Serguéi Dovlátov - La maleta

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El libro más celebrado de Serguéi Dovlátov se recrea en el escaso contenido de la maleta que lo acompañó en su exilio.Cada uno de los inútiles objetos que constituyeron su único patrimonio nos conduce a un lugar memorable de su biografía. Mago del estilo, Dovlátov entrega aquí lo más parecido a un canon de su escritura. Preciso, despojado e irónico, el resultado es un recorrido personalísimo por algunos avatares de su vida, tanto como un índice tragicómico del tejido espiritual, social y político de la URSS. La engañosa liviandad de su prosa, su disposición para reírse de sí mismo y su extraordinaria capacidad para el retrato humano han convertido a Serguéi Dovlátov en uno de los grandes maestros de las letras rusas de la segunda mitad del siglo xx. Dovlátov no solo es el escritor más popular del último cuarto de siglo en Rusia, también es el autor de algunas de las mejores páginas que ha dado el siglo XX. The Guardian Tu voz es profundamente auténtica y universal. Tenemos suerte de tenerte con nosotros. Tienes grandes dones que ofrecer a este loco país. Kurt Vonnegut Sus relatos y novelas están teñidos de un escepticismo irónico en el que emerge la absurdidad humorística de la vida, y de un estoico acatamiento de esa fuerza ajena llamada destino. Marta Rebón,
El País

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—Piastras, coronas, dólares —repetía—. Francos, yenes…

Al rato se tranquilizó súbitamente, sacó una libreta de notas y un rotulador. Hizo unos cálculos.

—Exactamente, setecientos veinte pares. Los finlandeses son gente honrada. Eso explica que sean un país tan poco desarrollado…

—Multiplícalo por tres —le dijo Fred.

—¿Cómo que por tres?

—Si los vendemos al por mayor, los calcetines saldrán por tres rublos. Queda­rán, limpios, mil quinientos, descontando gastos.

—Mil setecientos veintiocho rublos —precisó Rímar al instante.

En su caso, la locura coexistía con un notable sentido práctico.

—Quinientos y pico por persona —añadió Fred.

—Quinientos setenta y seis —precisó Rímar de nuevo…

Más tarde, Fred y yo fuimos a una shashlíchnaya2. El mantel en la mesa estaba pega­joso. En el aire flotaba una nube de grasa. La gente pasaba a nuestro lado como peces en un acuario.

Fred parecía distraído, melancólico.

—¡Tanto dinero en cinco minutos! —dije, por decir algo.

—Así es la cosa —replicó—. Pero luego te toca esperar por lo menos cuarenta minutos para que te sirvan unos cheburek3… Hechos con margarina, ya sabes.

—¿Para qué me necesitas? —se me ocurrió preguntar.

—No confío en Rímar. Y no porque lo vea capaz de robar a un cliente. Eso nunca debe excluirse. Y tampoco porque lo crea capaz de pagar a otro con valores fuera de circulación. Ni siquiera por su inclinación a manosear a la clientela. Es solo porque es un imbécil. ¿Y qué es lo que lleva a la ruina a los imbéciles? La atracción por lo bello. Eso es lo que siente Rímar: atracción por lo bello. A pesar de que, en virtud de las leyes de la historia, haya sido condenado ya, Rímar desea una radio japonesa de transistores. Así que va a la Beriozka4 y le suelta al cajero cuarenta dólares. ¡Con esa cara! Hasta en el más miserable tenducho, entregaría un rublo y el cajero pensaría que es robado. ¡Y saca cuarenta dólares! Infracción de las normas de operaciones con divisas. Y tal artículo del código penal… Lo trincarán, tarde o temprano…

—¿Y yo? —volví a preguntar.

—Tú no eres así. A ti te esperan otras desventuras.

No quise averiguar cuáles.

—El jueves te daré tu parte —se despidió Fred.

