Lorena Toda - Westend Street

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Westend Street: краткое содержание, описание и аннотация

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La rutina y la monotonía se han apoderado de los días de Elizabeth, pero su vida toma otro rumbo tras asistir a una función del famoso musical El fantasma de la ópera.
Con el apoyo de sus amigos, Elizabeth emprende una aventura para alcanzar su sueño de convertirse en Esmeralda y protagonizar su versión del espectáculo que ha cambiado por completo sus expectativas.
Westend Street se escenifica en el Londres contemporáneo y regala a los lectores, desde ambos lados de las bambalinas, una mirada fresca e imaginativa que los sumerge en el extraordinario mundo de los espectáculos musicales.
La primera novela de Lorena Toda, repleta de musas musicales, ambientes emblemáticos y rincones particulares de la siempre enigmática ciudad, es también un canto a la amistad, a la posibilidad de palpar lo extraordinario.

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Oliver siempre me pregunta por Ethan, nunca ha visto clara nuestra relación y cualquier excusa le vale para sacar el tema. Ya sabía que la pregunta estaba a punto de caer, pues aún no había sacado el tema.

—Elizabeth, estuve con Mery la semana pasada. Estuvimos comentando que hace tiempo que no nos vemos y mantenemos esas conversaciones ni esas risas.

—Es verdad, yo también las echo de menos.

—Estuvo contándome lo feliz que es y acabamos hablando de ti.

—¿De mí?

—Claro, cariño. ¿Qué va a ser de ti? ¿Cómo va con Ethan? No puedes estar toda tu vida complaciendo a un caradura. A alguien que no piensa en ti. Alguien que solo te quiere cuando te necesita y que no deja que puedas ser libre y hacer lo que quieras. Vives anclada a esa persona desde hace demasiados años.

—Hombre, Oliver, tampoco…

—Sí. Todos sabemos el tipo de personaje que es, no está por ti, y… te es infiel, Es un indisciplinado. Tú no te mereces esto, amor.

Cuando sale el tema me pongo algo tensa. Imagino que es algo que quisiera evitar y disimulo para no afrontarlo. Sé que en el fondo Oliver tiene razón, pero yo no puedo terminar con Ethan, no reúno el valor de hacerlo. Si encima acabo con Ethan, no me quedaría nadie. Sé que estoy sola, pero de vez en cuando saber que Ethan está ahí me reconforta en mi mundo. Todos mis amigos tienen sus vidas y yo, esperando a que algo pase, los años me consumen.

—Oliver, mi relación con Ethan es especial y ya sabes que lo tenemos hablado. Y solo fue infiel con una chica, y le perdoné. Ya hace tiempo de esto.

—Elizabeth, unas mil. Sabes de sobra que lo han visto flirtear con otras. El pasado verano se fue con un ligue al Caribe. El año pasado estuvo cuatro fines de semana sin aparecer. Entre semana sabemos que tira los tejos a la gente de la oficina. Elizabeth, tienes que ponerle fin a todo esto. ¡Por ti, por tu bien!

Pierce, que parece que no participaba de la conversación, se levanta, se sienta a mi lado y abrazándome me dice:

—Oliver y yo creemos que te sientes sola. Que te da miedo dejar a Ethan porque se enfadará, porque no quieres perder ese anclaje y porque crees que no tienes nada más alrededor. Eso no es así, Elizabeth. Eres una persona maravillosa. A la que te desprendas de Ethan verás todo lo que hay a tu alrededor. Serás libre, te liberarás y conocerás a otras personas. Te mereces otras oportunidades para ser feliz.

Sé que tienen razón. He pensado muchas veces en hacerlo, pero nunca he tenido ese coraje.

—Elizabeth, cariño, Oliver y yo queremos ayudarte a dar ese paso. Queremos que estés convencida de que eso es lo mejor para ti, y si lo estás y quieres tomar esa decisión puedes estar unos días en casa con nosotros. Ya sabes que nuestros trabajos nos permiten tener días libres.

Me cuesta verbalizarlo, pero esa especie de presión dulce que ambos ejercen en mí hace que acabe contándoles mi miedo. Mi miedo a estar sola, aunque en el fondo siempre estoy sola, mi miedo de que Ethan no viniese, cuando viene cuando quiere, mi miedo a decir que me acerco a los 35 sin pareja, miedo de tomar una decisión.

Pasamos del té al vino. Pierce viene con una botella de Château Haut-Marbuzet. Debe ser cara porque en esa casa no se bebe nada que esté por debajo de las 50 libras.

—Elizabeth, vamos a celebrar tu nueva vida, todo lo que te espera por delante.

Creo que han acabado de convencerme. La tarde va cayendo hasta que, ya oscuro, el reloj marca las 18:45. Oliver me acompaña a casa y ya en el coche me dice a modo de despedida:

—No esperes a mañana, ahora es un buen momento. El momento que tú buscas nunca llegará.

