Karina Sacerdote - Monoblock

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Solo existe la muerte en este mundo aparte, una realidad insospechada al otro lado de las murallas que forman los monoblock. Es tu decisión adentrarte por el pasaje en tinieblas que bordea la canchita y los edificios bajos. Estás a tiempo de regalarle este libro a un amigo que no tenga problemas para dormir.
Mi advertencia no es ingenua. Leí el primer manuscrito hace unos años, cuando conocía a Karina Sacerdote por su poesía y sus eventuales —inolvidables— cuentos. Pero nada me preparó para los personajes fatales que gravitan en la vida de Germán y Marianela: el Polaquito y el Bola Flores. ¿Sabés lo que le hace a un pobre gato el Polaco para descargar la bronca? Qué no le haría a su peor enemigo.
Esta novela no recorre un túnel del horror con monstruos mecánicos, es una historia vívida de movilidad social descendente. Germán te lleva de la mano en su regreso obligado al barrio y es un recordatorio. En épocas de precarización quién está exento de caer en picada.
El edificio 69 muestra sus tripas de hormigón en el sexto piso para siempre inconcluso. Desde ese vértigo de columnas sin paredes Germán mira abajo, hacia el vacío, los jardines que nunca llegaron a ser jardines, cercados con una verja de fierros oxidados por el meo. Familias y amores y sueños de superación marchitos. Sabe que terminar en el barrio sería como no haber vivido, por eso ni siquiera lo ilusiona un futuro mejor, se conforma con no morir en los monoblock. No por ahora, no mientras leas estas páginas.
Luis Cattenazzi

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—Todo bien, Polaco, no te persigás. —Javier nunca hablaba, pero era el único que amortiguaba los arranques de su hermano—. Hoy a la noche nos juntamos en el sexto y hacemos fumata.

El sexto y la muerte

Germán sintió hambre. En el comedor, la puerta del balcón estaba semiabierta. Un viento suave hacía que las cortinas, pesadas por la mugre, se moviesen apenas. Fue hasta la cocina y abrió la heladera, había vuelto la luz. La puerta tenía una chorrera de algún líquido oscuro ya seco. Había solo una damajuana por la mitad, dos salchichas en un plato con restos de puré de papas y un pedazo de queso mantecoso. Agarró una salchicha y la mordió. Tenía un gusto asqueroso, rancio. La escupió en la mano y la tiró en la pileta. Agarró un vaso y lo enjuagó. Se sirvió agua de la canilla y tomó hasta el fondo.

La cortina del comedor ahora estaba quieta, lo que avivaba su color ocre y deprimente. Salió al balcón. Serán las seis de la tarde, pensó. Unos nenes jugaban a la pelota en la canchita de la plazoleta en donde tantas veces había jugado él de chico, en donde tantas veces había estado con la banda, planeando algo, tomando cervezas, fumando, hasta que se volvieron más pesados y el fútbol dejó de divertirlos. Enfrente, a su izquierda y pasando la canchita, se veía un nudo de edificios bajos, nido de los boliguayos. Uno de los tantos nudos-nido desperdigados por toda la extensión de los monoblock. Miró hacia la derecha: los edificios 69 y 70 se extendían, pegados como siameses, hasta la playa de estacionamiento, que llegaba a la avenida. Al final, bien lejos, en el primer piso, frente a la cancha, como si fuese un palco, el balcón de Marianela se distinguía en ángulo cerrado. Ya no tenía plantas. Algo peludo y claro resaltaba tras los cuadritos del enrejado de la baranda: un perro o un gato echado al débil sol de la tarde. Lo miró por largo rato, pensó en que quizás Nela se asomaría. La idea de que todavía viviera ahí lo perturbó. Es imposible, ella tenía futuro. Miró para otro lado.

Recorrió los pisos del 69, uno a uno: en la planta baja, el balcón del óptico que había logrado hacer crecer un rosal en medio de eso que nunca sería un jardín y que se terminó secando con el meo nocturno de toda la barra. En el tercero, el de los Pompino, la familia del boxeador que tenía cinco hijas y seguía buscando al pibe. Recordó cuando la mujer salía al balcón pidiendo ayuda porque el marido se ponía violento y los vecinos, los que fisgoneaban desde sus balcones, se hacían los boludos y se metían adentro. Fijó la vista en el sexto piso. Un cementado que había quedado sin construir. Veinte años, y seguía igual. Departamentos abajo, arriba. Y en el medio, un piso vacío, un esqueleto de columnas y vigas que soportaba el resto del edificio. Se acordó de que para poder entrar había que saltar desde el descanso de las escaleras del séptimo y pasar por una abertura de la pared. Al gordo Flavio siempre le costaba un poco pasar por ahí.

Lo recordaba perfectamente, el sexto siempre le había provocado escozor. Tenía la amplitud de los cuatro departamentos que había en cada piso pero sin paredes ni puertas. Solo un cuadrado de ladrillos en el centro, con un agujero de unos dos metros de alto que permitía meterse adentro y esconderse.

Germán nunca se había acercado demasiado a los bordes del sexto. Le daba vértigo la altura, el viento que se arremolinaba en ese piso desprotegido. Abajo, hacia el vacío, los jardines que nunca llegaron a ser jardines, bordeados por una verja de fierros oxidados. Siempre pensó que morir en un jardín así sería de lo más deshonroso. Morir en el barrio sería como no haber vivido nunca, ser tan nada como los departamentos que nunca se construyeron en el sexto.

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