Me fui a casa en un estado de ánimo indefinido, una sensación en la que se solapaban el gusto por la aventura y una difusa inquietud. Sin duda, el dinero mal ganado tiene cierto mezquino atractivo.

No le conté mis aventuras a Asya. Quería impresionarla. Convertirme de repente en un tío rico y derrochador.

Entretanto, mis relaciones con ella empeoraban. No dejaba de hacerle preguntas. Hasta cuando injuriaba a sus conocidos, lo hacía interrogativamente.

—¿Y no te parece que Árik Schulman es, sencillamente, idiota?

Quería rebajar a Schulman ante Asya pero, naturalmente, conseguía lo contrario.

Adelantándome un poco a los acontecimientos, aclararé que nos separamos en otoño. A quien se pasa el día preguntando, tarde o temprano le llega el turno de responder.

Fred llamó el jueves.

—¡Qué catástrofe!

—¿Qué ha sucedido?

Supuse que habían arrestado a Rímar.

—Algo peor —dijo Fred—. Pásate por la mercería más cercana.

—¿Para qué?

—Las tiendas están a rebosar de calcetines de crespón. Soviéticos, para acabar de joderla. A ochenta cópecs el par. De calidad no inferior a la de los finlandeses. Idéntica mierda sintética…

—¿Y qué se puede hacer?

—Nada. ¿Qué se puede hacer en un caso así? ¿Quién hubiera podido esperar semejante ca­nallada de la planificación socialista? ¿A quién le vendo ahora mis calcetines finlande­ses? ¡Ni por un rublo los compraría nadie! Conozco de sobra a la puta indus­tria nacional de los cojones. Primero, se pasan veinte años cavilando y, de repente, un buen día, ¡bang!, todas las tiendas rebosan de la misma basura. Si han iniciado ya la producción en cadena, no hay nada que hacer. Producirán calcetines de crespón a espuertas, a razón de un millón de pares por segundo…

A resultas de lo cual, nos repartimos los calcetines. Cada uno de nosotros se quedó con doscientos cuarenta pares. Doscientos cuarenta pares de calcetines idénti­cos, de un desagradable color guisante. El único consuelo lo aportaba el sello: «Made in Fin­land».

Después, hubo otros muchos asuntos. Una operación con impermeables de estilo boloñés. La reventa de seis equipos estéreo alemanes. Una pelea en el hotel Cosmos por una partida de cigarrillos norteamericanos. Una fuga con un cargamento de equipos fotográficos japoneses, perseguidos por la milicia. Y alguno más.

Pagué mis deudas. Me compré ropa decente. Cambié de facultad. Co­nocí a una muchacha, con la que luego me casé. Cuando arrestaron a Rímar y a Fred, pasé un mes entero en el Báltico. Inicié mis muy modestos primeros pinitos literarios. Fui padre. Me busqué problemas con las autoridades. Me quedé sin trabajo. Estuve re­cluido un mes, en la cárcel de Kaliáyevo.

Solo en un aspecto no experimenté cambio alguno. Durante veinte años anduve con calcetines color guisante. Los regalé a todos mis conocidos. Guardaba en calcetines los adornos del abeto de Año Nuevo. Los utilizaba para limpiar el polvo. Tapaba las grietas del marco de la ventana con calcetines. A pesar de lo cual, aquella montaña de basura nunca disminuía de tamaño, al menos de manera perceptible.

Luego me largué, abandonando un montón de calcetines finlandeses de crespón en el piso vacío. En la maleta solo metí tres pares.

Me recordaban mi juventud criminal. El primer amor. Los viejos amigos. Tras cumplir dos años en la cárcel, Fred se mató en una motocicleta Cezet. Rímar cumplió solo un año y ahora trabaja como operario dependiente en una sala de despiece de carne. Asya logró emigrar con éxito y actualmente enseña Lexicología en Stanford. No dejo de pensar en ella como en la más elocuente expresión del sistema americano de enseñanza.

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