El último eslabón que le queda a la persona por completar (y que muy pocos completan adecuadamente) es el de su identidad. Una vez establecido el sistema de creencias y valores, o lo que es igual, habiendo marcado los límites de su mapa del mundo, sólo le queda responderse a las preguntas: ¿quién soy yo?, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿qué hago en este mundo?, ¿de dónde vengo, adónde voy? Todo lo vivido desde la infancia aflorará para encontrar la respuesta. Las relaciones con sus padres, hermanos, sus experiencias escolares, amorosas, de amistad, sus éxitos y fracasos, sus abandonos y triunfos, sus aspiraciones, ilusiones y frustraciones, todo se presentará ante él para encontrar la clave. Esas cuatro cuestiones trascendentales, casi siempre, se presentan en nuestro interior de forma inconsciente, como una leve insinuación o inquietud, y es necesario que las llevemos al plano consciente para poder reflexionar sobre ellas y darles respuesta. La mayoría de las personas silencian las preguntas o se limitan a hacer un inventario de sus recuerdos concluyendo que son eso, la suma de los mismos. Si la vida les ha sonreído, afirmarán ser una «persona excepcional», si les ha ido mal, concluirán que son «un desastre». Pero todas y cada una de esas conclusiones son falsas, ya que nadie es la suma o la resta de lo que hizo o dejó de hacer. No somos nuestras conductas, realizamos conductas. El concepto que surge de uno mismo tras estas operaciones de adición o sustracción está vacío de contenido. Sólo conduce a una imagen de uno mismo completamente ficticia y engañosa.
Entonces, ¿cómo se puede salir del atolladero?, se preguntará más de uno.
Lo que sin duda necesita esa persona es saber qué hacer y cómo hacerlo para restablecer un concepto real de sí misma, ya que el que tiene es completamente subjetivo y repleto de distorsiones, eliminaciones y generalizaciones absurdas y ridículas sobre ella y sobre lo que la rodea. Ha construido un mapa mental de cómo cree que es mundo y de cómo es ella, pero ciertamente todo es un retrato deteriorado y viciado, en definitiva, una imagen falsa de uno mismo y del propio universo.
Cuando una personalidad está deformada y asentada, da como consecuencia una baja autoestima. A tal sujeto le ha resultado mucho más cómodo responderse a los «¿por qué?» con creencias estúpidas, que buscar los «cómo» para salir de la situación emocional en la que se encuentra sumergido. Él mismo se ha montado su propia trampa. Ahora hay que salir. Pero ¿por dónde empezar? Muy sencillo: «Empecemos por el principio, sigamos después y cuando lleguemos al final, paramos».
Bien, pues el principio es, ni más ni menos, que tomar conciencia de los valores que como todo ser humano tienes, y también tener una alta dosis de sinceridad y respeto a ti mismo para reconocer las excusas y autojustificaciones que te das para no hacer lo que tienes que hacer. En consecuencia, podemos decir que la autoestima se sustenta sobre dos pilares básicos que resultan indispensables e inseparables, los valores personales y el respeto a uno mismo. ¡Eres valioso, reconócete, respétate, actúa!
Quien es auténtico, asume la responsabilidad
por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es.
Jean Paul Sastre
Despertar a la conciencia
El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir,
sino en saber para qué se vive.
Fiódor Dostoievski
Como cada mañana, desde hacía ya muchos años, a la hora del almuerzo, Nico se asomó a la ventana de su despacho mientras engullía el frío sándwich de su comida. A lo lejos, el perfil de las azuladas montañas le marcaba el horizonte. Día tras día veía el mismo paisaje y nunca le había llamado la atención, sin embargo, hoy, el día de su cumpleaños algo dentro de él se agitaba.
