Cogí el libro, encendí la luz tenue del comedor y sentada en el sofá con mi manta azul y gris, me pasé dos horas seguidas leyendo. A las 23:00 me fui a la cama. Sentía que llovía en la claraboya de mi habitación. Las gotas de lluvia chocaban con el cristal e invitaban a dejarse sentir una a una hasta que el sonido se volvía silencio. Vivo en un tercer piso de Gunnersbury Street. Un apartamento de 70 m2 con un comedor, cocina, dos dormitorios y un baño. Y una pequeña terraza desde la que puedo ver el jardín de todos los vecinos de la comunidad. Me gusta de vez en cuando salir y ver qué ocurre en el vecindario. Los fines de semana organizan barbacoas.
Aquella semana transcurrió como cualquier otra de un mes normal, sumando un mes más, un año más. Y así van pasando los días. Todo sigue igual.
2 YA NO TODO SIGUE IGUAL
Muchas veces percibo que mi vida no tiene ritmo, que le falta algo que me mantenga viva. Es como si hubiese llegado un momento en que la monotonía me mata. No pasa nada diferente, todo se mueve siempre en la misma dirección. Casa, trabajo, casa. Algún fin de semana se me ha hecho eterno y tengo que confesar que he deseado que llegase el lunes. La vida en Londres no es fácil.
Nací en Glasgow. Estudié en Glasgow y vine a Londres para buscar trabajo. Ir a la capital del Reino Unido es algo que me fascinaba. Mi familia sigue viviendo en Glasgow: mis padres, John y Elizabeth; Emily, mi hermana mayor, que ejerce en el Queen Elizabeth de Glasgow, donde su vocación se ve realizada, y mi hermano pequeño, Joe, que sigue en Alemania trabajando en automoción Desde que terminó Ingeniería en Hamburgo. Las oportunidades en el norte de Alemania son muy buenas para un ingeniero que adora los coches. Los tres bien avenidos, pero lejos uno del otro. Nos vemos en Navidad y en verano, cuando coincidimos en casa de mis padres.
En Londres tengo pocos amigos: Mery, Carmen y Oliver son mi punto de referencia. Los tres tenemos muchas anécdotas. Mery es abogada en Deloitte, Carmen es médica y Oliver, un economista emprendedor. Solemos vernos cada mes, aunque este último año solo hemos quedado dos veces. Mery se casó y desde entonces hace vida matrimonial. Se ha vuelto aburrida. Me encantaría pasar por delante de su casa con una avioneta y con un cartel colgando que diga: «Mery eres una mujer tradicional y aburrida». A ver si así se enteraba de una vez por todas.
Su marido es un directivo indio que trabaja en la empresa de su padre. ¡Su boda fue lo más! Tres días en Bangladés. Colores, ritmos, ceremonias. Hubo un momento que no sabía si ya se habían casado o aún estábamos en la primera fiesta. Lo pasamos genial.
Carmen es una española que emigró a Londres con su marido, Álvaro, que es cirujano en Charing Cross, y Carmen es médica de la comunidad. Tienen tres hijos y está embarazada del cuarto. ¡No le da para más la vida a la pobre! La veo y sufro. Cochecito por aquí, biberón por allá, guardería, guardia, canguro… ¡que estrés, por favor! Su madre, Concha, un encanto de mujer, se ha instalado en su casa para ayudarlos. La última vez que estuve, los dos mayores tenían una guerra de globos de agua en el jardín que acabó en el salón. ¡Qué locura de vida!
Oliver lo tiene todo: guapo, simpático, elegante. Es el director de una escuela de modelos. Cuando terminó la carrera de Económicas tenía claro que quería montar su propia empresa. Por sus manos han pasado muchas celebridades y tiene un sexto sentido para detectar nuevos talentos. Vamos por la calle y siempre anda con su cuello de jirafa sin perderse ni un detalle. No os lo he dicho, pero Oliver es gay. Oliver tiene una nueva pareja desde hace poco más de nueve meses del que está enamoradísimo. Otro encanto: Pierce, algo mayor que él. Los dos juntos son fabulosos. Están hechos el uno para el otro. Como si se conocieran de toda la vida.
