Porque por el Bautismo se nos regaló esa misma gracia, esa energía que devolvió la vida al cuerpo muerto de Cristo.
Es una realidad que ya está en nosotros y nos transforma radicalmente, nos posibilita la conversión en otro Cristo. Sí, gracias a este don puedes percibir que eres amado del Padre, y que los seres humanos son tus hermanos.
Cristo nos muestra con su vida y con su muerte, como también lo hacen los mártires, que sin sufrimiento no puede regalar la vida, y que la cruz solo tiene valor cuando es expresión de amor.
Hay un elemento común a la humanidad, que está presente en todas las culturas y en todos los tiempos: queremos evitar el mal, el sufrimiento, la muerte, la enfermedad, el abandono, el fracaso, todo aquello que consideramos una maldición. Pero Cristo transforma esa maldición, pues su resurrección ha abierto un nuevo camino, ya que desde que salió del sepulcro el sufrimiento se ha convertido en ocasión de amor, en camino de crecimiento.
Ese sufrimiento nos ayuda a identificarnos con Cristo y solo tiene sentido por amor. De lo contrario, puede convertirse en masoquismo, autocomplacencia, estoicismo, perfeccionismo o competitividad. Piensa, por ejemplo, en tanta gente que padece toda clase de incomodidades por lograr un cuerpo vigoroso, privándose de manjares o haciendo ejercicio físico a todas horas. Es bueno que te preguntes cuál es la razón de tu sufrimiento: si sufres por los demás, o más bien por ti. Porque tus hijos no son como esperabas, porque no te sientes correspondido, porque mucha gente te deja de lado, los amigos no son leales...
Estás llamado a sufrir, pero no de cualquier manera, sino purificando tu sufrimiento y convirtiéndolo en amor. Y esto es lo que hace el Nazareno. Pues solo Él es capaz de dar un sentido trascendente a tu vida, de forma que no te quedes anclado en las cosas de la tierra, sino que te eleves hacia las del cielo. Tu vida no es vulgar, no es indiferente o de poco valor. Es eterna, porque has empezado a existir y ya nunca dejarás de hacerlo. No terminarás nunca porque, aunque concluya la vida biológica, después viene la eterna, que ya puede comenzar en tu corazón mientras caminas por la tierra.
Jesús de Nazaret, además, te concede la verdadera libertad: no eres un esclavo de tus instintos y placeres, incapaz de frenar la pasión una vez que esta se enciende. Eres libre para gozar y para sufrir, y para tomar decisiones que vayan configurando tu personalidad. Esa libertad te hace capaz de aceptar la vida como viene, darle un nuevo sentido y unirte más a Dios y a los demás.
Otro aspecto decisivo es que Cristo te muestra la belleza, como un experto joyero muestra su obra maestra. No solo señala el cosmos, el orden del universo, sino que ante todo señala la propia alma humana. Esta posee una belleza que palidece cuando la persona se busca a sí misma (autoayuda, autosuperación, voluntarismo), y brilla con un fulgor maravilloso cuando ama a Dios y a los hombres.
Es la belleza del amor.
Si Cristo no hubiera resucitado, lo que acabo de contarte sería sólo una ideología moralista. Fíjate que con frecuencia podemos caer en la tentación de vivir la religión como un ideario más de los que han surgido a lo largo de la historia: «hay que ser bueno para ir al cielo», «hay que superarse», «hay que luchar con las propias fuerzas», «hay que cumplir, y dar la talla»... Esto es muy peligroso, porque para todo eso no te hace falta Cristo. Si sólo quieres ser buena persona, he de decirte que hay mucha gente que vive sin Cristo, que no le conoce o le rechaza, y que es muy buena.
Incluso más buena que tú.
Te invito a que mires en tu interior, hagas un examen serio y trates de comprender qué te aporta Cristo. No estás llamado a ser bueno: estás llamado a ser santo, que no es otra cosa que consentir que Jesús suceda en lo profundo de ti.
