Rafael Narbona - Peregrinos del absoluto

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La mística parece un asunto del pasado, pero sigue ejerciendo una poderosa fascinación. Juan de la Cruz, Blake y Simone Weil suscitan admiración y asombro, pues su experiencia vital excede los límites establecidos por el pensamiento científico.Sus vivencias místicas podrían ser despachadas como simples fantasías o embustes, pero lo cierto es que transformaron sus vidas, actuando como punto de partida de una existencia particularmente fructífera. De orígenes judíos y escéptica en materia religiosa, Edith Stein decide convertirse al catolicismo tras una lectura febril del Libro de la vida de Teresa de Jesús. «Quién busca la verdad», escribe Stein, «busca a Dios, sea o no consciente de ello».No obstante, no todos los místicos creen en Dios. Bataille describe la experiencia religiosa como un éxtasis donde trascendemos nuestra dimensión individual, sumergiéndonos en la corriente del ser. Nihilista furibundo, Cioran exalta la Nada como liberación mística de una conciencia atormentada por el sentimiento de finitud. El místico siempre es un artista, un creador. Su voz nos permite ir más allá, revelándonos continentes que la razón no puede atisbar.

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La experiencia mística de Teresa de Jesús es una tensión inacabable, un movimiento que nunca se interrumpe, un viaje interminable, pues su destino último es Dios, una realidad infinita. Juan Martín Velasco explica ese progreso sin fin con el término epéxtasis, utilizado por Gregorio de Nisa para describir las experiencias místicas de san Pablo, que confiesa haber olvidado lo que dejó atrás, «lanzándome (epecteinomenos) a lo que queda por delante». Las reliquias de la reformadora del Carmelo soportaron las mismas extravagancias que las de Voltaire. Después de la autopsia, uno se queda con el cerebro del filósofo; otro, con el corazón. El París de 1791 reclama un brazo. De un modo similar, los restos de Teresa de Jesús se repartieron entre Alba de Tormes, Ávila, Ronda, Roma, Santiago de Compostela, Sevilla, Toledo, Cádiz, Puebla de Zaragoza (México) o París, no sin sufrir toda clase de peripecias. La mística teresiana nos dejó reliquias, pero, sobre todo, nos legó una invitación a la felicidad. La sed de Dios nunca se calma cuando se ha comprendido que el alma, infinita en su devenir, solo se contenta con la perspectiva del encuentro real con Dios, infinito en acto. La mística teresiana constituye el umbral de una vida nueva. Se discute sobre la naturaleza de las visiones, sin mencionar que el contacto con lo sobrenatural diviniza al ser humano salvándolo de la angustia y la soledad. Como apunta Pablo de Tarso en la Carta a los gálatas: «Vivo yo; mas no yo, es Cristo quien vive en mí». La unión perpetua con Dios en la alegría no es una sucesión de iluminaciones discontinuas, sino una continuidad que impregna toda la existencia, incluso en sus aspectos más insignificantes. La unión con Dios no separa del mundo; por el contrario, permite comprender toda su belleza y apreciar la importancia de cada forma individual. La resurrección de la carne no es una extravagancia, sino el reconocimiento de la trascendencia de todo lo que irrumpe en la existencia. La mirada de Dios no es el panóptico de Jeremy Bentham, sino una expresión de amor comprometida con la preservación de todo lo que vive. El místico descubre este hecho, auténticamente milagroso, y por eso rebosa gozo y alegría. La biología no es una objeción contra Dios, sino la evidencia de su poder creador, como advirtió fray Luis de Granada.

Teresa de Jesús escribía de rodillas en su celda, un espacio parco, frugal, con un pequeño reclinatorio. Su mano corría a una velocidad vertiginosa. Se ha hablado de sencillez, pureza, espontaneidad y elegancia, pero también de rudeza, casticismo y «estilo ermitaño» (Menéndez Pidal), humilde y deliberadamente descuidado. Se ha dicho que su prosa refleja el lenguaje familiar de la Castilla de la segunda mitad del siglo XVI. Azorín aborda su estilo desde una perspectiva noventayochista: «todo en esas páginas, sin formas del mundo exterior, sin color, sin exterioridades, todo puro, denso, escueto, es de un dramatismo, de un interés, de una ansiedad trágicos». Eugenio d’Ors añade un matiz importante: «Como Quevedo, como Fernando de Rojas, como Góngora, da la impresión de estar creando en cada momento el lenguaje en que se expresa». Esa fecunda dimensión creadora es un aspecto inherente a la experiencia mística, pues se empuja el idioma hasta sus límites para reflejar la misteriosa vivencia de lo infinito, de lo que solo es accesible a «los ojos del alma».

