos presenta dos populares ciclos de misterio, «El club de los suicidas» y «El diamante del rajá», obras maestras del género detectivesco y de aventuras. La segunda mitad nos ofrece relatos independientes, incluyendo «El pabellón de las dunas», situado en una cabaña rodeada de arenas movedizas, que nos cuenta la historia de dos viejos amigos que rivalizan por el amor de una mujer. Arthur Conan Doyle declaró: «„El pabellón de las dunas“ es la cumbre de la obra de Stevenson y el mejor cuento literario del mundo». "Robert Louis Stevenson creó una forma de arte. Inventó un género que no existe fuera de su obra. 
Nuevas noches árabes es tan única en el mundo como las antiguas 
Mil y una noches , y no debe su auténtico ingenio al modelo que imita: Stevenson tejió aquí una excepcional especie de textura, fabricó una singular especie de atmósfera que no se parece a nada más." G.K. Chesterton

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HISTORIA DEL JOVEN DE LOS PASTELES DE CREMA

Nuevas noches árabes - изображение 8

DURANTE EL TIEMPO en que residió en Londres, el distinguido príncipe Florizel de Bohemia se ganó el afecto de todos con su trato seductor y una generosidad bien entendida. Era un hombre notable por lo que de él se sabía, y eso que sólo era parte de lo que en realidad hacía. Aunque de temperamento plácido en circunstancias normales, y acostumbrado a tomarse la vida con tanta filosofía como cualquier campesino, el príncipe de Bohemia también sentía inclinación por modos de vida más aventureros y excéntricos de aquellos a los que estaba destinado por su nacimiento. A veces, si se sentía desanimado y no se representaba ninguna comedia divertida en alguno de los teatros londinenses, y si la estación del año impedía la práctica de esos deportes al aire libre en los que superaba a sus contrincantes, mandaba llamar a su confidente y caballerizo mayor, el coronel Geraldine, y le ordenaba prepararse para una ronda nocturna. El caballerizo mayor era un joven oficial de disposición valiente e incluso temeraria. Recibía con agrado la invitación y se apresuraba a disponerlo todo. La larga práctica, unida a un variado conocimiento de la vida, lo habían dotado de una habilidad singular para el disfraz: no sólo sabía disimular su rostro y porte, sino también su voz y casi sus pensamientos, para adaptarlos a los de cualquier rango, carácter o nacionalidad; de ese modo desviaba la atención del príncipe y a veces lograba que los admitieran en los círculos más extraños. Las autoridades civiles nunca supieron de aquellas aventuras secretas: el valor imperturbable de uno y la iniciativa y caballerosa devoción del otro los habían sacado de muchas situaciones peligrosas, y con el paso del tiempo su confianza fue en aumento.

Una tarde de marzo, un repentino chubasco de aguanieve los hizo refugiarse en un bar de ostras muy cerca de Leicester Square. El coronel Geraldine iba vestido y maquillado como un periodista de tercera, mientras que el príncipe, según lo acostumbrado, había alterado su aspecto mediante la adición de unas patillas falsas y un par de gruesas cejas adhesivas. Éstas le daban un aspecto tan curtido y desgreñado que, al tratarse de una persona de su elegancia, constituían un disfraz impenetrable. Ataviados de aquel modo, el jefe y su ayudante saborearon su brandy con agua mineral con absoluta seguridad.

El bar se hallaba repleto de parroquianos, hombres y mujeres; sin embargo, aunque más de uno trató de entablar conversación con nuestros aventureros, ninguno de ellos les pareció digno de interés tras conocerlo. No había ahí más que la hez de Londres, gente vulgar y poco respetable, y el príncipe había empezado a bostezar y a hartarse de aquella excursión cuando empujaron con violencia las puertas y entró en el bar un joven seguido de dos conserjes. Cada uno de estos últimos llevaba pasteles de crema en una bandeja con tapa, que retiraron enseguida, y el joven se paseó entre los presentes y los animó a probar aquellos dulces con exagerada cortesía. A veces su ofrecimiento era aceptado entre risas; en ocasiones era firme e incluso ásperamente rechazado. En ese caso, el recién llegado se comía él mismo el pastel, entre comentarios de índole más o menos humorística.

Por fin se acercó al príncipe Florizel.

