Serguéi Dovlátov - La maleta

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El libro más celebrado de Serguéi Dovlátov se recrea en el escaso contenido de la maleta que lo acompañó en su exilio.Cada uno de los inútiles objetos que constituyeron su único patrimonio nos conduce a un lugar memorable de su biografía. Mago del estilo, Dovlátov entrega aquí lo más parecido a un canon de su escritura. Preciso, despojado e irónico, el resultado es un recorrido personalísimo por algunos avatares de su vida, tanto como un índice tragicómico del tejido espiritual, social y político de la URSS. La engañosa liviandad de su prosa, su disposición para reírse de sí mismo y su extraordinaria capacidad para el retrato humano han convertido a Serguéi Dovlátov en uno de los grandes maestros de las letras rusas de la segunda mitad del siglo xx. Dovlátov no solo es el escritor más popular del último cuarto de siglo en Rusia, también es el autor de algunas de las mejores páginas que ha dado el siglo XX. The Guardian Tu voz es profundamente auténtica y universal. Tenemos suerte de tenerte con nosotros. Tienes grandes dones que ofrecer a este loco país. Kurt Vonnegut Sus relatos y novelas están teñidos de un escepticismo irónico en el que emerge la absurdidad humorística de la vida, y de un estoico acatamiento de esa fuerza ajena llamada destino. Marta Rebón,
El País

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Estuvimos cerca de una hora en el restaurante.

—Tengo que irme —dije finalmente—. Me van a cerrar la casa de empeños.

Y en ese momento, Fred me lo propuso.

—¿Quiere ser mi socio? El trabajo es limpio: ni oro, ni divisas. Cuando haya arreglado su situación financiera, podrá retirarse. En pocas palabras, que le conviene apuntarse… Pero ahora echemos un trago, ya hablaremos mañana…

Supuse que al día siguiente mi nuevo colega me daría plantón. Pero solo se retrasó. Nos encontramos frente al hotel Astoria, junto a la fuente seca, y después nos internamos tras los setos.

—En pocos minutos, llegarán dos finlandesas con la mercancía —me ex­plicó Fred—. Tome un taxi y vaya con ellas a esta dirección… ¿Nos tuteamos ya?

—Sí, por supuesto. ¿A qué tanta ceremonia?

—Muy bien. Busca un taxi y ve a este lugar. —Fred me tendió un trozo de periódico—. Te recibirá Rímar —prosiguió—. Te será fácil reconocerlo, tiene cara de anormal y lleva un jersey naranja. A los diez minutos, apareceré yo. ¡Todo irá bien!

—No hablo finés…

—Eso no tiene importancia. Lo fundamental es sonreír. Iría yo, pero me tienen muy visto…

Fred me agarró del brazo.

—¡Ahí están! ¡Muévete!

Y desapareció entre los arbustos.

Presa de una enorme inquietud, me dirigí al encuentro de las dos mujeres. Tenían dos caras anchas y bronceadas de campesinas. Sin embargo, vestían gabardinas de colores claros, zapatos elegantes y pañuelos estampados en la cabeza. Cada una acarreaba una bolsa de la compra, hinchada como un balón de fútbol.

Gesticulando y ansioso, conduje a las mujeres hasta la parada de taxis. No había cola. Yo repetía constantemente: «Míster Fred, míster Fred…», mientras tiraba de la manga de una de las mujeres.

La mujer pareció enfadarse de repente.

—¿Dónde está ese tipo? ¿Dónde se ha metido? ¿Qué pasa, que quiere gastarnos una jugarreta?

—¿Habla usted ruso?

—Mamá era rusa.

—Míster Fred llegará algo más tarde —dije—. Me pidió que las llevara a su domicilio.

Apareció un taxi. Di la dirección al chófer. Después me puse a mirar por la ventanilla. Nunca antes me había fijado en la cantidad de milicianos que suelen rondar entre los peatones.

Las mujeres conversaban entre sí en finés. Se veía que estaban moles­tas. Al rato, se echaron a reír y me quedé algo más tranquilo.

En la acera me esperaba un tío con un jersey flamígero. Me hizo un guiño.

—¡Vaya caretos! —exclamó.

—El tuyo no se queda corto —replicó irritada Ilona, la más joven.

—Hablan ruso —advertí.

—Perfecto —dijo Rímar, imperturbable—, magnífico. Eso nos acerca mucho más. ¿Les gusta Leningrado?

—Más o menos —respondió Marya.

—¿Han estado en el Hermitage?

—Aún no. ¿Dónde está eso?

—Hay cuadros, souvenirs y cosas así. Es la antigua residencia de los zares.

—No estaría mal echarle un vistazo —dijo Ilona.

—No han estado en el Hermitage —murmuró Rímar, sobrecogido.

Hasta su paso se ralentizó. Era como si le produjera repugnancia tratar con aquellas ignorantes.