Teresa de Jesús habla de tres estados místicos. El primero es la oración mental, también llamada «de quietud o recogimiento»: «Llámase recogimiento porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios». La oración mental conlleva rezar con el entendimiento. Teresa de Jesús repite en muchas ocasiones que su entendimiento es pobre y que por eso recurre a los libros o reflexiona sobre los pasos de la vida de Jesús. El segundo grado de la oración o mística —la oración siempre es mística, pues se dirige a lo que excede lo manifiesto y patente— es la contemplación intuitiva, en la que el alma experimenta el encuentro con Dios sin haber hecho nada que explique o justifique ese don. Teresa de Jesús describe su primer éxtasis, acaecido en 1558, cuando tenía cuarenta y tres años, como «un ímpetu tan acelerado y fuerte, [como cuando] veis y sentís levantarse esta nube o esta águila caudalosa y cogeros con sus alas» (Vida, XX, 3). El tercer y último estado es el matrimonio espiritual. Teresa de Jesús no lo menciona en el Libro de la vida, pues solo lo conocerá años más tarde, en concreto en 1572, cuando Juan de la Cruz le dio la comunión partiendo en dos la hostia, a pesar de que conocía su aprecio por las formas grandes: «Díjome Su Majestad: “No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de mí”, dándome a entender que no importaba. Entonces, representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y diome su mano derecha, y díjome: “Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy; hasta ahora no lo había merecido; de aquí adelante, no solo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra; sino, como verdadera esposa mía, mi honra es tuya, y la tuya mía» (Cuentas de conciencia, 25). Para los grandes místicos españoles, las visiones, levitaciones, vuelos o arrobamientos son fenómenos secundarios, accidentales. Desconfían de ellos como desconfían de la mortificación física. La esencia de la mística es la unión con Dios mediante la oración.

El matrimonio espiritual representa la unión permanente del alma con la Trinidad, que acontece «en lo muy interior del alma». Teresa de Jesús se debate con las palabras para hallar una imagen adecuada a ese estado y solo encuentra un símil: la llama de dos velas —el alma y Dios— fundidas: «el pábilo y la luz y la cera es todo uno» (Moradas, VII, 2). Se trata de una unión asimétrica entre algo humilde —el alma— y la perfección de Dios, Creador del Universo y Señor del Tiempo y de la Historia. En esa unión desigual la vida activa y la vida contemplativa se hallan perfectamente concertadas, como dos alas que se impulsan al unísono: «Marta [la vida activa] y María [la vida contemplativa] han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerlo siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje, no le dando de comer. ¿Cómo se lo diera María, sentada siempre a los pies, si su hermana no lo ayudara?» (Moradas, VII, 4). En su Historia de la literatura española, Gerald Brenan apunta con un símil afortunado que los libros de Teresa de Jesús «causan una impresión de gran blancura, la blancura de las paredes encaladas de las mesas encaladas y de las mesas fregoteadas, la blancura del polvo, la blancura de los cantos granito de los montes abulenses, la cegadora blancura del sol español».

Blanca de los Ríos considera que Teresa de Jesús, lejos de limitarse a reproducir el lenguaje coloquial de las personas instruidas de ciudades como Segovia, Ávila, Córdoba o Salamanca, aportó al castellano la forma y el genio de una verdadera literatura nacional: «Su decir está pegado a las entrañas étnicas, al concepto de nuestra nacionalidad; su fusión de misticismo y realismo fue la causa eficiente de nuestro gran arte nacional (el de Cervantes y el de Tirso de Molina); ella inspiró a los que lo crearon y sigue inspirando a los que lo resucitan; ella es para nosotros devoción y bandera». Pocas veces ha llegado tan lejos el lenguaje místico. El místico no escribe teología; habla de su encuentro con Dios. No evoca algo abstracto; relata una vivencia. Teresa de Jesús demanda «nuevas palabras» para explicar sus éxtasis. Es cierto que no inventa vocablos, pero transforma los existentes en palabra ardiente, sincera e incisiva, con el pálpito de lo sobrenatural. Quizá por eso escribió Miguel de Unamuno: «Otros pueblos nos han dejado sobre todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier Crítica de la razón pura».

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