Cuando voy a los hospitales a visitar a algún enfermo y veo en la cama contigua a alguien sin fe, que vive su enfermedad con resignación y entereza pero con un fondo de tristeza y oscuridad, siento pena. Les falta Cristo, pues con Cristo, con su compañía, todo cambia.
Insisto, ser creyente no es ser bueno, resignarse y pasar por la vida sin hacer ruido, de puntillas. La fe, ese don que te hace Dios, da un sentido transcendente a todo lo que haces. Te concede la libertad interior para transformar el dolor en amor, para entregarte sin quejarte, para sacrificarte con una sonrisa. Así tu vida, con tus alegrías y tus penas, se convierte en una aventura preciosa, llena de belleza y amor.
Nuestra relación con Dios nos enriquece, nos hace más valiosos. Santa Catalina de Siena comparaba la Trinidad con un mar profundo en el que, cuanto más buscaba, más encontraba. Y cuanto más encontraba, más buscaba. Cristo es un océano, un cosmos por descubrir. Nunca podrás decir que ya lo has experimentado todo con Él, porque siempre podrás profundizar más. Él ha resucitado, lo hace todo nuevo, te muestra su intimidad y es capaz de saciar todos tus anhelos.
No es indiferente que Cristo haya resucitado, porque ese es el quicio del cristianismo. San Pablo decía que «si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe»[6]. Pero nuestra sociedad parece impermeable a este anuncio, ya que trata de acallar el sentido de eternidad que hay en lo más profundo del ser humano y nos invita al disfrute de los placeres mundanos: «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos que mañana moriremos»[7]. Es lo que muchas veces hacen los jóvenes cuando salen por ahí, poniéndose hasta arriba de copas, viviendo la sexualidad sin freno alguno, derrochando para tener muchas cosas y presumir. ¡Cuántas fuerzas gastadas inútilmente!
Nadie es feliz actuando de esta forma, porque así no se llena el corazón, no se encuentra sentido a la vida. Es poco, muy poco. Son migajas, anestesia, nada que se acerque ni remotamente a la felicidad. Puede servir para pasarlo bien un rato, pero no para hacer feliz a las personas.
La propuesta de Cristo supone permitir que Dios suceda dentro de cada uno, con toda la fuerza de su resurrección. San Pablo era muy gráfico: «Sin embargo, cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas, y las considero basura con tal de ganar a Cristo»[8].
Pablo era ciudadano romano y había estudiado filosofía clásica. Por si fuera poco, era fariseo, un estudioso de la Ley, y su familia tenía en Tarso una buena posición social. Disponía de muchos recursos. Pero el encuentro con Cristo colocó estas realidades en su verdadera dimensión: todo lo estimaba basura, porque era consciente de que se había encontrado con lo mejor.
La gran aportación de Cristo a la humanidad no consiste en una ética correcta, ni en una liturgia —que es ciertamente bella—, ni tampoco en unas definiciones complejas sobre Dios. Eso solo son manifestaciones, signos exteriores de algo interior. Porque eres amado de Dios, Cristo pone en tu corazón la divinidad y hace que el cielo suceda en la tierra, que lo eterno esté en lo temporal, que el poder divino descanse en la debilidad humana.
El encuentro con Cristo provoca una transformación absoluta de tu ser. Pasas de lo puramente natural a lo sobrenatural, de vivir a ras de tierra a volar hasta las alturas. Solo así podremos entender el camino de las Bienaventuranzas, que son como un retrato de Cristo con el que estamos llamados a configurarnos.
Puede suceder que pienses: «Pero todo esto es de locos, no tiene ni pies ni cabeza...». Humanamente hablando, sí es de locos, y tiene pocos pies y menos cabeza. Pero ahí aparece el milagro del amor de Dios, que una vez haya empapado todo nuestro ser, transforma lo que somos y hacemos: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros»[9]. Jesucristo, con su entrega en la cruz, introduce un nuevo modo de amar.
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