Subimos al segundo piso. Rímar empujó la puerta, que no estaba cerrada. Había vajilla acumulada por todas partes. Las paredes estaban llenas de fotogra­fías. El sofá, cubierto de carátulas de discos extranjeros. La cama, deshe­cha.

Rímar encendió la luz y lo ordenó todo con rapidez.

—¿Y qué nos han traído? —preguntó después.

—Primero, dinos dónde está tu socio con el dinero.

Exactamente entonces se oyeron unos pasos y apareció Fred Kolésnikov. Llevaba en la mano un ­periódico, recién sustraído de un buzón de correos. Tenía un aspecto tranquilo, casi indiferente.

—Terve —saludó a las finlandesas—. Hola. —Y al momento se volvió hacia Rímar—. ¡Vaya caras de funeral! ¿Has estado molestando a estas mujeres?

—¡¿Yo?! —se indignó Rímar—. Charlábamos acerca de la belleza. A propó­sito, hablan ruso.

—Excelente. Buenas tardes, señora Lénart. ¿Cómo está usted, señorita Ilona?

—Bien, gracias.

—¿Por qué no nos dijo que hablaban ruso?

—¿Alguien nos preguntó?

—Antes de nada, echemos un trago —propuso Rímar.

Sacó del estante una botella de ron cubano. Las finlandesas bebieron con agrado. Rímar les sirvió de nuevo.

Las mujeres se ausentaron entonces para ir al baño.

—Cómo se parecen todas… —dijo Rímar.

—Estas no es raro que se parezcan: son hermanas —aclaró Fred.

—Ya me parecía a mí… A propósito, la cara de esa señora Lénart no me inspira confianza.

—¿Y qué cara te inspira confianza a ti? —le gritó Fred—. ¿La del juez de instruc­ción?

Las finlandesas regresaron enseguida. Fred les dio una toalla limpia. Las dos levantaron sus copas y sonrieron. Era la segunda vez que lo hacían.

Las bolsas con la mercancía descansaban sobre sus rodillas.

—¡Hurra! —dijo Rímar—. ¡Por la victoria sobre Alemania!

Brindamos y bebimos. El tocadiscos estaba en el suelo y Fred lo en­cendió con el pie. El oscuro microsurco comenzó a girar lentamente.

Rímar seguía dando la lata a las finlandesas.

—¿Quién es su escritor favorito?

Las mujeres intercambiaron unas palabras.

—Posiblemente Karjalainen —respondió Ilona.

Rímar sonrió con condescendencia, dando a entender que daba por bueno al candi­dato. Pero que sus gustos eran mucho más elevados.

—Muy bien. ¿Y de qué mercancía estamos hablando?

—Calcetines —respondió Marya.

—¿Nada más?

—¿Y qué querías tú?

—¿Cuántos? —inquirió Fred.

—Cuatrocientos treinta y dos rublos —respondió Ilona, la más joven, regodeándose en la cifra.

—Mein Gott! —exclamó Rímar—. Henos aquí, ante las despiadadas fauces del capitalismo.

Fred lo apartó a un lado.

—Digo que cuántos. ¿Cuántos pares?

—Setecientos veinte.

—El crespón, ¿de nailon? —intervino Rímar, exigente.

—Sintético —respondió Ilona—. Sesenta cópecs el par. En total, cuatrocien­tos treinta y dos…

Trataré de ofrecer una somera explicación matemática. En esa época, los calceti­nes de crespón estaban de moda. La industria soviética no los producía. Solo era posible comprarlos en el mercado negro. Un par de calcetines costaba seis rublos. Y las finlandesas los vendían por se­senta cópecs. Un noventa por ciento de beneficio neto…

Fred sacó la billetera y contó el dinero.

—Aquí lo tienen —dijo—, y veinte rublos adicionales. Dejen la mercancía en las bolsas.

—Brindemos —intervino Rímar—. Por la solución pacífica de la crisis de Suez. Por la anexión de Alsacia y de Lorena.

Ilona se pasó el dinero a la mano izquierda y tomó el vaso, lleno hasta el borde.

—Vamos a tirarnos a las finlandesas estas —susurró Rímar—, para fomentar la unidad entre los pueblos.

—¡Lo que hay que aguantar! —dijo Fred, volviéndose hacia mí.

Me sentía inquieto, amedrentado. Quería irme lo antes posible.

—¿Su pintor preferido? —preguntó Rímar a Ilona, poniéndole la mano en la espalda.

—Posiblemente Maantere —respondió Ilona, apartándose.

Rímar alzó las cejas con gesto de reproche. Como si su sentido de la estética hubiese sufrido una afrenta.

—Hay que acompañar a las señoras y darle siete rublos al taxista —dijo Fred—. Mandaría a Rímar, pero seguro que se quedaría con parte de la pasta.

—¡¿Yo?! —se indignó Rímar—. ¡Pero si soy un individuo de acrisolada honestidad!

Cuando regresé, había envoltorios multicolores de celofán por todos lados. Rímar parecía medio enajenado.

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