—Señor —dijo con una profunda reverencia, ofreciéndole al mismo tiempo el pastel entre el dedo pulgar y el índice—, ¿tendrá usted a bien honrar a un completo desconocido? Yo respondo de su calidad, pues llevo comidas más de dos docenas desde las cinco.

—Tengo la costumbre —replicó el príncipe— de fijarme no tanto en la naturaleza de un regalo como en la intención con que se hace.

—La intención, señor —respondió el joven con otra reverencia—, es la de una burla.

—¿Una burla? —repitió Florizel—. ¿Y de quién pretende usted burlarse?

—No vine aquí a exponer mi filosofía —replicó el otro—, sino a repartir estos pasteles de crema. Si le digo que me incluyo encantado en lo ridículo de esta transacción, confío en que dará su honor por satisfecho y aceptará mi invitación. De lo contrario, me veré obligado a comerme el vigésimo octavo, y reconozco que ya empiezo a sentirme un poco lleno.

—Usted me ha conmovido —dijo el príncipe—, y nada me gustaría más que librarlo de su dilema, pero con una condición: mi amigo y yo nos comeremos sus pasteles, por los que ninguno de los dos sentimos especial predilección, si nos compensa acompañándonos a cenar.

El joven pareció reflexionar.

—Todavía me quedan varias docenas —dijo por fin—, así que tendré que visitar varios bares más antes de concluir con mi cometido. Tardaré algún tiempo, y si tienen ustedes hambre…

El príncipe lo interrumpió con un gesto educado.

—Mi amigo y yo lo acompañaremos —dijo—, pues estamos muy intrigados por su agradable manera de pasar la tarde. Y ahora que establecimos los preliminares del acuerdo, permítame firmar el tratado por las dos partes —y se comió el pastel con la mayor elegancia imaginable—. Está delicioso —dijo.

—Veo que usted es un sibarita —replicó el joven.

El coronel Geraldine también hizo los honores al pastel y, después de que el resto de los presentes rechazó o aceptó sus manjares, el joven de los pasteles de crema emprendió la marcha hacia otro establecimiento parecido. Los dos conserjes, que parecían haberse acostumbrado a su absurdo empleo, lo siguieron, y el príncipe y el coronel cerraron la retaguardia, tomados del brazo y sonriéndose mientras caminaban. En aquella formación, el grupo visitó otras dos tabernas, donde se representaron escenas de similar naturaleza a las ya descritas: unos rechazaron y otros aceptaron aquella hospitalidad vagabunda, y el joven se comió los pasteles rechazados.

A la salida del tercer bar, el joven hizo un recuento de las provisiones. Sólo quedaban nueve: tres en una bandeja y seis en la otra.

—Caballeros —dijo, dirigiéndose a sus dos nuevos seguidores—, no quisiera retrasar su cena. Estoy convencido de que deben estar hambrientos. Creo que les debo una consideración especial. Y en este gran día para mí, en que pongo fin a una carrera de insensateces con uno de mis mayores desvaríos, quiero portarme con decencia con quienes me han apoyado. Caballeros, no tendrán que esperar más. Aunque mi constitución se resiente por los excesos cometidos, acabaré, aun a riesgo de mi vida, con la espera —y con esas palabras engulló los nueve pasteles restantes y se los tragó de un solo bocado; luego se volvió hacia los conserjes y les entregó un par de soberanos—. Les agradezco su paciencia extraordinaria —agregó.

Y despidió a cada uno con una reverencia. Se quedó mirando unos segundos el monedero del que había sacado el dinero para pagarles a sus ayudantes; luego, con una carcajada, lo tiró a la mitad de la calle y anunció que estaba listo para ir a cenar.

En un pequeño restaurante francés del Soho, que había disfrutado durante un tiempo de una reputación inmerecida y empezaba a caer en el olvido, y en un reservado del piso de arriba, los tres compañeros dieron cuenta de una cena muy refinada y se bebieron tres o cuatro botellas de champaña, mientras conversaban acerca de asuntos sin importancia. El joven era alegre y locuaz, aunque se reía de un modo más ruidoso de lo natural en una persona bien educada; sus manos temblaban con violencia y su voz adoptaba inflexiones súbitas y sorprendentes que parecían independientes de su voluntad. Cuando retiraron el postre y encendieron los puros, el príncipe se dirigió a él con estas palabras:

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