Tengo la sensación de que durante estas semanas el tiempo se detiene y todo es algo más lento de lo habitual. Hoy he comido con James y Rose. Dos colegas con los que suelo compartir el sándwich y el té en la oficina. He acortado el tiempo de descanso; les he dicho que había quedado con unos amigos y prefería adelantar trabajo, terminar los informes y ver los últimos balances. Pasaré por casa antes de ir al teatro, así me da tiempo a una ducha y arreglo algo el apartamento.
Salgo a las 16:30 de la oficina, la District line me deja directa, pero me bajaré unas paradas antes para dar una vuelta por las calles. Londres está precioso en Navidad y darse un paseo es un regalo para la vista. Cojo el metro planeo pasar por delante del teatro y comprar algún regalo que me queda pendiente. Aún me da tiempo de tomarme un café y saborear la espuma de un capuchino recién hecho.
El camino de Trafalgar a Picadilly no es ninguna maravilla. Suele ser una zona que no frecuento mucho, así que me invade la curiosidad. Justo delante de mí, el Majesty’s, qué impresión de edificio, majestuoso teatro. Cuatro columnas se alzan como si se tratara de una catedral. Fotos del espectáculo cubren los laterales de la entrada.
El fantasma de la ópera. Un musical histórico ambientado en el París de finales del siglo xix. ¡Pinta bien! He visto varios musicales, pero el Fantasma no. Hace años con Oliver vimos Mamma Mia, Chicago y Fame. Nos gustan los musicales con despliegue de números de danza, plumas y canciones conocidas. El Fantasma se nos resistía, lo habíamos intentado, pero no había entradas o bien nos apetecía otro tipo de argumentos. Hoy sería nuestra oportunidad de verlo.
Estoy segura de que Pierce y Oliver vendrán estilosos. Pierce suele ir a la ópera como invitado posando para esos photocalls de gente famosa con vestidos glamurosos. Toda la elegancia encima de una alfombra roja. Asiste a muchos estrenos. Es conocido por la prensa y alguna vez incluso le han entrevistado.
Llego a casa y me ducho con prisas. Mientras tengo la toalla enrollada al cuerpo, voy arreglando el comedor y haciendo la cama a la vez. Me había quedado pendiente. Entre el fin de semana y las prisas de esta mañana no había tenido tiempo alguno.
Busco en el armario un vestido, una chaqueta, y mientras me pongo las medias suena el teléfono. Es mamá.
—Hola, mamá, casi no puedo hablar. Todo va bien. ¿Estáis bien? Verás, tengo entradas para el teatro y voy algo justa de tiempo. Tengo ya todos los regalos comprados. Llego mañana a casa. Te llamo más tarde con más calma.
—Vale cariño, diviértete.
—Te quiero, adiós, mamá.
La tarde se me pasa volando. Llego al teatro a las 19:10, ya empieza a aglutinarse la gente en los alrededores. Hay público de todo tipo: grupos de orientales, matrimonios vestidos con mucha elegancia y gente corriente. Me pregunto cómo siempre hay tantos espectadores. Parece mentira que cada día pasen miles de personas por los teatros de Londres. Lo mismo ocurrirá en Nueva York y en otras ciudades.
Oliver y Pierce estarán a punto de llegar, son muy puntuales. El tiempo de agachar la cabeza para comprobar el teléfono móvil y escucho una agradable voz:
—Buenas tardes, preciosidad. —Es Oliver.
Que bien huele. Son los dos besos que mejor saben. Una mezcla de ámbar y sándalo que lo hacen característico. ¡Incluso una vez en un paso de cebra que crucé estando distraída, pasé justo al lado de un caballero cuyo aroma evocaba a Oliver, debería usar el mismo perfume que él! Me giré, pero no era él.
Pierce estaba emocionadísimo, había visto El fantasma de la ópera en Alemania, en Nueva York y en Londres. ¡Se sabía de memoria las canciones, los actores…, todo! Es un apasionado de la ópera y de los musicales.
Entramos al hall, donde nos tomamos una copa de champagne mientras Pierce nos cuenta la última vez que vio la función en Nueva York y lo bonitas que son las canciones de la obra. El vestíbulo está abarrotado y conecta con los dos pisos de localidades, los baños y la zona del bar. La gente empieza a despejar el hall para dirigirse a sus asientos. Quedan solo cinco minutos. Por megafonía suena el último aviso.
Nuestros asientos están en platea, fila nueve, asientos 11, 13 y 15. Pierce dice que desde la fila 9 suele verse bien, ni muy cerca, que pierdes ángulo, ni muy lejos, que no ves los detalles. No se le escapa nada.
—¡Que disfrutéis amigos! —dice Pierce justo cuando se apagan las luces.
La orquesta hace sonar la introducción….
Me he quedado sin aire, pegada a la butaca. Ni en el entreacto he sido capaz de recuperarme del estado catatónico. Los aplausos resuenan y cogen fuerza. Pierce se levanta y aplaude emocionado. Como él, otros se levantan y ovacionan a los actores, que saludan una y otra vez. Una maravilla de música y trajes. Todo elegante, majestuoso. Números corales operísticos, solos, duetos, incluso una góndola aparece desde atrás hasta la mitad del escenario con los actores cantando. Todo impecable y soberbio.
Una majestuosa cortina roja se cierra ante nuestros ojos mientras los actores siguen en el escenario saludando en un mar de aplausos.
El teatro empieza a vaciarse entre comentarios:
—Qué preciosidad, y qué bien cantan.
Oliver me dice que Christine es una actriz fantástica y que tiene una capacidad de interpretación muy buena. Es una artista muy completa. Era bailarina y ha hecho estudios de teatro musical.
—Es una de las mejores Christine que he visto.
Vamos andando conforme la muchedumbre nos empuja hacia la salida, sin prisas y dejando que los de las filas anteriores vaya saliendo primero. Justo al llegar al hall, pongo la mano en el bolso para encender el teléfono móvil y me doy cuenta de que no está. Miro en todos los bolsillos y le pido a Pierce que me sujete el bolso mientras saco la cartera y algún que otro objeto para ver si está debajo. Hago un escaneo mental: seguramente se me cayó al suelo cuando lo silencié, justo antes de empezar la función. Ente la oscuridad y la moqueta, no me he debido dar cuenta. Les digo a Oliver y a Pierce que esperen un momento, que tengo que volver a la butaca.
—Disculpadme, vuelvo enseguida.
Al entrar de nuevo en la platea ya no queda nadie. El teatro parece otro. Noto incluso una ligera corriente de aire frío. Voy corriendo a la fila 9 y mirando al suelo, en el pasillo, lo veo. Al cogerlo se enciende la luz de la pantalla y veo un SMS: «Te estamos esperando, no tardes».
No reconozco el número desde el que me envían el mensaje. Lo meto en el bolsillo para salir lo antes posible y ya lo miraré fuera. Al levantar la cabeza, veo al Fantasma sentado en el borde del escenario, justo delante del poderoso telón rojo. Me mira y me dice:
—Elizabeth, no tardes, te estamos esperando.
Me giro, no hay nadie más que yo.
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