Hoy en día llamamos amor a cualquier cosa: el sentimentalismo, el servirse de los demás para los propios fines, etc. El modo de amar de Cristo es distinto, porque sucede en el ámbito del sufrimiento, de la entrega de la vida, que no deja de ser alegre: es más, no hay vida más alegre, más feliz e incluso más amable humanamente que vivir con Cristo.
Esto disgusta, sobre todo, a los poderosos. Basta fijarse en la historia de la Iglesia y de la vivencia de la fe a través de estos dos mil años. Ha sido constante el choque de la debilidad cristiana con el poder humano: emperadores, reyes, sabios, ideologías, sistemas, estados. No es fácil seguir a Cristo. No lo fue durante su paso por la tierra, ni en la comunidad primitiva, ni a lo largo de los siglos, ni ahora lo es. Así lo anunció Simeón a María: «Este ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel»[10]. Cristo advirtió que no había venido a la tierra a traer la paz, sino la división. Y puso como condición del discipulado la aceptación amorosa de la cruz: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará»[11].
No ha venido Jesús a quitarnos problemas, enfermedades o muertes. No ha venido a solucionarnos las cosas. No quiere que lo tomemos por un mago que hace que todo en nuestra vida vaya fenomenal.
Él ha venido a traer a Dios a tu corazón.
Ha venido a que la gracia, que es la presencia de Dios, more en cada uno.
Todo lo importante comienza con sufrimiento y dolor. Cuando te enamoras, al principio sufres un poco, o quizá mucho: ¿Me querrá? ¿Podremos estar juntos el resto de nuestra vida y ser felices? El amor, al principio, siempre pide que arriesgues. Cuando construyes una familia, hay una gran dosis de sufrimiento y superación: la casa, los hijos, el colegio, el equilibrio con el dinero. Cuando montas una empresa, hay riesgo de que fracase, porque es emprender una aventura y las aventuras pueden fracasar. Pero no en este caso. Con Cristo no cabe el fracaso.
Sólo el sufrimiento sufrido por amor dignifica al hombre y lo hace más humano.
Mira a los mártires. No les importaba perder todas sus seguridades. Entendían que lo primero y más importante era Cristo. Comprendían que era tan maravilloso haber descubierto a esta persona tan excepcional que todo lo demás era basura, algo muy secundario.
Te pregunto: ¿y si por Cristo tienes que perder a tus hijos, tu trabajo, tu salud o tus amigos? Piénsalo, porque seguro que muchas veces has tenido que decidir entre Cristo y tus intereses.
Y has elegido a Cristo en muchas ocasiones. O, como le sucedió a Simón Pedro, te ha dado miedo y has sido cobarde.
Si es así, estamos a tiempo de rectificar y ser valientes.
Cristo es el camino de la verdadera felicidad.
[1]Ex. Apost. Christus vivit, 1.
[2]Mt 10, 17-18.
[3]Mt 10, 19-20.
[4]Gal 3, 26-28.
[5]Jn 8, 58.
[6]1 Co 15, 14.
[7]1 Co 15, 32.
[8]Fil 3, 7-8.
[9]Jn 13, 34-35.
[10]Lc 2, 34.
[11]Mt 16, 24.
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