«Sería hermoso coronar la cima de aquella montaña y sentir el mundo a mis pies —pensó para sus adentros—. Aunque creo que nunca seré capaz de ir más allá de estas cuatro paredes. Los retos son para los intrépidos, yo no puedo, fracasaría en el intento. Antes, era otra cosa, pero ahora con la familia, el trabajo, la hipoteca, el crédito del coche… Son muchas las obligaciones que me tienen atado para lanzarme a una aventura como ésa».
Aquel pensamiento lo sumió en un profundo estado de tristeza y añoranza. Ahora se daba cuenta de que echaba de menos su época de juventud, cuando se veía en lo más alto brillando con luz propia, aquella edad en la que ningún obstáculo era lo suficientemente grande para detenerlo. Había luchado duro, pero ya se veía sin fuerzas, y lo que era peor, no se valoraba.
«¿Qué ha pasado? ¿Qué me ha ocurrido para llegar a este conformismo y pasividad que me domina? —Y él mismo se convencía—: Y si fracaso…, son tantas las responsabilidades contraídas que no debo pensar en retos».
Y una vez más, como en ocasiones anteriores, aunque él no las recordara, volvió a abstraerse en la monotonía del empleo olvidando como hasta entonces las inquietudes. Y como un hombre gris más, en un mundo de hombres grises, reanudó su autómata actividad. Sentado en su mesa ante el ordenador se dispuso rutinariamente a bajar el correo.
Entre las docenas de spam, un correo electrónico llamó su atención, sin asunto, sin remitente, pero dirigido personalmente a él, decía:
Gota de Felicidad para este día: cualquier cosa que quieras hacer o soñar, puedes empezarla. El valor encierra en sí mismo genio, fuerza y magia.
«Publicidad, sólo publicidad, cuánto correo basura», pensó, y eliminó el mensaje.
Al día siguiente, como pieza encajada en el sistema sin capacidad de iniciativa, a las siete cincuenta y siete introducía su tarjeta en el reloj perforador, y de nuevo una jornada de ocho monótonas horas. Al final de la tarde, cansado y mientras se colocaba la chaqueta dispuesto a regresar a su casa, se asomó una vez más a la ventana. Allí, ante él, con aspecto desafiante y provocativo, se erguían como siempre las lejanas cumbres.
«¿Acaso no seré capaz algún día de escalar a esas montañas y alcanzar la cumbre?», se dijo de nuevo. Pero ahí quedó todo.
Al llegar a su piso y abrir el buzón encontró entre los envíos de bancos y demás folletos de supermercados un sobre sin remitente. A abrirlo, en una cuartilla mal cortada y con escritura borrosa, leyó:
Si crees que puedes, o si crees que no puedes, estás en lo cierto.
Era como si un consejero fantasma escuchara sus pensamientos y lo aconsejara. Pero, sin hacer caso y como el resto de los envíos, el papel fue a parar al bote de la basura.
Aquella noche el sueño no le proporcionó el descanso preciso. Ojeroso y vacilante se dirigió a la ducha, y bajo el chorro de agua dejó que sus inquietudes se fueran con la espuma por el desagüe. Al ponerse ante el espejo y ver la turbia y deformada imagen de su rostro se sobresaltó: creyó estar frente a un espectro. Como si de una película se tratase, comenzó a recordar toda su vida: proyectos, ilusiones, fracasos, pérdidas, encuentros, partidas… ¿Qué le quedaba de todo aquello? ¿Dónde habían ido los sueños? ¿Dónde estaba ese valioso joven que un día creía ser?
Y de nuevo, aquel estado de tristeza y de añoranza se apoderó de él.
No podía seguir así. Se sentía confundido, desmotivado, apático, sin autoestima e insatisfecho con todo lo que le rodeaba, aquello que con tanto esfuerzo había conseguido y le costaba mantener. Entonces, como si una voz le susurrara al oído, le fueron emergiendo algunas preguntas:
¿Cuál es el problema específicamente?
¿Qué ves, oyes, te dices y sientes para saber que eso es un problema?
¿Qué tiene eso de grande, de importante, de infranqueable?
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