Hoy es domingo, un domingo como cualquier otro. Ethan vino un rato ayer por la tarde y se fue. Son las 9:35. Me encanta ese despertar de los domingos, sin prisas y con todo el día por delante. Aunque una vez me levanto, quiero que termine el día para que empiece la semana. Algunos fines de semana se me hacen largos. Tardes de lectura, paseo, pero siempre me invade esa sensación de soledad y de prisas por que empiece la semana, a ver si ocurre algo diferente.
A las 12 me recoge Oliver. Quiere enseñarme el nuevo salón que ha redecorado con Pierce que es galerista y está forrado. Lo suyo fue un amor a primera vista. Ya viven juntos y parece que lleven así una eternidad. Irradian esa felicidad de las películas de Hollywood. Tienen una casa que es lo más de lo más. Cada detalle está medido. Los colores se sobreponen para expresar su mejor resultado. Los muebles parece que se hablen entre ellos. Dos plantas en una de las zonas más exquisitas de la ciudad.
Viven en Mayfair, un elegante barrio londinense, por no decir el barrio de los ricos. Una casa pequeñita pero decorada con un gusto exquisito.
—Viajar tiene lo suyo. Te permite coleccionar bellezas mundiales que después puedes exponer en el salón de casa —suele decir Pierce.
Me hago una bañera relajante. Pongo una bomba de burbujas y purpurina y música aleatoria en Spotify. Un momento de relax antes de salir. Es un pequeño ritual que de vez en cuando apetece. Sin prisas, sin obligaciones.
A las doce en punto Oliver ya me espera fuera. Aparcado, con su descapotable y saludando con la mano derecha.
—Buenos días, Beth.
—Buenos días, Oliver. Puntual como siempre.
—Me he levantado pronto y he recogido un par de encargos de Pierce. Estaba haciendo tiempo dando una vuelta por tu barrio. Ya he visto que han abierto un par de restaurantes nuevos. Un fish and chips y un tailandés.
—Sí, el barrio está creciendo. Hay varios estudios rehabilitados como apartamentos con gente joven. Imagino que han visto una buena oportunidad. La semana pasada, de camino a casa, compré para cenar un par de platos en el tailandés y estaban muy ricos.
Subo al coche y sin prisas recorremos un Londres tranquilo y desierto. Los domingos por la mañana el tráfico desciende bastante. El coche de Pierce es un descapotable, así que no podía negarme dar un agradable paseo, al más estilo años 50 de Hollywood. Oliver está encantado de hacer los honores.
Al cabo de cuarenta minutos llegamos a su casa. Al abrir la puerta me invade un olor a bollería casera. Ese olor que desprenden las películas vintage. Pierce está cocinando y tiene una tarta en el horno. Al más puro estilo campestre. Mi recibimiento es siempre un ritual de estilo y elegancia. Un gusto entrar en su Mansión, como la llamo yo cariñosamente. La mesa, perfectamente puesta; la vajilla blanca con flores grandes en tonos verdes y negros a conjunto con los vasos y las copas verdes; velas verdes con olor a pachulí que desprenden ese olor cálido e intenso.
Entre los dos ya habían preparado la comida. Un apetitoso surtido de verduras con humus y un pato con puré de calabaza, especialidad de Oliver. Lo aprendió de su abuela y siempre que puede le gusta sorprender a sus invitados. El vino, especialidad de Pierce, un syrah australiano de aromas afrutados.
Comemos, reímos y en los postres Oliver y Pierce me cuentan cómo diseñaron el nuevo salón. Pierce estuvo en China hace unas semanas y se trajo la seda que utilizó para forrar toda una pared detrás del diván. Precioso, detalles dorados y verdes que, en sintonía con el sofá beige, le dan un aire exótico y a la vez alegre a la estancia.
Pierce tiene buenos contactos y suele anticiparse a las tendencias. ¡Yo que ni siquiera sabría qué hacer con un trozo de seda! Él sabe perfectamente cómo sacarle partido y darle el máximo esplendor.
Tomamos el té en el comedor que está al lado del salón. Pierce trajo té negro auténtico que ha infusionado con especias y unas rodajas de jengibre fresco, dándole un sabor especial. Los tres sostenemos la taza al más puro estilo británico. El ambiente es de lo más agradable.
Читать дальше