Esas palabras resuenan en mi cabeza y se van repitiendo, a modo de estribillo.

Llegó el momento

Cuando entro en mi casa, deben ser las 19:30, parezco hechizada. Subo a mi habitación, me siento en la cama y descuelgo el teléfono. Marco los cuatro primeros números del móvil de Ethan, pero cuelgo, no me atrevo. Me parece que quizá fuera demasiado frío, así que pienso que lo mejor sería decírselo a la cara. Hablar con él y no por teléfono.

Sin más, vuelvo a ponerme los zapatos, el abrigo y me voy a casa de Ethan. De camino, llego a pensar en dejarlo para el día siguiente, pero es verdad, nunca existe ese momento (el estribillo sigue invadiendo mi cabeza). Si lo dejo pasar, sé que no lo haría. Y así seguirían pasando los días, los meses e incluso los años.

No le mando ningún mensaje, como a él le gusta:

—Elizabeth, mándame un mensaje, un wasap por si he salido. Así sé que vienes y, en el caso de no estar, voy corriendo para casa —me dice siempre.

Sigo caminando a ritmo rápido y noto cómo el aire acaricia mi cara. Ethan vive a unos 35 minutos a pie de mi casa. Llego a su puerta, el corazón me late a mil. Sin más, subo las escaleras ensayando el discurso:

—Hola, Ethan, te sorprenderá que me acerque un domingo a estas horas, y sin decirte nada, así de sorpresa, pero llevo tiempo dándole vueltas a esto. Creo que lo nuestro no tiene sentido. Yo no quiero ser una más, yo no…

Mi discurso queda interrumpido en el último peldaño. Justo delante de la puerta entreabierta, una mujer de espaldas con un vaquero y una camiseta está besando a Ethan, y él, con el torso desnudo, sujetándola. Mi primer pensamiento es que me he equivocado de apartamento, pero leo en el rellano «Segundo A». No me hace falta decir nada, vuelvo a bajar. No me han visto.

Ya en la calle, en la esquina cojo un papel y un lápiz y escribo:

Ethan, gracias por regalarme mi nueva vida. Dejo atrás lo viejo, el pasado entre el que te encuentras tú, para dar la bienvenida a mi nueva vida, de la que ya no formas parte.

Elizabeth

Así ha sido, sin más, sin despedirnos. Sin numeritos de película al estilo Hollywood. Sorprendentemente me quedo tranquila. Como si me hubiesen masajeado en un spa, como si después de un día de calor te das una inmersión en esa bañera fría, o como esa sensación de terminar una clase de baile y quitarte las puntas, y llegas a casa para ponerte cómoda.

Dejo esa nota en el buzón del 2º A y regreso a casa.

Ando más lenta, fijándome en cada calle, en cada esquina, en cada persona con la que me cruzo.

Justo al llegar, y antes de ponerme cómoda, me estiro en el sofá y mando un wasap a Oliver:

Gracias por el maravilloso día que hemos pasado juntos. Mañana es el primer día de mi nueva vida. Ethan ya forma parte del pasado.

Me quedo dormida en el sofá.

Son las 5:00 cuando la luz entra por la ventana de la cocina y me despierta. Veo el teléfono encima y la ropa que había llevado el domingo. Parece que quedara lejos pero solo han pasado unas horas. Me voy a mi habitación, me quito la ropa y pongo el despertador a las 6:30, aún puedo arañar alguna hora más de sueño.

Estoy nerviosa

Querida Elizabeth. Pierce y yo queremos celebrar contigo esta nueva etapa. Queremos invitarte al teatro. Para celebrar los tres juntos esta nueva vida. Te vemos en el Majesty´s Theatre, 19:30.

Hoy debería ser un lunes cualquiera, un lunes de los que no cabe ni una aguja en el tren. Un lunes donde hay que volver a poner la rueda a funcionar. Incluso se percibe en la calefacción del edificio donde trabajo. Hasta media mañana no notas una buena temperatura. De hecho, los lunes son los días que aprovecho para ponerme los jerséis de cuello alto y las americanas más gruesas que tengo en el armario, así no paso frío en la oficina.

Tengo un par de teleconferencias agendadas con Singapur y tengo que prepararme la reunión de esta semana antes de Navidad, cuando se paraliza casi todo.

Es lunes, el último lunes antes de las fiestas, y se me ha pasado volando. Huele a Navidad. En la oficina muchos aprovechan para irse una semana antes a ver a su familia y suelen quedarse hasta Año Nuevo para regresar el día 2 al trabajo. Anne, Greta y Josh se despidieron el viernes pasado. Los socios tampoco están y Lucía y Fernando ya han volado a España. Los clientes se despiden hasta el año que viene y van llegando felicitaciones que vamos colgando del árbol de la entrada.

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